diumenge, 27 de setembre del 2026

Censuras

Querida M.,

Allá por el año 1993 o 1994, no estoy seguro, se inauguró una nueva sede para la Euskal Etxea de Barcelona. Se ve que llevaba un tiempo parada. En la facultad teníamos un profesor ayudante que había venido por un año desde la universidad del País Vasco y me preguntó si quería participar. A mí la posibilidad de conocer gente que supiera jugar al mus e incluso la de practicar un euskera que se oxidaba a pasos gigantes me resultó interesante, mucho más que la de implicarme en un proyecto que, a buen seguro, no tardaría en convertirse en un arrebato patriótico de esos entre los que no sé cómo moverme. Hice un contad conmigo si os puedo ayudar en algo y asistí gustoso a la inauguración. En mi memoria hay una misa en Santa Maria del Mar, pero no lo acabo de ver claro.

Aquel año tuve de profesor a un tipo díscolo como pocos, Iván Tubau, cuyas clases de periodismo cultural me irritaban. A las pocas semanas de empezar el curso fui a su despacho a preguntarle si era verdad que la nota obedecería únicamente al examen final como había asegurado él mismo en el aula. Me contestó que sí y le dije que no se lo tomara a mal, pero que no me gustaban sus clases y prefería no ir más. Dijo comprenderlo a la perfección y nos emplazamos para el examen. Desde ese día fui a esa clase en tres ocasiones, dos obligado y la otra a hacer el examen.

Quiso la providencia que el profesor vasco ayudante, hombre encantador del que desgraciadamente no recuerdo el nombre, viniera a pedirme un favor (sí recuerdo el nombre del profesor titular, en mala hora). Resultó que la Euskal Etxea estaba organizando como acto cultural un coloquio/debate sobre las lenguas minoritarias del estado. Alguien propuso el nombre de Iván Tubau para dar vidilla al asunto, ya que era un hombre polémico que estaba especializado en el catalán oral y en el uso del catalán en prensa, y me pidió si, como alumno suyo, podía ir a preguntarle si quería participar.

Amargado por mi cometido, tuve que asistir a clase y quedarme hasta el final para hablar con él. Le trasladé la propuesta y me preguntó cuánto se cobraba. Yo no sabía responder a eso, así que le pedí el teléfono y le dije que el responsable de la actividad ya le llamaría. Con eso di por finalizada mi intervención. Unos días después el profesor vasco de nombre olvidado me dijo que Tubau había aceptado participar en el coloquio. Era evidente que no le iban a pagar de la misma manera que era evidente que él sólo se había querido hacer valer. Quizá le invitaron a cenar, que en la Euskal Etxea cenar salía por un pico.

Poco después, el profesor volvió a hablar conmigo. Con cara compungida me dijo que había que decirle a Tubau que no podía asistir al debate. Puse cara de “¿me estás jodiendo? Es mi profe”. La excusa que me dio es que el corresponsal del diario Egin en Barcelona también participaba en el acto y se había negado a la presencia de Tubau. Le dije que lo normal era que si había uno que no quisiera ir que no fuera, que no se podía castigar al que sí quería ir. Me contestó que eso no podía ser. Pensé que la puñalada que me daban era de órdago y me negué a ir yo a decírselo, que lo hiciera el cobarde que había tomado la decisión.

Cuando supe que ya habían hablado con Tubau me vi obligado a volver a su clase. Me puse en las primeras filas, me vio y fue soltando su perorata habitual con normalidad hasta que, poco antes de acabar, se puso grandilocuente y enunció con aire teatral: “¡Y sepan ustedes que la censura tiene múltiples formas y aún existe!”. Cuando el resto de alumnos comenzaron a salir sin haber entendido ese final, me acerqué a él, le pedí disculpas por lo que había pasado y le dije que, al censurarlo a él, también me habían censurado a mí. Nos despedimos y le aseguré que a mí, en la Euskal Etxea, ya me habían visto.

Y hasta aquí todo lo que se me ocurre decir sobre el caso de Ariana Harwicz.

Un beso.

PS 1. La vida y el azar hicieron que coincidiera en bastantes ocasiones con Iván Tubau después de dejar la universidad. Nunca fue santo de mi devoción pero siempre fue amable conmigo (no del todo con otra gente que conozco) y yo siempre fui amable con él. Poco antes de morir vino a verme para proponerme la venta de los ejemplares de sus libros (los escritos por él) que tenía acumulados en su casa. Yo le dije que uno o dos de cada podía ser, que para qué quería el resto. Me dijo que se lo pensaría y “si tal” ya me los traería él. Ya no lo vi más.

PS 2. Los viernes que iba a Barcelona trataba de comprar el Egin en algún quiosco de Las Ramblas. Me gustaba el suplemento “Bat, bi, hiru” de música que salía ese día. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la crítica de Pablo Cabeza al último disco de Eskorbuto, “Demasiados enemigos”. La crítica era tan encendidamente elogiosa que me llamó la atención hasta qué punto Pablo Cabeza los admiraba que no tuvo en cuenta ni la persecución que sufrían por parte de la izquierda abertzale ni las declaraciones de los propios Eskorbuto acusándole de ser partícipe de la misma. En Euskadi quien más quien menos sabía lo que era el Egin, aún así, el verano que lo cerraron estuve todas las fiestas con una gorra que denunciaba ese cierre. También me hacía ilusión cuando conseguía entender los chistes de Zakilixut.

Otro.

dimarts, 3 de març del 2026

Cambiando de tema...

 


Querida M.,

El año 2002 Martin Scorsese trató de mostrar al mundo la violencia que rebosa en la formación de las ciudades de los Estados Unidos. Como es habitual en él, no escatimó en litros de sangre para ello. Durante dos horas y media, un largo discurrir de muertos provocados por un catálogo casi infinito de instrumentos para matar se nos acumulan en la mirada sin dejarnos mucho tiempo para tomar aliento. Grandes actores, factura perfecta y esa violencia desatada como único protagonista.

Unos meses después, Clint Eastwood estrenó una película triste, un policiaco parsimonioso que tocaba numerosas aristas de la esencia norteamericana. El ya entonces viejo Clint también quería, entre otras muchas cosas, mostrarnos la violencia que subyace en la formación del espíritu de esa sociedad; en su vida cotidiana, en sus relaciones personales, en las jerarquías de los barrios. En lugar de amontonar cuerpos, “Mystic River” termina con un largo plano, de casi medio minuto, del discurrir de un río y, mientras mira, el espectador no puede evitar pensar en cuántos cadáveres se esconden bajo esas aguas.

En 2004 Alejandro Amenábar estrenó “Mar adentro” y ganó un Oscar con ella. Grandes actores, factura perfecta y un solo protagonista: la eutanasia. Durante más de dos horas, Amenábar nos adoctrina con algunas dosis de maniqueísmo creo que poco inteligentes. La película es buena (el guion no), pero no sucede nada en ella que no sepas que va a ocurrir. Cualquiera de los espectadores podría haberla explicado con cierto detalle sin necesidad de haberla visto. El cómo lo explica es excelente y no dudo del mérito de sus premios, aunque para recibirlos fuera imprescindible que los que se los dieron estuvieran de acuerdo con ese discurso.

Ese mismo año, Clint Eastwood nos trajo otra película triste y primorosa, que parecía tratar de boxeo, pero en realidad hablaba de otras muchas cosas. También ganó premios y tiene grandes actores y hermosa factura. Lo que hace que “Million dollar baby” se eleve, junto a “Mystic River” y “Gran Torino”, al podio de las mejores películas estrenadas en el siglo XXI es su final. En apenas quince minutos, Eastwood se plantea más preguntas y consigue más respuestas que tres visionados seguidos de “Mar adentro”, y todo ello sin siquiera mencionar la palabra eutanasia.

Las grandes películas son las que tratan de una cosa, pero hablan de otra, M. Cuando estas dos posibilidades convergen demasiado el resultado se resiente y, al menos a mí, me cuesta mucho hacer lo que más me gusta: volver a verlas. A las grandes películas siempre les encuentras detalles nuevos, que la primera vez pasaron desapercibidos

Este año había películas realmente buenas nominadas a los Goya. Al final, abrirse a la periferia ha dado buen resultado, y eso que hace muchos tiempo Bajo Ulloa bautizó como el “cocidito madrileño” comienza a brillar por su ausencia. Tres de las cinco nominadas a mejor película hablaban y trataban de la misma cosa. De las otras dos, una es un soberbio ejercicio de cine sensorial de altos vuelos, “Sirat”, y la otra una comedia clasicota pero brillante que se beneficia enormemente de la historia en la que está basada, “La cena de los generales”.

“Maspalomas”, “Los domingos” y “Sorda” son tres películas magníficas; grandes actores, factura excelente, sí, pero ¡ay! Otras tres películas que podrías explicar sólo con leer alguna sinopsis o haber escuchado con atención los comentarios de Carlos del Amor en la retransmisión de los premios. Algunos de los actores de estas películas han conseguido darle infinitas dosis de emoción a unas historias que, por sí solas, no la tienen, y eso es buen cine también.

De esas tres películas, “Los domingos” es la menos discursiva y la que mejor trata el tema del que habla. Al contrario que “Mar adentro”, todos sus personajes tienen aristas y debilidades y, al parecer, nadie tiene razón o, al menos, toda la razón. En los tiempos de blanco y negro que corren también es de agradecer el esfuerzo por ligar un guion predecible e inteligente a un tiempo.

Sólo me queda una cosa por decirte M., en mi opinión (no tiene por qué ser modesta), la mejor película española que he visto este año ha sido “Una quinta portuguesa”. Una delicia de guion, dirección, actuación e historia. Esto no sería relevante (me pasa mucho) si no fuera porque oigo un runrún a mi alrededor opinando lo mismo, veo una entrevista con alguien que la recomienda especialmente, leo algún artículo de alguien que te invita a descubrirla… Me parecen demasiadas casualidades y poco ruido el que se ha hecho con ella.

Un beso.

P.S. Me ha llamado la atención este año la excepcionalidad con la que ha recibido el debate en torno a “Los domingos” o el documental (estupendo) de Albert Serra sobre toros. Para mi generación estos debates estaban más vistos que el tebeo y, sin embargo, ahora parecen valientes y novedosos. Puede que sí fuera interesante reabrirlos y pensar que, quizá, 40 años después hay mucha gente a la que le parecen originales.

divendres, 22 d’agost del 2025

Anagrama (Víctimas 2)

 

Querida M.,

Puede que la memoria me empiece a fallar; pero diría que cuando empecé a trabajar como librero sólo había comprado dos libros nuevos en toda mi vida anterior. Hasta entonces, mi librería se componía de herencias, fotocopias, regalos, restos del Círculo de Lectores, segunda mano y los dos primeros tomos de cada coleccionable. En el curso de aquello que se llamaba COU, me compré “Cristo Versus Arizona” de Cela, con la excusa de que tenía que hacer un trabajo. Ya en la facultad, me compré los “Elementos para una teoría de los medios de comunicación” de Hans Magnus Enzensberger, por el mismo motivo, aunque éste era un cuaderno Anagrama muy baratito, de pocas páginas.

Viviendo sólo de las bibliotecas, el concepto “estar al día” se antojaba irrealizable así que, nada más comenzar a trabajar, cuando me dijeron que podía llevarme a casa en préstamo cualquier ejemplar de la librería se me abrió un nuevo universo y es así como comenzaron los dos o tres peores años de mi vida lectora. Abandoné los clásicos que me habían acompañado desde niño y me entregué a un montón de basura novedosa ya olvidada y cada día más decepcionante que el anterior. Durante ese tiempo estuve al día y perdí el gusto por la lectura, todo a la vez. También me dejé la costumbre de terminar los libros por ese camino.

Por supuesto, uno de mis objetivos fundamentales esos años fue la editorial Anagrama, aunque supongo que no escogí muy bien. Me tragué un truño policiaco con el anzuelo de Wittgenstein que aún maldigo, “Seda”, el libro con más adverbios acabados en “mente” por página cuadrada que he leído jamás y algún ensayo de Vicente Verdú que dios tenga en su gloria; a él, porque el ensayo bien merecía el infierno. No fue hasta “Sostiene Pereira” que di con una lectura que me devolviera las ganas de leer. Aún así, cada nueva oleada de novedades de Anagrama parecía más atractiva que la anterior.

Escuché muchas veces que fue Lara, el patriarca de Planeta, el que definió a la editorial Anagrama como “La peste amarilla”. Ahora lo busco en Google para documentarlo y los años han convertido esa afirmación en dudosa. Quizá no queda nadie para corroborarla. El hecho es que parece verosímil y a nadie puede extrañar que al Grupo Planeta una editorial independiente tan insistente en el éxito le haya resultado siempre un grano en el culo. En su momento Planeta se llevó a Vila-Matas y a Paul Auster; no hace mucho, el nuevo gran emporio editorial, Random House, se quedó con todo Bolaño.

Me llega un titular de La Sexta al móvil: Las librerías se rebelan y no pondrán a la venta 'El odio', el libro de José Bretón: "No lo queremos tener". Lees el artículo y recogen las declaraciones de tres libreros variopintos, puede que haya muchos más, pero, casualmente, son los mismos tres libreros que he visto en otras publicaciones. Estarás conmigo, M., en que el titular desprende un notable tufo a manipulación. Si sumamos dos y dos y sabemos quién es el máximo accionista de Atresmedia, quizá muchos de los que tan alegremente se unieron a la cacería del libro de Luisgé Martín deberían reflexionar un rato sobre su nula capacidad para abstraerse de las directrices de los poderosos y, así, no dispararse un tiro en el pie, porque lo que hoy le ha pasado a Anagrama, mañana puede pasarte a ti.

Hace unos años Planeta le dio el premio ídem a una autora en uno de esos juegos de tú me quitas un autor a mí y yo te quito un autor a ti. Al dar el premio se descubrió que esa autora, hasta entonces de Alfaguara (Random House) no era una mujer sino tres maromos la mar de majos. De semejante tontería no tardó en montarse un absurdo show mediático en el que oímos hablar de engaño, machismo, patriarcado y, de nuevo, libreros que se negarían a tener ese libro en sus estanterías. Al tiempo que a Planeta se le ralentizaban las ventas de su nuevo premio, imaginé a los jefecillos de Random, frotándose las manos, viendo sus libros de Carmen Mola tan campantes en las estanterías y culpando a Planeta de descubrir un supuesto engaño que habían pergeñado ellos. La cosa no duró, las heridas a Planeta son rasguños. Los libros de Carmen Mola siguen firmados por Carmen Mola y han hecho una serie de televisión (que no está mal, por cierto) sobre ellos.

Comencé este texto en marzo, y nunca lo terminé. Ahora sólo quiero quitármelo de encima. Me faltaba por decirte M., que de los muchos “intelectuales” supuestamente progres que escribieron sobre el tema del libro de Luisgé Martín el que más me irritó fue Manuel Jabois, porque le tenía fe. Me faltó por decirte que Anagrama, dentro de su reciente colección de Cuadernos, ha publicado algunos que están muy bien y muchos que son pura banalidad; sobre el caso que nos ocupa, el que pretende hablar de la cancelación de Gonzalo Torné, y el “Ofendiditos” de Lijtmaer son de una mediocridad que asusta.

Me faltó por decirte que todo ha parecido una gran campaña de descrédito por parte de los grandes grupos en la que las redes y una supuesta mayoría social, ya irremediablemente apasionada de la cancelación, se volcó con absoluta alegría antidemocrática. Me faltó decirte que estoy convencido de que ese libro se acabará publicando con cuatro correcciones (que ya insinué en el texto anterior) que me parecieron necesarias y, de la manera que sea, con el beneplácito de la madre. Conversé sobre esto hace poco con JM y él creía que sí, en alguna editorial pequeña, y yo creía que sí, pero en alguna editorial ligada a Random o Planeta. Ya se verá.

Por último, me quedaba por decirte que, en el momento de la supuesta polémica, llegué a escuchar en voz de muchos autores que se autoconsideran izquierda la falta de humanidad de Luisgé Martín tratando con corrección al reo. Critican que lo entreviste (como seguro habría hecho el añorado Jesús Quintero), que lo vaya a ver a la cárcel (como habría hecho un miembro de las gestoras pro-amnistía con el etarra más sanguinario), que le lleve ropa limpia (como habría hecho yo). ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento la izquierda empezó a considerar un problema el trato digno a un preso? Si en el nuevo orden de la izquierda nos tiene que parecer mal que un preso tenga voz, reciba visitas o disponga de ropa decente la solución es sencilla: matémosle. Si nos molesta que hable, se duche, o, en algún momento, salga de la cárcel, matémosle. Quitémonos la careta de que la democracia nos gusta y matémosle.

Un beso.

R.

P.S. Sigo pensando que el libro no es ninguna joya y jamás lo habría leído si no fuera por analizar la polémica. También que tiene momentos de buen nivel y que muchos de los que saltaron a crucificarlo deberían releer el último capítulo y reflexionar, que se está perdiendo esa costumbre.