divendres, 16 d’octubre del 2026

Sarri, Sarri 2ª parte


Querida M.,

Descubrí que me había hecho mayor en un concierto de Negu Gorriak en la antigua sala Zeleste. Entré pronto, me coloqué en primera fila, salieron, comenzaron a tocar “Bi doberman beltz” a toda pastilla y no había acabado la canción que yo ya estaba pegado a la pared del fondo y me faltaba un zapato. La música de Fermin Muguruza me ha acompañado toda la vida, tengo casi todos sus discos en vinilo, le he visto muchas veces en concierto y alguna incluso pagando, y no dudaría en colocarlo entre los cuatro o cinco músicos de rock más influyentes a nivel nacional de los últimos 40 años. Desde que compré aquel primer disco de Kortatu su persona siempre me ha resultado irritante y su personaje una farsa. Casi al nivel de Loquillo, M., no te digo más.

Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea se fugaron de la cárcel de Martutene encondidos en unos altavoces huecos que semejaban los de un concierto que se había programado para los presos de la cárcel. El concierto lo había dado el cantautor Imanol Larzábal, como si los presos no tuvieran ya bastante pena. Un buen amigo me dice que tiene canciones preciosas, pero a mí, sólo recordar su timbre de voz, me cierra los párpados. Según parece, la fuga llevaba meses preparándose a espaldas del cantante, que salió indemne.

Un año después el etarra Kubati asesinó a la antigua dirigente de la banda, Yoyes, durante unas fiestas patronales, disparándole dos veces al cuerpo y una en la cabeza, cuando ya estaba en el suelo. Yoyes, amiga personal del dirigente de ETA Txomin Iturbe Abasolo, había abandonado la organización para regresar del exilio y criar a su hijo en su pueblo, Ordizia. El niño, de tres años, estaba presente mientras tiroteaban a su madre. El alcalde del PNV suspendió las fiestas definiendo aquel acto como “totalitario y fascista” y posteriormente se aprobó una moción de condena del hecho con el acuerdo de todas las formaciones políticas excepto Herri Batasuna, cuyos miembros leyeron un manifiesto en que acusaban a Yoyes de traidora y abandonaron el pleno. En ausencia de Txomin Iturbe, la orden del asesinato la dio un nuevo líder de la banda, Pakito, como Yoyes, de Ordizia y casi de su misma edad.

Poco después del asesinato, se organizó un concierto en memoria de Yoyes con el cantautor Imanol como cabeza de cartel. Le acompañaron Txomin Artola, Amaia Zubiria y el grupo de folk Ganbara, pero ninguna de las grandes figuras de la música vasca se quiso apuntar. Una comisión de vecinos suplicó a HB que no reventara el acto y el PNV, al final, renunció a asistir. Después de aquel concierto Imanol comenzó a sufrir amenazas personales y boicots a sus actuaciones.

En 1988, Kortatu publicó su primer disco en euskera, Kolpez Kolpe. Es aún más militante de la causa que los anteriores. En el cuadernillo interior hay un pequeño texto en el que se acusa al lehendakari Ardanza de colaboracionista al tiempo que se lamenta de la muerte del verdadero presidente de Euskal Herria, Txomin Iturbe. Varias canciones del disco llevan letra de Mikel Antza, el miembro de ETA que ideó la fuga de Sarrionandia y sustituyó a Pakito en la dirección de la banda cuando éste fue detenido. También en 1988 se publicó el disco en directo de despedida del grupo, “Azken guda dantza” (última danza de guerra). En su edición original, el disco llevaba una versión de la canción “Aizkolari” en la que unos molestos pitidos impedían escuchar los gritos del público a favor de ETA. Una prueba más de la esquizofrenia de la sociedad vasca durante esos años: el técnico de sonido de ese disco fue Anjel Katarain, el hermano de Yoyes.

Ese mismo año, 1988, y en el punto exacto del asesinato de Yoyes, el cantautor Imanol realizó un segundo concierto de homenaje que acabó de condenarlo. Esta vez lo acompañaron Paco Ibáñez y José Antonio Labordeta, poco dudosos ideológicamente. Se recrudecieron las hostilidades contra él y comenzó a recibir amenazas de muerte, pintadas en su casa, destrozos en su coche y vetos continuos a actuar en cualquier actividad que tuviera algún miembro de HB detrás (que eran prácticamente todas). Un año después, se organizó en el velódromo de Anoeta un concierto de apoyo a Imanol para acabar con esa situación. Actuaron Aute, Sabina, Morente, Sisa, Krahe, Labordeta, Paco Ibáñez y muchos otros. Vascos sólo Urko y Gorka Knörr (cercanos ambos al "otro" nacionalismo), Amaya Uranga, la cantante de Mocedades, y Mikel Eizmendi, al que no tengo el gusto de conocer. La únicas grandes figuras de la cultura vasca que acudieron en apoyo de Imanol fueron el escritor Anjel lertxundi y el bertsolari Andoni Egaña. Algún otro cantautor vasco de más relevancia había anunciado su participación, pero al final no fue. Como no sé por qué, no lo nombro. Otra curiosidad: en el primer disco de Negu Gorriak hay una mezcla entre bertsolarismo y rap titulada “Bertso hop”. En ella se reproduce un dueto entre el propio Andoni Egaña y otro bertsolari llamado Peñagaricano. Para la canción se conservan los versos de Peñagaricano, pero las respuestas de Egaña son sustituidas por el rapeado de Fermin Muguruza.

Numerosos expresos de ETA hicieron un comunicado para que cesara el acoso pidiendo el fin del “pensamiento obligatorio” de la banda y ni por esas. Sólo un mes después, dos de los artistas invitados a un homenaje al antropólogo José Miguel de Barandiarán se negaron a compartir escenario con él. Como suele suceder entre los cobardes, la mayoría del resto de participantes abandonaron el lugar para no verse salpicados, quedando sólo tres, Imanol, Antton Valverde y poeta Bitoriano Gandiaga. En el año 2000 Imanol, que había pertenecido a ETA, pasado por la cárcel y se había exiliado a Francia durante el franquismo, no lo soportó más y se fue a vivir a Alicante, donde murió poco después, como el poeta.

El primer síntoma de relajación en la militancia de Fermin Muguruza lo vislumbré cuando acudió en 2008 a recibir a Arnaldo Otegi a la salida de la cárcel. Otegi había llegado a portavoz de HB después del encarcelamiento íntegro de la mesa nacional del “partido”. Desde el primer momento se vio en él un cierto aire de moderación en las costumbres, pronto alcanzó enorme popularidad y consiguió unos extraordinarios resultados electorales. La cosa se torció al salir de la cárcel los 23 miembros de aquella mesa nacional. Visto su tirón electoral lo mantuvieron en primera línea, pero los aires volvieron a ser los de siempre y le dejaron bien claro quién mandaba allí. Es en ese contexto en el que se realizó la mítica fotografía de Otegi dando un mitin bajo la lluvia tapado por el paraguas del miembro del comando Donosti Sergio Lezcano.

Otegi entró en prisión en 2007 por enaltecimiento del terrorismo y salió en 2008 convencido de que aquello tenía que acabar. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando vi a Fermin Muguruza abrazarle al salir de la cárcel. En aquel recibimiento no había ningún miembro relevante la cúpula de la izquierda abertzale, sólo Tasio Erkizia, un histórico, aparece junto a Fermin. Desde un punto de vista simbólico sí era importante ver al lado de quién estaba. Otegi no salía de la cárcel como héroe sino como aspirante a traidor. Al año siguiente retomó las riendas del partido con la nueva estrategia y dos años después ETA anunció el abandono de la lucha armada.

En 2017 Fermin Muguruza concedió una entrevista al dirigente socialista mutilado por una bomba Eduardo Madina. En ella repitió sus letanías de siempre pero, por primera vez, reconoció lo mucho que le había impactado la muerte de Yoyes, aunque no que le pareciera mal. Actualmente se puede ver en la web de ETB un documental sobre la trayectoria de la organización Gesto por la Paz (fundada entre otros por Javier Madrazo) titulado sólo “Gesto”. En él se pueden seguir las vicisitudes terribles por las que tuvieron que pasar sus miembros que se limitaban a manifestarse en silencio cada vez que había una muerte o un secuestro fuera del bando que fuera. Se explican horribles historias de persecución y acoso por parte de los seguidores de la izquierda abertzale a muchos de sus afiliados. Llama la atención que el documental es del 2022; han tenido que pasar 11 años desde el fin de ETA para que alguien pensara en reconocer la labor de aquella gente.

Fermin Muguruza sabe todo esto. Mejor que nadie. Aparcado en su fanatismo totalitario ha mirado al cielo y ha silbado viendo morir a Yoyes, a Ryan, a Buesa, a Lluch, a las niñas que jugaban en la calle en Vic, a las amas de casa en un supermercado, a los sudamericanos que trabajaban en un aeropuerto. Él siempre ha sabido que alguien que cantaba sus canciones introducía en el buzón de una militante por la paz esquelas con las fotos de sus dos hijos con la intención de asustarla y animarla a que se fuera de su Euskal Herria. Y también silbó viendo marchar a Imanol, a Savater, a Azurmendi… Gente que en algún momento habían sido de los "suyos". Y luego de silbar, volver a fijar la mirada en el horizonte y continuar sin mirar atrás. Si él lo dice, no puedo negarle que sintiera conmoción alguna vez, no lo sé, sólo sé que nunca tuvo el valor de decirlo. Al contrario, fue el propagandista número 1 de la causa y, como buen soldado, la causa siempre estuvo por encima de las personas.

Yo no dejaré de escucharle y, de haber podido, habría ido a verlo en alguno de los conciertos de su última gira de despedida. “Akelarre antifascista” la ha llamado. Tiene mérito.

Un beso.

P.S. Kubati, después de asesinar a Yoyes, estuvo 26 años preso. Al salir, se dedicó a organizar las bienvenidas de los futuros excarcelados. Tiene mérito también.

dijous, 15 d’octubre del 2026

Sarri, Sarri. 1ª Parte


Querida M.,

Dado que el patriotismo nunca había hecho mella en mí, y que lo de matar gente no acababa de convencerme, entre los 13 y los 14 años viví el nacimiento del punk vasco como una revelación. Con las primeras canciones de la Polla Records o Eskorbuto se me abrió un horizonte que me alejaba de aquello a lo que parecía ir predestinado. Lejos de convertirme en un joven violento, el punk me descubrió una forma de radicalidad paralela a la militancia abertzale en una época en que Herri Batasuna se proponía como el único camino.

Odio a los partidos, escupe a la bandera, a la mierda el País Vasco, himnos que me permitían mantener un estatus de izquierdismo feroz prescindiendo de la ikurriña y de bailarle el agua a unos tarados cuyo gran objetivo era la patria por encima de la igualdad social. El asesinato, uno o dos años antes, de José María Ryan, de una forma tan macabra como similar a la de Miguel Ángel Blanco, me había dejado abandonado en tierra de nadie. Identificarme con unos seres humanos capaces de aquella barbarie se volvió muy difícil para mí, así que descubrir que se podían gritar las injusticias sociales a los cuatro vientos sin pagar el peaje abertzale permitió respirar a mi cerebro.

Yo iba a entrar al instituto en 1984, y justo antes salió el “Salve” de La Polla y el disco compartido entre RIP y Eskorbuto. Ese verano, hubo un acalorado debate en el programa de Pedro Espinosa, en Radiocadena de Álava, entre el Evaristo y un miembro de Hertzainak (no recuerdo quién, supongo que Josu Zabala) y el Evaristo le soltó un “a ti sólo van a verte los vasquitos con la bandera” tan injusto como, para mí, vivificante y luminoso.

Quiso la providencia que entráramos a primero de BUP a la vez los dos hermanos de otras dos viejas glorias del instituto, ambas alineadas en mayor o menor medida con el abertzalismo reinante. Para entonces mi cabeza ya viajaba hacia un lugar muy distinto a Jarrai y sólo el otro aspirante cumplió con su cometido; su hermano mayor había estado en la cárcel el último año del BUP y cuando lo conocí era un chaval de tan pocas luces que ya anunciaba lo que estaba por venir en ese mundillo. No viene aquí a cuento su nombre, el pobre se vio envuelto en una de las detenciones más absurdas que imaginarse pueda, y tampoco es cuestión.

Aun así, siempre queda algo dentro de uno, un comecome que te incita al error por no reconocer que tiempo antes habías estado equivocado, y el primer día del curso que se convocó una huelga por la detención o vete a saber qué de algún miembro de ETA, me levanté de mi silla y, muy digno, salí de la clase sin que nadie me siguiera. Una vez fuera no supe bien qué hacer, porque mis amigos estaban dentro y aquellas huelgas servían, sobre todo, para ir a echar unos futbolines. Me fui a casa y mi madre me preguntó que qué hacía allí, le dije que había huelga, me preguntó qué habían hecho los otros, le dije que se habían quedado, y me cayó una bronca del quince. Lo peor es que sabía que ella tenía razón y que estaba haciendo el primo por vete a saber qué energúmeno. No volví a salir de clase más, hasta la detención y muerte de Mikel Zabalza. Entonces sí.

Y así estaban las cosas cuando empezó a correr como la pólvora la maqueta de un grupo nuevo que nos tenía a todos locos. Ska acelerado, una voz graciosa, una grabación de poquísima calidad pero de un encanto inapelable. Pedro Espinosa en Radiocadena, Pablo Cabeza y Roge Blasco en Radio Euskadi, a todas horas en Hala Bedi sonaban las cinco canciones de aquella primera cinta de unos tal Kortatu (que no te engañen, M., ahora en todas partes dice que eran seis canciones, pero, créeme, Nicaragua Sandinista no estaba en aquella cinta). En unos meses, Kortatu ya aparecían en un disco compartido con Cicatriz, Jotakie y Kontuz Hi. Mientras grupos míticos con años a sus espaldas como RIP o Cicatriz aún tuvieron que esperar a 1986, en menos de un año, se anunció el primer LP de Kortatu.

Ahorré, me lo compré nada más salir, me lo llevé a casa, lo puse y sentí una traición tan horrible que cogí un mechero y traté de quemarlo. He de decir que los arrebatos y yo no nos llevamos bien, así que me arrepentí enseguida, pero aún tengo ese vinilo y la primera canción, “Don Vito y la revuelta en el frenopático”, una de mis preferidas, no se puede escuchar. “Sospechosos”, la primera de la cara B tampoco sirve y el “Sarri, Sarri”, la segunda, sí, pero amenaza con saltar. El primer LP de Kortatu resultó ser también el primer disco "de partido" de aquello que ya se había bautizado como “rock radical vasco”. Kortatu era un virus infiltrado en mi oasis musical, el desembarco del omnipresente "partido" en mis oídos. Es cierto que ya se había publicado alguna canción de Hertzainak o de La Polla que podían interpretarse complacientes, pero el disco de Kortatu era pura propaganda, era abrirle la puerta del rock a una opción política que siempre lo había despreciado y vio en aquel movimiento un filón de votos. En un par de años el entorno político de HB tenía el control absoluto del punk vasco.

No sólo en Euskadi, el resto de aquello que nosotros llamábamos el Estado también bailó con entusiasmo la canción estrella del disco (incluido yo, claro). Cantada en un euskera algo macarrónico, y sin saber bien lo que decía la letra, muchos jóvenes españoles hicieron pogos celestiales con “Sarri, Sarri”. La canción celebra la fuga de la cárcel de dos condenados por pertenencia a ETA. El protagonista es el escritor Joseba Sarrionandia, por el que ya he expresado mi admiración en textos anteriores y que después de la fuga se exilió en Cuba. El otro fugado, al que en la letra de la canción llaman cariñosamente por su apodo, “Piti”, era Iñaki Pikabea, detenido por el asesinato de un concejal de Alianza Popular y que después de fugarse se reintegró en la banda hasta una nueva detención.

Mi adorada Marisol gritando “Gora Euskadi askatúta”, los graciosos carteles electorales del Movimiento comunista y la Liga Comunista Revolucionaria delegando su voto en HB, y la irrupción de Kortatu colocaron a aquellos fanáticos patriotas barbudos (en su mayoría) a la vanguardia de la izquierda española más beligerante, e hicieron que todos los eslóganes se escribieran con K. Mientras, los Eskorbuto tenían que autoeditarse y autodistribuirse, Cicatriz caían como moscas y La Polla colgaba una ikurriña del bombo de la batería al tiempo que cantaban “Fuego a las banderas”. Por aquellos años el Evaristo apareció en la propaganda electoral de HB pidiendo el voto. El argumento: porque, como él, estaban contra la constitución.

Y aquí el sendero se bifurca.

Continuará…

Un beso.

diumenge, 27 de setembre del 2026

Censuras

Querida M.,

Allá por el año 1993 o 1994, no estoy seguro, se inauguró una nueva sede para la Euskal Etxea de Barcelona. Se ve que llevaba un tiempo parada. En la facultad teníamos un profesor ayudante que había venido por un año desde la universidad del País Vasco y me preguntó si quería participar. A mí la posibilidad de conocer gente que supiera jugar al mus e incluso la de practicar un euskera que se oxidaba a pasos gigantes me resultó interesante, mucho más que la de implicarme en un proyecto que, a buen seguro, no tardaría en convertirse en un arrebato patriótico de esos entre los que no sé cómo moverme. Hice un contad conmigo si os puedo ayudar en algo y asistí gustoso a la inauguración. En mi memoria hay una misa en Santa Maria del Mar, pero no lo acabo de ver claro.

Aquel año tuve de profesor a un tipo díscolo como pocos, Iván Tubau, cuyas clases de periodismo cultural me irritaban. A las pocas semanas de empezar el curso fui a su despacho a preguntarle si era verdad que la nota obedecería únicamente al examen final como había asegurado él mismo en el aula. Me contestó que sí y le dije que no se lo tomara a mal, pero que no me gustaban sus clases y prefería no ir más. Dijo comprenderlo a la perfección y nos emplazamos para el examen. Desde ese día fui a esa clase en tres ocasiones, dos obligado y la otra a hacer el examen.

Quiso la providencia que el profesor vasco ayudante, hombre encantador del que desgraciadamente no recuerdo el nombre, viniera a pedirme un favor (sí recuerdo el nombre del profesor titular, en mala hora). Resultó que la Euskal Etxea estaba organizando como acto cultural un coloquio/debate sobre las lenguas minoritarias del estado. Alguien propuso el nombre de Iván Tubau para dar vidilla al asunto, ya que era un hombre polémico que estaba especializado en el catalán oral y en el uso del catalán en prensa, y me pidió si, como alumno suyo, podía ir a preguntarle si quería participar.

Amargado por mi cometido, tuve que asistir a clase y quedarme hasta el final para hablar con él. Le trasladé la propuesta y me preguntó cuánto se cobraba. Yo no sabía responder a eso, así que le pedí el teléfono y le dije que el responsable de la actividad ya le llamaría. Con eso di por finalizada mi intervención. Unos días después el profesor vasco de nombre olvidado me dijo que Tubau había aceptado participar en el coloquio. Era evidente que no le iban a pagar de la misma manera que era evidente que él sólo se había querido hacer valer. Quizá le invitaron a cenar, que en la Euskal Etxea cenar salía por un pico.

Poco después, el profesor volvió a hablar conmigo. Con cara compungida me dijo que había que decirle a Tubau que no podía asistir al debate. Puse cara de “¿me estás jodiendo? Es mi profe”. La excusa que me dio es que el corresponsal del diario Egin en Barcelona también participaba en el acto y se había negado a la presencia de Tubau. Le dije que lo normal era que si había uno que no quisiera ir que no fuera, que no se podía castigar al que sí quería ir. Me contestó que eso no podía ser. Pensé que la puñalada que me daban era de órdago y me negué a ir yo a decírselo, que lo hiciera el cobarde que había tomado la decisión.

Cuando supe que ya habían hablado con Tubau me vi obligado a volver a su clase. Me puse en las primeras filas, me vio y fue soltando su perorata habitual con normalidad hasta que, poco antes de acabar, se puso grandilocuente y enunció con aire teatral: “¡Y sepan ustedes que la censura tiene múltiples formas y aún existe!”. Cuando el resto de alumnos comenzaron a salir sin haber entendido ese final, me acerqué a él, le pedí disculpas por lo que había pasado y le dije que, al censurarlo a él, también me habían censurado a mí. Nos despedimos y le aseguré que a mí, en la Euskal Etxea, ya me habían visto.

Y hasta aquí todo lo que se me ocurre decir sobre el caso de Ariana Harwicz.

Un beso.

PS 1. La vida y el azar hicieron que coincidiera en bastantes ocasiones con Iván Tubau después de dejar la universidad. Nunca fue santo de mi devoción pero siempre fue amable conmigo (no del todo con otra gente que conozco) y yo siempre fui amable con él. Poco antes de morir vino a verme para proponerme la venta de los ejemplares de sus libros (los escritos por él) que tenía acumulados en su casa. Yo le dije que uno o dos de cada podía ser, que para qué quería el resto. Me dijo que se lo pensaría y “si tal” ya me los traería él. Ya no lo vi más.

PS 2. Los viernes que iba a Barcelona trataba de comprar el Egin en algún quiosco de Las Ramblas. Me gustaba el suplemento “Bat, bi, hiru” de música que salía ese día. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la crítica de Pablo Cabeza al último disco de Eskorbuto, “Demasiados enemigos”. La crítica era tan encendidamente elogiosa que me llamó la atención hasta qué punto Pablo Cabeza los admiraba que no tuvo en cuenta ni la persecución que sufrían por parte de la izquierda abertzale ni las declaraciones de los propios Eskorbuto acusándole de ser partícipe de la misma. En Euskadi quien más quien menos sabía lo que era el Egin, aún así, el verano que lo cerraron estuve todas las fiestas con una gorra que denunciaba ese cierre. También me hacía ilusión cuando conseguía entender los chistes de Zakilixut.

Otro.

dimarts, 3 de març del 2026

Cambiando de tema...

 


Querida M.,

El año 2002 Martin Scorsese trató de mostrar al mundo la violencia que rebosa en la formación de las ciudades de los Estados Unidos. Como es habitual en él, no escatimó en litros de sangre para ello. Durante dos horas y media, un largo discurrir de muertos provocados por un catálogo casi infinito de instrumentos para matar se nos acumulan en la mirada sin dejarnos mucho tiempo para tomar aliento. Grandes actores, factura perfecta y esa violencia desatada como único protagonista.

Unos meses después, Clint Eastwood estrenó una película triste, un policiaco parsimonioso que tocaba numerosas aristas de la esencia norteamericana. El ya entonces viejo Clint también quería, entre otras muchas cosas, mostrarnos la violencia que subyace en la formación del espíritu de esa sociedad; en su vida cotidiana, en sus relaciones personales, en las jerarquías de los barrios. En lugar de amontonar cuerpos, “Mystic River” termina con un largo plano, de casi medio minuto, del discurrir de un río y, mientras mira, el espectador no puede evitar pensar en cuántos cadáveres se esconden bajo esas aguas.

En 2004 Alejandro Amenábar estrenó “Mar adentro” y ganó un Oscar con ella. Grandes actores, factura perfecta y un solo protagonista: la eutanasia. Durante más de dos horas, Amenábar nos adoctrina con algunas dosis de maniqueísmo creo que poco inteligentes. La película es buena (el guion no), pero no sucede nada en ella que no sepas que va a ocurrir. Cualquiera de los espectadores podría haberla explicado con cierto detalle sin necesidad de haberla visto. El cómo lo explica es excelente y no dudo del mérito de sus premios, aunque para recibirlos fuera imprescindible que los que se los dieron estuvieran de acuerdo con ese discurso.

Ese mismo año, Clint Eastwood nos trajo otra película triste y primorosa, que parecía tratar de boxeo, pero en realidad hablaba de otras muchas cosas. También ganó premios y tiene grandes actores y hermosa factura. Lo que hace que “Million dollar baby” se eleve, junto a “Mystic River” y “Gran Torino”, al podio de las mejores películas estrenadas en el siglo XXI es su final. En apenas quince minutos, Eastwood se plantea más preguntas y consigue más respuestas que tres visionados seguidos de “Mar adentro”, y todo ello sin siquiera mencionar la palabra eutanasia.

Las grandes películas son las que tratan de una cosa, pero hablan de otra, M. Cuando estas dos posibilidades convergen demasiado el resultado se resiente y, al menos a mí, me cuesta mucho hacer lo que más me gusta: volver a verlas. A las grandes películas siempre les encuentras detalles nuevos, que la primera vez pasaron desapercibidos

Este año había películas realmente buenas nominadas a los Goya. Al final, abrirse a la periferia ha dado buen resultado, y eso que hace muchos tiempo Bajo Ulloa bautizó como el “cocidito madrileño” comienza a brillar por su ausencia. Tres de las cinco nominadas a mejor película hablaban y trataban de la misma cosa. De las otras dos, una es un soberbio ejercicio de cine sensorial de altos vuelos, “Sirat”, y la otra una comedia clasicota pero brillante que se beneficia enormemente de la historia en la que está basada, “La cena de los generales”.

“Maspalomas”, “Los domingos” y “Sorda” son tres películas magníficas; grandes actores, factura excelente, sí, pero ¡ay! Otras tres películas que podrías explicar sólo con leer alguna sinopsis o haber escuchado con atención los comentarios de Carlos del Amor en la retransmisión de los premios. Algunos de los actores de estas películas han conseguido darle infinitas dosis de emoción a unas historias que, por sí solas, no la tienen, y eso es buen cine también.

De esas tres películas, “Los domingos” es la menos discursiva y la que mejor trata el tema del que habla. Al contrario que “Mar adentro”, todos sus personajes tienen aristas y debilidades y, al parecer, nadie tiene razón o, al menos, toda la razón. En los tiempos de blanco y negro que corren también es de agradecer el esfuerzo por ligar un guion predecible e inteligente a un tiempo.

Sólo me queda una cosa por decirte M., en mi opinión (no tiene por qué ser modesta), la mejor película española que he visto este año ha sido “Una quinta portuguesa”. Una delicia de guion, dirección, actuación e historia. Esto no sería relevante (me pasa mucho) si no fuera porque oigo un runrún a mi alrededor opinando lo mismo, veo una entrevista con alguien que la recomienda especialmente, leo algún artículo de alguien que te invita a descubrirla… Me parecen demasiadas casualidades y poco ruido el que se ha hecho con ella.

Un beso.

P.S. Me ha llamado la atención este año la excepcionalidad con la que ha recibido el debate en torno a “Los domingos” o el documental (estupendo) de Albert Serra sobre toros. Para mi generación estos debates estaban más vistos que el tebeo y, sin embargo, ahora parecen valientes y novedosos. Puede que sí fuera interesante reabrirlos y pensar que, quizá, 40 años después hay mucha gente a la que le parecen originales.