dimarts, 3 de març del 2026

Cambiando de tema...

 


Querida M.,

El año 2002 Martin Scorsese trató de mostrar al mundo la violencia que rebosa en la formación de las ciudades de los Estados Unidos. Como es habitual en él, no escatimó en litros de sangre para ello. Durante dos horas y media, un largo discurrir de muertos provocados por un catálogo casi infinito de instrumentos para matar se nos acumulan en la mirada sin dejarnos mucho tiempo para tomar aliento. Grandes actores, factura perfecta y esa violencia desatada como único protagonista.

Unos meses después, Clint Eastwood estrenó una película triste, un policiaco parsimonioso que tocaba numerosas aristas de la esencia norteamericana. El ya entonces viejo Clint también quería, entre otras muchas cosas, mostrarnos la violencia que subyace en la formación del espíritu de esa sociedad; en su vida cotidiana, en sus relaciones personales, en las jerarquías de los barrios. En lugar de amontonar cuerpos, “Mystic River” termina con un largo plano, de casi medio minuto, del discurrir de un río y, mientras mira, el espectador no puede evitar pensar en cuántos cadáveres se esconden bajo esas aguas.

En 2004 Alejandro Amenábar estrenó “Mar adentro” y ganó un Oscar con ella. Grandes actores, factura perfecta y un solo protagonista: la eutanasia. Durante más de dos horas, Amenábar nos adoctrina con algunas dosis de maniqueísmo creo que poco inteligentes. La película es buena (el guion no), pero no sucede nada en ella que no sepas que va a ocurrir. Cualquiera de los espectadores podría haberla explicado con cierto detalle sin necesidad de haberla visto. El cómo lo explica es excelente y no dudo del mérito de sus premios, aunque para recibirlos fuera imprescindible que los que se los dieron estuvieran de acuerdo con ese discurso.

Ese mismo año, Clint Eastwood nos trajo otra película triste y primorosa, que parecía tratar de boxeo, pero en realidad hablaba de otras muchas cosas. También ganó premios y tiene grandes actores y hermosa factura. Lo que hace que “Million dollar baby” se eleve, junto a “Mystic River” y “Gran Torino”, al podio de las mejores películas estrenadas en el siglo XXI es su final. En apenas quince minutos, Eastwood se plantea más preguntas y consigue más respuestas que tres visionados seguidos de “Mar adentro”, y todo ello sin siquiera mencionar la palabra eutanasia.

Las grandes películas son las que tratan de una cosa, pero hablan de otra, M. Cuando estas dos posibilidades convergen demasiado el resultado se resiente y, al menos a mí, me cuesta mucho hacer lo que más me gusta: volver a verlas. A las grandes películas siempre les encuentras detalles nuevos, que la primera vez pasaron desapercibidos

Este año había películas realmente buenas nominadas a los Goya. Al final, abrirse a la periferia ha dado buen resultado, y eso que hace muchos tiempo Bajo Ulloa bautizó como el “cocidito madrileño” comienza a brillar por su ausencia. Tres de las cinco nominadas a mejor película hablaban y trataban de la misma cosa. De las otras dos, una es un soberbio ejercicio de cine sensorial de altos vuelos, “Sirat”, y la otra una comedia clasicota pero brillante que se beneficia enormemente de la historia en la que está basada, “La cena de los generales”.

“Maspalomas”, “Los domingos” y “Sorda” son tres películas magníficas; grandes actores, factura excelente, sí, pero ¡ay! Otras tres películas que podrías explicar sólo con leer alguna sinopsis o haber escuchado con atención los comentarios de Carlos del Amor en la retransmisión de los premios. Algunos de los actores de estas películas han conseguido darle infinitas dosis de emoción a unas historias que, por sí solas, no la tienen, y eso es buen cine también.

De esas tres películas, “Los domingos” es la menos discursiva y la que mejor trata el tema del que habla. Al contrario que “Mar adentro”, todos sus personajes tienen aristas y debilidades y, al parecer, nadie tiene razón o, al menos, toda la razón. En los tiempos de blanco y negro que corren también es de agradecer el esfuerzo por ligar un guion predecible e inteligente a un tiempo.

Sólo me queda una cosa por decirte M., en mi opinión (no tiene por qué ser modesta), la mejor película española que he visto este año ha sido “Una quinta portuguesa”. Una delicia de guion, dirección, actuación e historia. Esto no sería relevante (me pasa mucho) si no fuera porque oigo un runrún a mi alrededor opinando lo mismo, veo una entrevista con alguien que la recomienda especialmente, leo algún artículo de alguien que te invita a descubrirla… Me parecen demasiadas casualidades y poco ruido el que se ha hecho con ella.

Un beso.

P.S. Me ha llamado la atención este año la excepcionalidad con la que ha recibido el debate en torno a “Los domingos” o el documental (estupendo) de Albert Serra sobre toros. Para mi generación estos debates estaban más vistos que el tebeo y, sin embargo, ahora parecen valientes y novedosos. Puede que sí fuera interesante reabrirlos y pensar que, quizá, 40 años después hay mucha gente a la que le parecen originales.

divendres, 22 d’agost del 2025

Anagrama (Víctimas 2)

 

Querida M.,

Puede que la memoria me empiece a fallar; pero diría que cuando empecé a trabajar como librero sólo había comprado dos libros nuevos en toda mi vida anterior. Hasta entonces, mi librería se componía de herencias, fotocopias, regalos, restos del Círculo de Lectores, segunda mano y los dos primeros tomos de cada coleccionable. En el curso de aquello que se llamaba COU, me compré “Cristo Versus Arizona” de Cela, con la excusa de que tenía que hacer un trabajo. Ya en la facultad, me compré los “Elementos para una teoría de los medios de comunicación” de Hans Magnus Enzensberger, por el mismo motivo, aunque éste era un cuaderno Anagrama muy baratito, de pocas páginas.

Viviendo sólo de las bibliotecas, el concepto “estar al día” se antojaba irrealizable así que, nada más comenzar a trabajar, cuando me dijeron que podía llevarme a casa en préstamo cualquier ejemplar de la librería se me abrió un nuevo universo y es así como comenzaron los dos o tres peores años de mi vida lectora. Abandoné los clásicos que me habían acompañado desde niño y me entregué a un montón de basura novedosa ya olvidada y cada día más decepcionante que el anterior. Durante ese tiempo estuve al día y perdí el gusto por la lectura, todo a la vez. También me dejé la costumbre de terminar los libros por ese camino.

Por supuesto, uno de mis objetivos fundamentales esos años fue la editorial Anagrama, aunque supongo que no escogí muy bien. Me tragué un truño policiaco con el anzuelo de Wittgenstein que aún maldigo, “Seda”, el libro con más adverbios acabados en “mente” por página cuadrada que he leído jamás y algún ensayo de Vicente Verdú que dios tenga en su gloria; a él, porque el ensayo bien merecía el infierno. No fue hasta “Sostiene Pereira” que di con una lectura que me devolviera las ganas de leer. Aún así, cada nueva oleada de novedades de Anagrama parecía más atractiva que la anterior.

Escuché muchas veces que fue Lara, el patriarca de Planeta, el que definió a la editorial Anagrama como “La peste amarilla”. Ahora lo busco en Google para documentarlo y los años han convertido esa afirmación en dudosa. Quizá no queda nadie para corroborarla. El hecho es que parece verosímil y a nadie puede extrañar que al Grupo Planeta una editorial independiente tan insistente en el éxito le haya resultado siempre un grano en el culo. En su momento Planeta se llevó a Vila-Matas y a Paul Auster; no hace mucho, el nuevo gran emporio editorial, Random House, se quedó con todo Bolaño.

Me llega un titular de La Sexta al móvil: Las librerías se rebelan y no pondrán a la venta 'El odio', el libro de José Bretón: "No lo queremos tener". Lees el artículo y recogen las declaraciones de tres libreros variopintos, puede que haya muchos más, pero, casualmente, son los mismos tres libreros que he visto en otras publicaciones. Estarás conmigo, M., en que el titular desprende un notable tufo a manipulación. Si sumamos dos y dos y sabemos quién es el máximo accionista de Atresmedia, quizá muchos de los que tan alegremente se unieron a la cacería del libro de Luisgé Martín deberían reflexionar un rato sobre su nula capacidad para abstraerse de las directrices de los poderosos y, así, no dispararse un tiro en el pie, porque lo que hoy le ha pasado a Anagrama, mañana puede pasarte a ti.

Hace unos años Planeta le dio el premio ídem a una autora en uno de esos juegos de tú me quitas un autor a mí y yo te quito un autor a ti. Al dar el premio se descubrió que esa autora, hasta entonces de Alfaguara (Random House) no era una mujer sino tres maromos la mar de majos. De semejante tontería no tardó en montarse un absurdo show mediático en el que oímos hablar de engaño, machismo, patriarcado y, de nuevo, libreros que se negarían a tener ese libro en sus estanterías. Al tiempo que a Planeta se le ralentizaban las ventas de su nuevo premio, imaginé a los jefecillos de Random, frotándose las manos, viendo sus libros de Carmen Mola tan campantes en las estanterías y culpando a Planeta de descubrir un supuesto engaño que habían pergeñado ellos. La cosa no duró, las heridas a Planeta son rasguños. Los libros de Carmen Mola siguen firmados por Carmen Mola y han hecho una serie de televisión (que no está mal, por cierto) sobre ellos.

Comencé este texto en marzo, y nunca lo terminé. Ahora sólo quiero quitármelo de encima. Me faltaba por decirte M., que de los muchos “intelectuales” supuestamente progres que escribieron sobre el tema del libro de Luisgé Martín el que más me irritó fue Manuel Jabois, porque le tenía fe. Me faltó por decirte que Anagrama, dentro de su reciente colección de Cuadernos, ha publicado algunos que están muy bien y muchos que son pura banalidad; sobre el caso que nos ocupa, el que pretende hablar de la cancelación de Gonzalo Torné, y el “Ofendiditos” de Lijtmaer son de una mediocridad que asusta.

Me faltó por decirte que todo ha parecido una gran campaña de descrédito por parte de los grandes grupos en la que las redes y una supuesta mayoría social, ya irremediablemente apasionada de la cancelación, se volcó con absoluta alegría antidemocrática. Me faltó decirte que estoy convencido de que ese libro se acabará publicando con cuatro correcciones (que ya insinué en el texto anterior) que me parecieron necesarias y, de la manera que sea, con el beneplácito de la madre. Conversé sobre esto hace poco con JM y él creía que sí, en alguna editorial pequeña, y yo creía que sí, pero en alguna editorial ligada a Random o Planeta. Ya se verá.

Por último, me quedaba por decirte que, en el momento de la supuesta polémica, llegué a escuchar en voz de muchos autores que se autoconsideran izquierda la falta de humanidad de Luisgé Martín tratando con corrección al reo. Critican que lo entreviste (como seguro habría hecho el añorado Jesús Quintero), que lo vaya a ver a la cárcel (como habría hecho un miembro de las gestoras pro-amnistía con el etarra más sanguinario), que le lleve ropa limpia (como habría hecho yo). ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento la izquierda empezó a considerar un problema el trato digno a un preso? Si en el nuevo orden de la izquierda nos tiene que parecer mal que un preso tenga voz, reciba visitas o disponga de ropa decente la solución es sencilla: matémosle. Si nos molesta que hable, se duche, o, en algún momento, salga de la cárcel, matémosle. Quitémonos la careta de que la democracia nos gusta y matémosle.

Un beso.

R.

P.S. Sigo pensando que el libro no es ninguna joya y jamás lo habría leído si no fuera por analizar la polémica. También que tiene momentos de buen nivel y que muchos de los que saltaron a crucificarlo deberían releer el último capítulo y reflexionar, que se está perdiendo esa costumbre.

dimarts, 25 de març del 2025

Víctimas

 



Querida M.,

Bien sabes que sólo hay dos libros de Bernardo Atxaga que no me gustan. Son “Siete casas en Francia” y “Esos cielos”. En ambos casos no entiendo muy bien por qué los escribió. El primero porque es un tema tan lejano que nunca me pareció interesante (no está bien alejarse de Obaba, no señor). El segundo porque no era material literario.

Durante muchos años volví en autobús a casa por las fechas señaladas. El autobús Barcelona-Vitoria-Bilbao que paraba en Alfajarín. Solían ser viajes melancólicos, de reencuentros de ésos que sirven para los anuncios de turrón. Se hacían largos y el paisaje de los Monegros por la ventanilla tenía algo de fascinante y monótono que invitaba a la cavilación. Debería escribir sobre este viaje, sobre el trayecto, pensaba.

Cuando leí “Esos cielos” pensé que Atxaga había hecho ese viaje tantas veces o más que yo y le imaginé mirando por la ventanilla, cavilando, decidiendo que debería escribir sobre ese viaje. No puedo imaginar otro germen para esa novela; la pulsión por escribir un trayecto tan repetitivo y familiar. Y esa pulsión es la que invalida ese paisaje como material literario, porque se le ocurre a mucha gente.

Ahora lo hacemos en coche, pero nunca dejamos de parar en Alfajarín. Leí un artículo de Jordi Évole sobre esa misma parada. Vi en “Tierra”, la película de Julio Medem, esos paisajes de nuevo. La certeza de no ser el único que piensa en ello a mí me hace abandonar. Por lo visto a Atxaga no, no es un reproche, sólo fue una desilusión.

Luisgé Martín tenía una idea entre los dedos que no ha podido evitar. La historia de José Bretón le quemaba y la ha acabado escribiendo. Él preveía problemas y eso perjudica al libro en su reiteración de que Bretón es un monstruo y una constante condescendencia hacia la víctima que no es que me parezca mal, es que su deseo de no contrariarla también es muy reiterativo.

El libro no está mal, incluso mejor de lo que esperaba. La primera parte, cuando tiene que recrear la vida anterior de Bretón, no está muy bien escrita, pero tiene algunas reflexiones interesantes, quizá demasiado interesantes para los tiempos que corren, y otras de taza wonderful para aparentar que él (el autor) no es un monstruo. Luego mejora, huye del morbo como de la peste y quizá sí tenga dos o tres frases desafortunadas a ojos del puritanismo actual que nos invade. El capítulo final es superfluo (Luisgé Martín lo reconoce) de cara a la historia, pero deviene necesario al refrescarnos un poco la memoria sobre lo que es o debería ser un sistema carcelario que no nos humille como seres humanos, y creo que por eso ha acabado incluido en el libro.

El compositor Stockhausen soltó una boutade en una conferencia de prensa sobre el componente artístico que poseía el atentado de las torres gemelas y eso le complicó la vida el resto de sus días. Sus declaraciones en contexto dejaban claro que le había parecido un horror, pero a pesar de ello, su hija, la pianista Majella Stockhausen, anunció que renunciaba a su apellido paterno.

Luisgé Martín ha tenido la pulsión irrefrenable de explicar esta historia. Un juez ha decidido que es publicable puesto que la denuncia se ha interpuesto por personas que ni han leído el libro ni han dejado claro cuáles son sus partes objetables. La editorial Anagrama debería haber tenido, si no la sensibilidad, como mínimo la habilidad jurídica de haber informado a las personas implicadas. A partir de aquí, esta idealización de la víctima en la que nos está tocando vivir ha escrito un nuevo capítulo de horas de radio y televisión, juzgados y letras de más, como estas mías.

Cuando A. me dio el libro le pregunté si recordaba las imágenes de la liberación de Ortega Lara, aquel hombre destruido y vulnerable que transmitía tanta lástima. Aquellas imágenes clamaban venganza mediática y le daban a la víctima no sólo el derecho de reparación, sino voz y voto en cómo debía diseñarse la política antiterrorista del país. Tanta voz le dio que acabó en la fundación de Vox. También le hablé sobre la idea de que un solo error invalida la pena de muerte. Me ha llamado la atención que Luisgé Martín haya hecho servir la fórmula Blackstone “es mejor que diez personas culpables escapen a que un inocente sufra” en el argumentario final del libro, aunque creo que equivoca la cifra.

Un beso.

R.

P.S. Quizá Anagrama debería reflexionar también sobre algunos de sus ensayos de más éxito. Leyéndolos, no es extraño que pensar en enviar a Luisgé Martín a galeras sea razonable.