Querida M.,
Allá por el año 1993 o 1994, no estoy seguro, se inauguró una nueva sede para la Euskal Etxea de Barcelona. Se ve que llevaba un tiempo parada. En la facultad teníamos un profesor ayudante que había venido por un año desde la universidad del País Vasco y me preguntó si quería participar. A mí la posibilidad de conocer gente que supiera jugar al mus e incluso la de practicar un euskera que se oxidaba a pasos gigantes me resultó interesante, mucho más que la de implicarme en un proyecto que, a buen seguro, no tardaría en convertirse en un arrebato patriótico de esos entre los que no sé cómo moverme. Hice un contad conmigo si os puedo ayudar en algo y asistí gustoso a la inauguración. En mi memoria hay una misa en Santa Maria del Mar, pero no lo acabo de ver claro.
Aquel año tuve de profesor a un tipo díscolo como pocos, Iván Tubau, cuyas clases de periodismo cultural me irritaban. A las pocas semanas de empezar el curso fui a su despacho a preguntarle si era verdad que la nota obedecería únicamente al examen final como había asegurado él mismo en el aula. Me contestó que sí y le dije que no se lo tomara a mal, pero que no me gustaban sus clases y prefería no ir más. Dijo comprenderlo a la perfección y nos emplazamos para el examen. Desde ese día fui a esa clase en tres ocasiones, dos obligado y la otra a hacer el examen.
Quiso la providencia que el profesor vasco ayudante, hombre encantador del que desgraciadamente no recuerdo el nombre, viniera a pedirme un favor (sí recuerdo el nombre del profesor titular, en mala hora). Resultó que la Euskal Etxea estaba organizando como acto cultural un coloquio/debate sobre las lenguas minoritarias del estado. Alguien propuso el nombre de Iván Tubau para dar vidilla al asunto, ya que era un hombre polémico que estaba especializado en el catalán oral y en el uso del catalán en prensa, y me pidió si, como alumno suyo, podía ir a preguntarle si quería participar.
Amargado por mi cometido, tuve que asistir a clase y quedarme hasta el final para hablar con él. Le trasladé la propuesta y me preguntó cuánto se cobraba. Yo no sabía responder a eso, así que le pedí el teléfono y le dije que el responsable de la actividad ya le llamaría. Con eso di por finalizada mi intervención. Unos días después el profesor vasco de nombre olvidado me dijo que Tubau había aceptado participar en el coloquio. Era evidente que no le iban a pagar de la misma manera que era evidente que él sólo se había querido hacer valer. Quizá le invitaron a cenar, que en la Euskal Etxea cenar salía por un pico.
Poco después, el profesor volvió a hablar conmigo. Con cara compungida me dijo que había que decirle a Tubau que no podía asistir al debate. Puse cara de “¿me estás jodiendo? Es mi profe”. La excusa que me dio es que el corresponsal del diario Egin en Barcelona también participaba en el acto y se había negado a la presencia de Tubau. Le dije que lo normal era que si había uno que no quisiera ir que no fuera, que no se podía castigar al que sí quería ir. Me contestó que eso no podía ser. Pensé que la puñalada que me daban era de órdago y me negué a ir yo a decírselo, que lo hiciera el cobarde que había tomado la decisión.
Cuando supe que ya habían hablado con Tubau me vi obligado a volver a su clase. Me puse en las primeras filas, me vio y fue soltando su perorata habitual con normalidad hasta que, poco antes de acabar, se puso grandilocuente y enunció con aire teatral: “¡Y sepan ustedes que la censura tiene múltiples formas y aún existe!”. Cuando el resto de alumnos comenzaron a salir sin haber entendido ese final, me acerqué a él, le pedí disculpas por lo que había pasado y le dije que, al censurarlo a él, también me habían censurado a mí. Nos despedimos y le aseguré que a mí, en la Euskal Etxea, ya me habían visto.
Y hasta aquí todo lo que se me ocurre decir sobre el caso de Ariana Harwicz.
Un beso.
PS 1. La vida y el azar hicieron que coincidiera en bastantes ocasiones con Iván Tubau después de dejar la universidad. Nunca fue santo de mi devoción pero siempre fue amable conmigo (no del todo con otra gente que conozco) y yo siempre fui amable con él. Poco antes de morir vino a verme para proponerme la venta de los ejemplares de sus libros (los escritos por él) que tenía acumulados en su casa. Yo le dije que uno o dos de cada podía ser, que para qué quería el resto. Me dijo que se lo pensaría y “si tal” ya me los traería él. Ya no lo vi más.
PS 2. Los viernes que iba a Barcelona trataba de comprar el Egin en algún quiosco de Las Ramblas. Me gustaba el suplemento “Bat, bi, hiru” de música que salía ese día. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la crítica de Pablo Cabeza al último disco de Eskorbuto, “Demasiados enemigos”. La crítica era tan encendidamente elogiosa que me llamó la atención hasta qué punto Pablo Cabeza los admiraba que no tuvo en cuenta ni la persecución que sufrían por parte de la izquierda abertzale ni las declaraciones de los propios Eskorbuto acusándole de ser partícipe de la misma. En Euskadi quien más quien menos sabía lo que era el Egin, aún así, el verano que lo cerraron estuve todas las fiestas con una gorra que denunciaba ese cierre. También me hacía ilusión cuando conseguía entender los chistes de Zakilixut.
Otro.

