Querida M.,
El año 2002 Martin Scorsese trató de mostrar al mundo la violencia que rebosa en la formación de las ciudades de los Estados Unidos. Como es habitual en él, no escatimó en litros de sangre para ello. Durante dos horas y media, un largo discurrir de muertos provocados por un catálogo casi infinito de instrumentos para matar se nos acumulan en la mirada sin dejarnos mucho tiempo para tomar aliento. Grandes actores, factura perfecta y esa violencia desatada como único protagonista.
Unos meses después, Clint Eastwood estrenó una película triste, un policiaco parsimonioso que tocaba numerosas aristas de la esencia norteamericana. El ya entonces viejo Clint también quería, entre otras muchas cosas, mostrarnos la violencia que subyace en la formación del espíritu de esa sociedad; en su vida cotidiana, en sus relaciones personales, en las jerarquías de los barrios. En lugar de amontonar cuerpos, “Mystic River” termina con un largo plano, de casi medio minuto, del discurrir de un río y, mientras mira, el espectador no puede evitar pensar en cuántos cadáveres se esconden bajo esas aguas.
En 2004 Alejandro Amenábar estrenó “Mar adentro” y ganó un Oscar con ella. Grandes actores, factura perfecta y un solo protagonista: la eutanasia. Durante más de dos horas, Amenábar nos adoctrina con algunas dosis de maniqueísmo creo que poco inteligentes. La película es buena (el guion no), pero no sucede nada en ella que no sepas que va a ocurrir. Cualquiera de los espectadores podría haberla explicado con cierto detalle sin necesidad de haberla visto. El cómo lo explica es excelente y no dudo del mérito de sus premios, aunque para recibirlos fuera imprescindible que los que se los dieron estuvieran de acuerdo con ese discurso.
Ese mismo año, Clint Eastwood nos trajo otra película triste y primorosa, que parecía tratar de boxeo, pero en realidad hablaba de otras muchas cosas. También ganó premios y tiene grandes actores y hermosa factura. Lo que hace que “Million dollar baby” se eleve, junto a “Mystic River” y “Gran Torino”, al podio de las mejores películas estrenadas en el siglo XXI es su final. En apenas quince minutos, Eastwood se plantea más preguntas y consigue más respuestas que tres visionados seguidos de “Mar adentro”, y todo ello sin siquiera mencionar la palabra eutanasia.
Las grandes películas son las que tratan de una cosa, pero hablan de otra, M. Cuando estas dos posibilidades convergen demasiado el resultado se resiente y, al menos a mí, me cuesta mucho hacer lo que más me gusta: volver a verlas. A las grandes películas siempre les encuentras detalles nuevos, que la primera vez pasaron desapercibidos
Este año había películas realmente buenas nominadas a los Goya. Al final, abrirse a la periferia ha dado buen resultado, y eso que hace muchos tiempo Bajo Ulloa bautizó como el “cocidito madrileño” comienza a brillar por su ausencia. Tres de las cinco nominadas a mejor película hablaban y trataban de la misma cosa. De las otras dos, una es un soberbio ejercicio de cine sensorial de altos vuelos, “Sirat”, y la otra una comedia clasicota pero brillante que se beneficia enormemente de la historia en la que está basada, “La cena de los generales”.
“Maspalomas”, “Los domingos” y “Sorda” son tres películas magníficas; grandes actores, factura excelente, sí, pero ¡ay! Otras tres películas que podrías explicar sólo con leer alguna sinopsis o haber escuchado con atención los comentarios de Carlos del Amor en la retransmisión de los premios. Algunos de los actores de estas películas han conseguido darle infinitas dosis de emoción a unas historias que, por sí solas, no la tienen, y eso es buen cine también.
De esas tres películas, “Los domingos” es la menos discursiva y la que mejor trata el tema del que habla. Al contrario que “Mar adentro”, todos sus personajes tienen aristas y debilidades y, al parecer, nadie tiene razón o, al menos, toda la razón. En los tiempos de blanco y negro que corren también es de agradecer el esfuerzo por ligar un guion predecible e inteligente a un tiempo.
Sólo me queda una cosa por decirte M., en mi opinión (no tiene por qué ser modesta), la mejor película española que he visto este año ha sido “Una quinta portuguesa”. Una delicia de guion, dirección, actuación e historia. Esto no sería relevante (me pasa mucho) si no fuera porque oigo un runrún a mi alrededor opinando lo mismo, veo una entrevista con alguien que la recomienda especialmente, leo algún artículo de alguien que te invita a descubrirla… Me parecen demasiadas casualidades y poco ruido el que se ha hecho con ella.
Un beso.
P.S. Me ha llamado la atención este año la excepcionalidad con la que ha recibido el debate en torno a “Los domingos” o el documental (estupendo) de Albert Serra sobre toros. Para mi generación estos debates estaban más vistos que el tebeo y, sin embargo, ahora parecen valientes y novedosos. Puede que sí fuera interesante reabrirlos y pensar que, quizá, 40 años después hay mucha gente a la que le parecen originales.


