divendres, 7 d’abril del 2017

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen V: Patria





Querida M.,
Un libro grande no es necesariamente un gran libro. Más bien al revés. No son habituales los ramalazos de genio que hacen merecer la pena a más de 500 páginas. Por desgracia, hoy vengo a decirte que me he traicionado a mí mismo; dos veces. La primera traición es esta carta, no me gusta hablar mal de libros o películas, me molestan los críticos que sólo se dedican a desanimar, me alegran el día aquellos que recomiendan con pasión lo que les gustó. Te escribo irritado, molesto por sucumbir a la necesidad de hablar mal de una novela, de hablar únicamente mal de una novela, con la intención de olvidarme de ella, de quitármela de encima. Y no lo hago por la novela en sí; lo hago por todo aquello que la ha rodeado desde el momento en que salió al mercado. Reseñas elogiosas, 160.000 ejemplares vendidos, reza la faja, recomendada por Mario Vargas Llosa, Benjamín Prado, Iñaki Gabilondo, Ignacio Martínez de Pisón… Estos dos últimos me desconciertan especialmente, por los primeros nunca tuve gran estima intelectual, pero Gabilondo siempre pareció saber de qué hablaba, y Martínez de Pisón, “Cuando acabas de leerla, sabes que has leído un clásico”, ¿en qué estaría pensando?
La segunda traición ha sido acabar de leer “Patria”, la novela de Fernando Aramburu. Por lo general, en las primeras páginas ya se sabe si nos enfrentamos a un mal escritor o no, se puede dudar y llegar a la página 30, o la 40, pero pasar de ahí a sabiendas de que lo que tengo entre manos es una porquería no lo hacía desde la adolescencia. “Tienes que leerla”, me han dicho, “me interesa tu opinión”, etcétera. Sólo puedo escudarme en la ética personal. Si quería escribirte esto hoy, necesitaba tener la certeza de haber terminado el libro. Una escena, una actuación brillante son capaces de salvarme una película; con un libro es más difícil, pero necesitaba intentarlo.
El Aramburu escritor.
“Patria” es, en esencia, una mala novela. Diría que muy mala, pero no es necesario. Su escritura es irregular hasta hartar, no se trata de que el autor utilice diversos registros narrativos, se trata de que casi todos los utiliza mal. Tiene un comienzo más o menos brillante, algunos capítulos intermedios aceptables y como 30 páginas, hacia el final, que logran transmitir alguna buena emoción. Esto se da cuando el autor se expresa en primera persona a través de aquellos personajes con los que se identifica. En esos momentos de intimidad, zozobra, sentimientos… de frases interrumpidas, conectadas por los espacios en blanco, Aramburu logra hacer vibrar algunas cuerdas. Son los pasajes en los que los personajes “buenos” dicen lo que él quiere decir y el momento en que el etarra se acerca a su redención. Es decir, Aramburu escribe bien cuando habla.
Cuando se trata de escribir, la novela pasa de mala a infame, y en ocasiones alcanza los límites de la vergüenza ajena. La primera persona de los personajes que desprecia es de todo punto insostenible. No sabe hablar por su boca así que suelta peroratas increíbles sin ningún rubor. La tercera persona narrativa es repetitiva, anticuadísima, vulgar, estomagante por lo minucioso de los detalles absurdos y, lo que es peor, en ocasiones trata al lector de imbécil extenuándolo con explicaciones inútiles sobre asuntos prescindibles; no es que sea incapaz de sugerir nada, Aramburu se muestra incapaz de suprimir nada. Mención aparte merecen los pasajes eróticos de la novela, de una puerilidad insana, su uso de la palabra polución me ha trastornado y perdurará en mi memoria largo tiempo. A pesar de todo, sin duda lo peor son los diálogos. Ningún personaje habla normal. Ni uno. Es materialmente imposible leerlos en voz alta sin sonrojarse. Entendería que me pidieras ejemplos. De los pasajes más horribles tuve tentación de tomar nota, pero según avanzaba la lectura lo fui considerando innecesario por dos razones. La primera es que se trata de un libro prestado y marcarlo supondría quedármelo y eso sí que no. La segunda es que, de verdad, puedes abrirlo por la página que quieras, casi seguro será mala.
No sé cuántas palabras o páginas pueden sobrarle a “Patria”, muchas, no comprendo cómo la editorial Tusquets no tiene un editor con criterio y unas tijeras. Pero como mínimo sé que le sobran capítulos enteros por inútiles. ¿Sabes cuando estás viendo una serie que te gusta y una semana te endosan un capítulo en el que ni pasa nada, ni lo que parece que pasa tiene valor? Pues capítulos de esos a Aramburu le nacen a mansalva. La estructura del libro no tiene mucho de particular, da saltos en el tiempo que, si son intencionados, mal (por lo que tendría de tramposo dar la sensación de que cualquier tiempo es igual a otro), y si no lo son, pues nada, allá él si le gusta así. El problema está en la cantidad de personajes de los que, sin venir a cuento, trata de dibujarnos una semblanza elaborada. Secundarios que con cuatro brochazos serían felices tienen salas enteras del museo. En este sentido, la niña del exorcista hija del director de la emisora resulta de verdad impresionante. Se intuye una cierta ansia por convertir el texto en película, el tiempo lo dirá.
De la parte literaria del libro sólo me queda hablarte un poco del argumento y los personajes. El maniqueísmo alcanza en “Patria” unas cotas difíciles de igualar en la historia de la literatura. Es más difícil discernir los buenos de los malos en una película de zombies que en “Patria”. Mordor es un vergel al lado de la localidad vasca donde transcurre la historia. No es que los abertzales sean malísimos, es que son feos (literalmente), desgraciados, infelices, bobalicones, ¡es que tienen halitosis! (literalmente). Los tonos grises aparecen, tímidos, a partir del centenar de páginas, cuando ya el lector no tiene tiempo de echarse atrás. La historia en sí no tiene un gran valor, los vascos nos la sabemos y los no vascos deberían saberla, todo ello aderezado con buenas dosis de odio, exageración, manipulación y una tendencia más que desagradable al culebrón con frases finales en las que un imperceptible tantatachán suena en nuestro cerebro. Aramburu no se deja tópico sin sacar brillo, la iglesia proetarra, el matriarcado, los de fuera, el euskera subvencionado, el folklorismo abertzale... Los tópicos tienen su razón de ser, claro, pero en "Patria" llevan el lenguaje de la época más savateriana de El País.
El ideólogo Aramburu.
De esta parte puedes prescindir, M., aunque no lo parezca, aquí empieza lo subjetivo. Vaya por delante que, como bien sabes, nunca he sido abertzale, que he tenido vecinos a los que he oído gritar con su hijo por sus algaradas nocturnas, familiares directos que me han estropeado las cenas de Navidad, amigos peperos a los que dejaban cajas de cartón vacías a la puerta de casa, he ido a un instituto público vasco en los años ochenta con El País bajo el brazo, he tenido todos los discos de Eskorbuto y de La Polla Records, he tenido un piso franco de la policía en el tercero de mi bloque, he vivido casi toda mi vida sobre un supermercado de capital francés que periódicamente hacían desalojar, hemos tenido unos amigos íntimos de los cuales la mujer tuvo que huir de su familia para casarse con un gallego, incluso unos amigos llamaron africana a mi mujer (supongo que de broma) cuando supieron que era de origen andaluz.Vaya por delante que siempre he creído que HB tuvo un enorme control social y cultural en las calles vascas, tan o más influyente que el político del PNV.
Vaya por delante todo eso, M., para decirte que Aramburu miente, como un bellaco y, casi seguro, a sabiendas. Para la historia parece haberse inspirado en el caso de Ramón Baglietto, junto al de Yoyes una de las historias más estremecedoras emocionalmente del terrorismo etarra. Aramburu lleva eso a un extremo aún más alejado (dos parejas de amigos íntimos y el hijo de uno de ellos está implicado en el asesinato de la pareja de mus de su padre). Y así es todo. Muchas de las situaciones que describe la novela parecen por completo inverosímiles (el tratamiento del hermano del etarra, homosexual y aficionado a los libros que se tiene que ir del pueblo es surreal), aún así, estaría dispuesto a aceptar que algún día, en algún lugar de Euskadi, por algún instante, pudieron suceder. Ésa es una de las grandes trampas de la novela, Aramburu nos muestra multitud de casos extremos, casi inauditos, excepcionales y los sitúa todos en el mismo pueblo, el mismo barrio, el mismo momento, haciéndonos creer que esa era la vida cotidiana. Mil verdades pueden construir una enorme mentira.
Otra trampa de “Patria” es su descontextualización. No sé si es deliberada o por ignorancia. No deseaba saberlo, pero en su biografía ya indica que Aramburu vive en Alemania desde 1985. A lo largo del libro se hace muy evidente que sólo conoce la realidad vasca a través de la prensa de Madrid. No hay cronología, para el autor la Eta de los 70, la de los 80, la de los 90, y la de sus últimos días fue siempre lo mismo. El abertzalismo y sus líderes fueron siempre los mismos. Euskadi estuvo siempre igual. Es un juntador de anécdotas de periódico para construir una realidad y da cierta sensación de haber leído algunos libros para documentar pasajes, pero de tener graves problemas de contexto real en otros muchos. Resulta muy inverosímil que, en la época que describe, Eta asesinara a un pequeño empresario, euskaldun y apolítico por un malentendido con el importe del impuesto revolucionario. Resulta aún más increíble que el lehendakari Ardanza no asistiera al entierro. Y resulta delirante que asistieran algunos políticos del “espectro constitucionalista” en los años en que el PNV gobernaba con Rosa Díez. Si alguien sale con la excusa de que se trata de una novela, Aramburu se encarga de desmentirle en el capítulo en que integra como personaje a Manuel Zamarreño. En ese instante el autor nos asegura que eso que cuenta es la verdad, un enorme fresco de una realidad extenuante.
Leyendo “Patria” es imposible no acordarse de Bernardo Atxaga y su maravillosa “Hijo del acordeonista” o de la película “La muerte de Mikel”. A pesar de lo que dice Aramburu hay mucha obra magnífica sobre la realidad vasca durante esos años, hecha en euskera y en castellano. El trato que da Aramburu al racismo, a la homosexualidad, a los inmigrantes, está fuera de lugar, lo traslada de una época a otra sin vergüenza que lo detenga porque en este libro todos los tiempos son iguales. El trato que le da al euskera en el libro, a los escritores en lengua vasca, a los periodistas, al Egin y el Diario Vasco, al rock radical vasco (lo nombra de pasada una vez aún siendo fundamental esos años, tan inexistente para él como para la prensa en la que se ha basado), a todo aquello que huela a euskaldun y, por tanto, a nacionalista, tiene un permanente aroma de desprecio, un revelador tufillo de suficiencia. Los idiomas son usados en ocasiones como arma dialéctica y hay uno mejor que el otro. Las patrias son como las religiones, M., los que tienen una no la sueltan y los que no tenemos ninguna nos tragamos las de los demás. En “Patria” no existe España, sí unos españoles casi beatíficos, pero no España, que no entra en la ecuación, no vaya a ser que pudiéramos confundirnos y llegar a creer que el autor se debe a otro patriotismo diferente. En "Patria" no existe el PNV.
Acabo M., incapaz de comprender qué han visto algunas mentes preclaras en este libro sin valor alguno. No me entra en la cabeza. Sólo la lamentable situación cultural y política en la que está inmersa España puede explicar que traten de colarnos este folletín como literatura. Sólo la profunda crisis que vive nuestra prensa escrita en manos de energúmenos y desalmados puede explicar que este libro haya pasado el mínimo filtro de calidad. “Patria” no se parece a las películas de Imanol Uribe ni a los libros de Atxaga o Saizarbitoria, se parece al tostón ése que escribió Rafael Vera y del que hicieron una serie para Tele5. Cielo, Aramburu no ha escrito la gran novela vasca contemporánea, ni un clásico. Ha escrito el culebrón del odio contenido y la humillación del vencido. Eta no siempre fue lo mismo, aunque nunca tuviera razón. Eta supo una cosa desde el primer día, luchaban para perder y perdieron. Desde su atalaya de vencedor Aramburu les obliga a pedir perdón, les arrodilla, les hace firmar el tratado de Versalles y, a pesar del lloriqueante final, no tengo muy claro que haya perdonado.
Un beso.

dimarts, 27 de setembre del 2016

El energumenato Vol. 1: las redes




Querida M.,
Detrás de una causa, por noble que ésta sea, siempre acaba emergiendo el energúmeno. El ser humano tiene una infinita capacidad para buscar nuevas cosas de las que preocuparse y a eso, a la larga, lo acabamos llamando progreso.  Sin embargo, para una correcta evolución de los hechos, para que las causas y las cosas no se nos vayan de las manos, resulta imprescindible la figura del energúmeno, aquel dispuesto a llevar la situación hasta sus últimas consecuencias y hacernos ver así los límites de lo racional. El energúmeno pide un millón donde sólo caben mil o se suicida para salvar a un escarabajo de morir. Siempre ha sido así, los listos se han servido de ellos para tensar sus cuerdas, aunque en ocasiones se han quemado las manos de tanto estirar.
Por eso no es de extrañar que algún día el energúmeno nos tomara la delantera y en este difícil equilibrio del tira y afloja acabara teniendo la sartén por el mango. Como decía la canción “los inmorales nos han igualao”. Ya están aquí, el energumenato es el nuevo régimen que nos toca vivir, ha venido para quedarse y supongo que tenemos años por delante para disfrutar de su dictadura. Les hemos dado autoyuda y herramientas, casi armas, con las que se sienten invencibles, y no se les puede señalar porque tienen un ejército anónimo de sacerdotes que les hacen fuertes.
¿Por qué los energúmenos han llegado a tocar pelo? ¿Cómo hemos sucumbido a su régimen? La tecnología M., que sumada a la autoestima se convierte en un cóctel peligrosísimo de democratización de la estupidez. Las redes sociales, sean anónimas o no, proporcionan todo lo que el energúmeno necesita para trascender. El energúmeno analógico era consciente de su estatus y le bastaba con dar la nota en el bar o en las comidas familiares, amargaba la tarde de un par de amigos o algún primo al que no volvía a hablar y la cosa quedaba ahí. El energumenato es totalitario, no falta en ningún sitio, si son feos exhiben sus fotos, si son tontos exhiben sus razonamientos, si son delincuentes exhiben sus crímenes.
Está por llegar el día en el que un hombre se muestre en twitter más inteligente de lo que realmente es. Sin embargo, son infinitos los casos en que la red nos lo ha enseñado mucho más tonto de lo que creíamos. Twitter es el grado sumo de poder del energumenato, el ensalzamiento definitivo de la sandez . Sintetizar la razón en unos pocos caracteres se presta al chiste, a la cita efímera, pero sobre todo se presta a la tontería; es, deliberadamente, lo contrario de razonar. En la mayoría de casos, tras un par de frases, vamos a pensar que bienintencionadas, aparece el insulto, el agravio, el argumento más enajenado y, por fin, la sinrazón en estado puro.
Te escribí, hace años, que el independentismo catalán había venido para quedarse, que su simbología ya formaba parte del paisaje. Pero eso no quiere decir que sea fuerte, al revés, es frágil y todo lo que sube de forma meteórica tiende a bajar igual de rápido si le entra agua en el depósito. Los medios más españolistas y los sectores más exacerbados del unionismo llevan años tratando de buscar la imagen, el discurso, el argumentario que les permita identificar el independentismo con el energumenato y, milagrosamente, no lo estaban logrando: casi nada de disturbios en la diada, de salidas de tono de la clase dirigente, de historicismo, clasismo o patriotismo trasnochado… Los casos que había eran tan residuales que parecía de verdad increíble que los energúmenos no hubieran podido aún clavar sus garras hasta la médula del “procés”.
Pero pasan los años y parece que los vigilantes están cansados. Hace unos meses unos indeseables agredieron a unas chiquitas por tener un tenderete de apoyo a la selección española. Y pudo ser una excepción, pero fue la primera excepción. Los dos últimos meses nos los hemos pasado dándole vueltas al pregón de la fiesta mayor y, como casi nadie parece interesado en explicar las cosas como son, te lo explico yo. Javier Pérez Andújar es un reputado crítico literario con una obra propia que, sin temor a equivocarme, podemos cualificar como reconocida y de calidad. La gran mayoría de esa obra está inspirada en la Barcelona del extrarradio, sus barrios, la inmigración y temas afines, motivo por el cual en 2014 la alcaldía de Xavier Trias le concedió el Premi Ciutat de Barcelona. Es un autor crítico, de izquierdas y ajeno por completo a cualquier tipo de patriotismo, vaya, lo que en todo país civilizado de nuestro entorno, de ésos con los que en Catalunya nos gusta tanto compararnos,  sería, como lo es aquí, una figura relevante.
Pues bien, M., a los pocos días del nombramiento de Pérez Andújar como pregonero de la fiesta mayor en su Barcelona natal, un líder del energumenato independentista (debo recordarte que todas las causas tienen el suyo) se lanzó a twitter con un hashtag que incitaba a boicotear con una pitada el pregón puesto que Pérez Andújar no es de los suyos y les había ofendido no siéndolo. Enseguida, la energúmena mayor del movimiento lo secundó con euforia y la cosa no habría pasado de anécdota internetera si un diario catalán especialmente afín al unionismo no hubiera visto a través de esa espita la oportunidad que llevaba meses esperando. Con el bonito titular “Caza de brujas nacionalista contra el pregonero de la Mercé” se elevó a la categoría de portada una bronca callejera del energumenato online. A base de insistir, el periódico en cuestión llenó su trampa de queso hasta que todos los ratones del independentismo estuvieron dentro y ya no hubo remedio. Javier Pérez Andújar se convirtió en el saco de boxeo del conflicto entre las dos Cataluñas y, por qué no decirlo, de paso, como viene sucediendo desde que tomó posesión del cargo, cualquier excusa es buena para sacudir a la alcaldesa.
Esto es una suposición mía, pero imagino que alguien de su entorno debió de aclarar al energumenato que una pitada al pregón por motivos ideológicos era una fascistada y un ataque en toda regla a la libertad de expresión; aún así, ante la absurda idea de recular y dejarlo correr, el buen energúmeno siempre encuentra una nueva opción con la que dar la nota. Y dimos con el contrapregón. Y bueno… sé que es una opinión personal, pero creo que ampliamente respaldada, Pérez Andújar regaló a la ciudad de Barcelona un magnífico y sentimental documento literario mientras el energumenato nos brindó una retahíla de chistes baratos propios de un día poco inspirado de Los Morancos. Es más, la mayor parte de los argumentos de concordia que Toni Albà trató de utilizar estaban en notoria contradicción tanto con el contrapregón en sí como con todos los hechos que él mismo había desencadenado.
El independentismo es frágil, cielo. Unos cuantos asuntos más como éste los puede pagar muy caros. Perdiendo gas, pero el energumenato ha continuado babeando unos días más tratando de sacar nuevos argumentos contra el pregón de un infantilismo insultante. Mientras, los intereses del unionismo más exacerbado han tratado de usar a Pérez Andújar en su beneficio, hozando sin piedad en la trampa de queso y las cagarrutas secas de los ratones, tratando de convencernos de que es uno de los suyos y ofreciéndole su solidaridad de puñal en la espalda. El independentismo es frágil, M., y si mira hacia sus energúmenos con la misma condescendencia con que el PNV miraba en aquel tiempo a “sus chavales”, si les deja tomar las riendas del asunto, no tardará en ver cómo muchos de sus nuevos acólitos salen corriendo ante la horrible perspectiva de compartir barco con ellos.
Un beso.

dimecres, 13 de juliol del 2016

Estudiar periodismo, para qué



Querida M.,
Tuve una compañera en la facultad a la que quise mucho. Se llamaba Esther, tenía unos ojos enormes, una larga cabellera rubia y dignidad. En el último curso de la carrera el profesor de televisión le recomendó que para las prácticas se hiciera un peinado más sugerente y no dejara caer su melena lacia y desinteresada. Creo que le hizo caso una vez y nos burlamos de ella por aquel pelo inflado. Aunque no quiso seguirlo, el consejo no era machista, aquel profesor se preocupó por su futuro y le quiso enseñar un camino que, supongo, ella no quiso recorrer. En vísperas del partido España-Italia la recordé viendo una tertulia deportiva de Televisión Española. Había allí un montón de varones francamente feos y, en algunos casos, francamente estúpidos opinando sobre la selección y para la encuesta a la audiencia tenían una hembra en minifalda subida a unos tacones vertiginosos francamente hermosa que, casi seguro, había salido de alguna facultad de periodismo y había aprendido a peinarse como es debido. Esa chica suele tener la misión de apuntar en una pizarra lo que dicen los lumbreras que la rodean y aquel día había realizado una encuesta al público en la que preguntaba quién iba a ganar el partido de octavos de final. Al llegar el momento de dar los resultados dijo: que ganará España, tanto por ciento, que ganará Italia, tanto por ciento y entonces dudó un momento y, por desgracia, había otro tanto por ciento que no sabía, no contestaba, como si existiera otra posibilidad. Estudiar una carrera, quizá hacer un máster, para llegar a la conclusión de que una minoría de la población es incapaz de adivinar el futuro me pareció triste.
Hoy he vuelto a pensar en ello viendo un capítulo de Seinfeld. Jerry le gasta una broma a Elaine diciéndole que Tolstoi quería titular “Guerra y Paz” con otro nombre, “Guerra: para qué sirve” (una vieja canción de Edwin Starr) y que fue su amante la que lo convenció de ponerle el título definitivo. Elaine se lo cree y se lo suelta al primer escritor ruso que conoce. Pues eso, M., estudiar periodismo para qué sirve en un país en que los informativos de las televisiones dan pena, la televisión pública da pena, las emisoras de radio dan pena y los periódicos más importantes dan mucho más que pena. La inmensa mayoría de los columnistas son estómagos agradecidos que ya sabes lo que van a decir antes de comenzar a leer. Los opinadores son oficiales y siguen la voz de su amo y la de las habichuelas. Encontrar un periodista que no piense en su interés, del tipo que sea, antes que en el de su audiencia es tan difícil como reparar el aire acondicionado en verano. Antes teníamos los estómagos agradecidos y los otros. Ya casi no quedan los otros y, si hay alguno, ya se encargan los primeros y las redes sociales de desacreditarlo. Ahora tenemos los estómagos agradecidos y una nueva raza de periodistas: los serviles sin percatarse; aquellos que se ganan la vida creyéndose honestos porque, para ser un buen estómago agradecido, hay que ser consciente de ello.
El día después de las últimas elecciones La Vanguardia tituló de la mano de Iñaki Ellakuría (con k y acento) que Ciudadanos había perdido 8 escaños pero mantenía intacto su poder de negociación. No lo cito exacto por no equivocarme, he sido incapaz de volver a encontrarlo. Aquel titular duró sólo un par de horas, imagino que el tiempo que tardó otro periodista en darse cuenta de la estupidez. La única verdad que se podía encontrar en él es que, efectivamente, la capacidad de negociación de Ciudadanos con 40 escaños y con 32 es la misma: cero. A Ellakuría le pudo el subconsciente. Es autor de un libro de infinita subordinación llamado “La alternativa naranja” y estoy convencido de que su pasión por el partido de Rivera no es interesada sino un hecho que impregna todo su ser y, por ende, los artículos que nos escribe.
Un beso.