dimecres, 7 de novembre del 2018

Dietario de un no independentista abandonado VII: ya están aquí



Querida M.,
Hace ahora seis años, el 12 de noviembre de 2012, te escribí un texto titulado “fachas”. No hablaba de lo que son. Hablaba de la creación de un caldo de cultivo intelectual para dar legitimidad al pensamiento ultraderechista que permanecía en el rincón de pensar desde la llegada de la transición. Editores, historiadores y periodistas comenzaban a dar por buenos viejos argumentos desterrados y, a fuerza de repetirlos, ya forman parte de los idearios de los columnistas de hoy, los contertulios de hoy y, por desgracia, de los políticos de hoy, que los utilizan sin ápice de vergüenza.
Al poco de llegar a Vitoria, mi hermano recibió la visita de un compañero de colegio en Ermua, se llamaba Jesús. Salieron a dar una vuelta por nuestro nuevo barrio y, no me preguntes cómo, aunque yo era muy pequeño, les acompañé. Caminaba ensimismado en mis pensamientos cuando escuché que Jesús preguntaba si había muchos fachas por allí, por Vitoria, y mi hermano le contestaba que no. Y salté. ¿Cómo que no? Pues claro que había fachas, había un montón de heavies, punkies y otras subespecies que vestían de forma rara. Ellos se miraron con cara de “no sabe de qué está hablando” y yo sentí que estaba haciendo el ridículo y me callé.
La palabra facha significa una cosa del Ebro para abajo y dos del Ebro para arriba, así que mientras ambos lados del río no lo sepan no va a haber forma de entenderse. En casi todas las zonas de la periferia española un facha no es solo un fascista en la terminología clásica, es además alguien con una idea concreta de lo que debe ser España, una idea coincidente con la impuesta por la fuerza durante ese franquismo que, por otro lado, tampoco tenía un ideario tan extenso.
Se acaba de publicar un libro titulado “No somos fachas, somos españoles”, conmemorativo de la manifestación españolista del 8 de octubre de 2017 en Barcelona. No conozco a la autora, la busco en Google y se mueve en los entornos que te explicaba en aquel texto del 2012, de hecho, el libro está publicado por una de las editoriales de la que hablaba entonces, La Esfera de los Libros, aquella que otorgó a Pío Moa la vitola de historiador. El título no puede ser más clarificador, una de las líneas del nuevo argumentario facha que se comenzó a forjar durante la última época del aznarismo nos habla de patriotismos buenos y patriotismos malos. “No somos fachas, somos españoles”, es una de las consignas habituales que se corean en ese tipo de manifestaciones, otra de las consignas que suelen gritar es “España es una y no cincuenta y una”, ¿te suena?
Consignas como ésta dan más patadas a la constitución de 1978 que todo el independentismo sumado. La traición al espíritu y la letra constitucionales inunda las declaraciones de los principales líderes de esta nueva derecha española que de tan nueva huele a viejo. Rivera y Casado aporrean las puertas del constitucional y las llenan de escupitajos. Por no hablar de Santiago Abascal, partidario directamente de suprimir las autonomías. ¿Qué es más anticonstitucional, reclamar un referéndum de autodeterminación en una de las llamadas nacionalidades o suprimir todo el orden territorial establecido?
Como siempre, el problema no es que exista Vox, ni que Rivera se haya quitado la careta (porque en Cataluña todos sabíamos que llevaba careta), ni siquiera que Casado se haya unido al grupo luchando a brazo partido por un voto cuando menos discutible. Como siempre, el problema es que los fachas españoles no están sólo en la derecha. Llenan y condicionan las políticas de los partidos de izquierda. No dudo de la buena fe de Zapatero en su día, ni de Sánchez ahora, que un día dice que hay naciones y otro que no, sólo sé que sus devaneos patrióticos son esclavos de Susana Díaz, Leguina, Bono, Rodríguez Ibarra, Guerra, Borrell, Vázquez y tantos otros que militan en el PSOE pero son fachas de corazón, fachas en esa segunda acepción que tú y yo sabemos, fachas que conocen muy bien qué significa la expresión “hablar en cristiano” y la sienten muy dentro de su alma.
Viejas glorias de la izquierda catalana apadrinadas por Francisco Frutos han fundado un partido llamado “Izquierda en positivo”, entre sus eslóganes “Contra el nacionalismo y contra la inmersión lingüística”. Muy positivo no lo veo, y entiendo bien el “contra el nacionalismo”, pero si lo aderezas con un “contra la inmersión lingüística” la cosa cambia. Izquierda en positivo está en contra de un nacionalismo, pero a favor de otro. Querer derribar la inmersión lingüística (modelo diseñado por el PSC y el PSUC cuando el propio Frutos era diputado por el PSUC) no sólo es impopular, la inmensa mayoría de las familias la prefieren, sino bastante contrario a la doctrina constitucional. Otro caso de furibundo antinacionalista de izquierdas es el profesor universitario Félix Ovejero, sin embargo, siempre que lo leo o lo oigo lo único que me queda claro es su españolidad; ve nacionalistas por todas partes, yo lo soy para él. Su gran obsesión es la persecución que sufre lo español en Catalunya, estuvo en la fundación de Ciudadanos y nunca le he oído una palabra en catalán. La cosa es que este perseguido lleva casi toda su vida de profesor en la Universitat de Barcelona, cobrando un sueldo de la Generalitat. Al contrario que él, yo no soy un hipócrita y creo de verdad que debe ser profesor en esa universidad (si es bueno) y dar las clases en el idioma que le resulte más cómodo.
Algunos de estos izquierdistas que fundaron Ciudadanos le bailaron el agua a Rivera durante años hasta el día que se quitó la careta ante el resto de España y quedaron desnudos. Ovejero se justificó diciendo que el único error de Rivera había sido abandonar la socialdemocracia (como si alguna vez hubiera sido socialdemócrata Rivera) y suavizarse contra el nacionalismo. Para Ovejero, Rivera se ha suavizado contra el nacionalismo, M., sí, Rivera, el del mitin en Alsasua. Son fachas, M., lo son y mucho porque su objetivo es españolizar a los niños catalanes, porque los catalanes hacen cosas pero hablan esa lengua (tan respetable) que deberían guardarse para casa, porque Cataluña es tanto más paleta cuanto menos hable castellano. En un discurso atroz, hace unos días Carlos Carrizosa rechazó una invitación a ver una diada castellera al considerarla nacionalista y despreciativa de los demás, aparte, se le escapó en el parlament (él siempre habla en castellano, perseguido) la expresión “un puñetero castell”. Al final de su intervención contrapuso como tradición catalana que le interesaba más, las pruebas de natación que se celebran en el puerto olímpico por Navidad. Aparte de lo ofensivo de la comparación (los castells son una tradición catalana, nadar en aguas abiertas no), en ella radica la maravillosa hipocresía de los fachas que dicen que no lo son, porque lo que de verdad divierte a Carrizosa no es nadar, es acompañar a la feria de abril a Inés Arrimadas vestida de faralaes. Como los patriotismos, hay tradiciones mejores y peores.
A pesar de que muchos militantes de izquierdas abandonaron Ciudadanos estupefactos por la sorpresa de descubrir que Albert Rivera era de derechas, siguen vinculados al partido a través de la heredera de sus esencias, Sociedad Civil Catalana (SCC). Participan en sus actos, hablan en sus manifestaciones, se fotografían con sus líderes, cantan y corean como el que más. SCC tiene en su origen la transversalidad facha de la que hablamos aquí, pero en la práctica la retahíla de ultraderechistas que ocupaban sus primeros órganos directivos es un espectáculo. Mi sensación es que desde que se publicó el libro “Desmontando a Sociedad Civil Catalana” tratan de disimular su carácter ultra con caras nuevas y rostros más amables, piden a los neonazis evidentes que se manifiesten un poco más lejos y tienen un discurso más relajado. Pero están ahí, M., sin que periodistas, intelectuales o políticos socialistas como Iceta (una desgracia que el más talentoso de los parlamentarios catalanes no tenga nada de qué hablar) les afeen el gesto, les digan que no con el dedito. El autor de ese libro, que nadie se ha atrevido a desmentir pero muchos medios han tratado de ocultar, se llama Jordi Borràs, sí, M., ese Jordi Borràs al que le partió la cara un policía nacional de paisano, nada facha, placa en mano, al grito de “Viva España y Viva Franco”.
Un beso.
P.S. Sabes lo poco que me gusta hablar de cosas recientes sin haber dejado que llueva un poco. Sin embargo, viene al caso de este texto la persecución que sí que está sufriendo el humorista Dani Mateo. Hay desde Cataluña una queja unánime del abandono al que la intelectualidad progresista española nos está sometiendo. Salvo la honrosa excepción de David Trueba y, en ocasiones, el “Gran Wyoming”, son muy pocos los intelectuales españoles que alzan la voz contra algunos de los desmanes que han sucedido estos últimos años. Si lo hacen se les señala con el dedo como acólitos del independentismo y la ruptura de España. Dani Mateo se ha declarado públicamente contrario a la independencia pero todo da igual, que él y “Wyoming” se hayan acabado disculpando por el gag de la bandera es un drama. Y que tantos escritores, periodistas, cantantes, actores, filósofos, profesores universitarios y no sé qué más, callen, da asco.
P.S.2. Iba a grabar este documento cuando me he dado cuenta de que empecé a escribirlo en noviembre del año pasado. La excusa en aquella ocasión fue la denuncia contra los directores de El Jueves por otro chiste, el de la cocaína en Cataluña. En aquel texto usaba la última portada que se censuró en España de la revista El Papus, de cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982. La portada decía “España ya es roja” y yo quería titular “España ya es facha”. No me gustó cómo quedó, ha pasado un año y no he escrito nada en este tiempo porque no tengo ni ganas ni ánimo. Como ves, en un año, todo ha ido a mucho peor. Sólo te he escrito hoy para quitarme esta historia de la cabeza, ni me gusta ni me divierte, un año es mucho tiempo para que ande dando vueltas.

dimecres, 6 de setembre del 2017

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen VI: Equidistantes


Querida M.,
Durante muchos años coincidí con mi amigo Albert en la manía de ver algunas películas de forma compulsiva. Las había comunes, “Centauros del desierto”, “Casablanca” o “El padrino”. Supongo que “Amarcord” era sólo cosa mía. Esa deria se me fue al nacer U., cuando la tele pasó a ser patrimonio de la humanidad. No hace mucho estábamos comiendo y por hablar de algo la mami y yo comenzamos a recordar frases míticas de nuestras películas favoritas. A U. le interesó la temática y, desde entonces, cada vez que vemos un clásico y una frase le resulta graciosa nos pregunta “¿ésta es de las míticas, no?”
Es así como hace poco volvimos a ver “Casablanca”, en familia, todos en el sofá. La encontré aún mejor que como la recordaba y me pareció casi premonitoria. En estos tiempos en que todo es en blanco y negro, los grises de la película se agradecen más que nunca. Rick, el personaje de Humphrey Bogart es, además, el más genial equidistante de la historia del cine y eso, quieras que no, lo pone de moda.
Desde los sectores más radicales del independentismo han encontrado por fin una palabra para definirme: equidistante. Es claramente errónea, pero yo, sin partido ni filia patriótica conocida, no puedo evitar sentirme aludido. En teoría, equidistantes somos aquéllos que dejamos entrar a todo el mundo en nuestro bar, que el sí o el no nos dan lo mismo, vaya; pero como la palabra ha nacido con cierto tonito despectivo lo que en realidad quiere decir es que somos equidistantes todos aquellos que no estamos por el sí porque en lo más profundo de nuestros corazones llevamos grabado el no. Y por ahí no paso.
Lo que hace más ofensivo el término es que quienes lo utilizan saben que la equidistancia no existe. Saben que la inmensa mayoría de gente dubitativa simpatiza más, aunque sólo sea un poco o mientan, con un bando que con otro. Y saben, o deberían saber, que a muchos nos importa un carajo. De verdad, nos importa un carajo y no podemos equidistar en una línea que no estamos pisando. En realidad todo es una estrategia de guerrilla para presionar a los abstencionistas a que vayan a votar porque el 1 de octubre no se está decidiendo si sí o si no (que eso ya se sabe), sino que se calculará cuanta gente participa para ver si el sí es suficientemente legítimo. Ni siquiera quieren convencernos de que votemos sí, les da igual, nos quieren para hacer bulto y por eso nos hemos convertido en el saco de boxeo, y digo saco, porque nos han metido a todos dentro y están empeñados en que nos hagamos amigos del capitán Renault.
Hace muchos, muchos años, acompañé a un amigo polaco (no es un chiste) a una visita guiada al Palau de la Generalitat invitados por unos amigos adventistas del séptimo día (esto tampoco es un chiste). Al final de la visita creo que el mismísimo Pujol (no estoy seguro) nos dirigió unas palabras y de golpe todos se pusieron de pie a cantar Els Segadors. El polaco se espantó y me preguntó qué estaba pasando y le dije “Tomasz, ponte de pie, que esto va a ser el himno”. Y es que te aseguro M., que mi vida no mejora si cambio el himno español por Els Segadors que, como canción, bonita no me parece. Que la única bandera que me hace girarme es la del Athletic y con reparos. Que cuando veo las manifestaciones del 11 de septiembre siento envidia, de verdad, de la buena, por ver lo maravillosamente civilizados que son los catalanes, siento envidia de lo mal que siempre se hicieron estas cosas en Euskadi. Me emociono viéndolos felices y convencidos y siento envidia de ser, ante una estelada, como el luthier protagonista de “Un corazón en invierno” cuando se le desnudaba Emmanuelle Béart en los morros y él se giraba diciéndole que no le venía de gusto. Coño M., que era Emmanuelle Béart; que son cerca de dos millones de personas ilusionadas y yo en el sofá, equidistando.
Hace unos días vi un chiste (por llamarlo de alguna manera) en el que un dibujante bienintencionado decía que si dejabas la bandera en el suelo te sentías más libre. Yo también sé reconocer al equidistante mentirosillo, no te creas, y el chiste desprendía cierto tufo a “deja tu bandera en el suelo y la mía donde está”. Por eso también me fastidia estar en el saco. Sé que Catalunya merece (merecemos) un referéndum como dios manda y que no se lo van a dar; y que hay muchas más razones democráticas a su favor que la que da el Estado en contra: “lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo”. Sé que esa votación del 1 de octubre es un churro con graves déficits democráticos porque no queda otro remedio, porque ya no se sabe cómo llamar la atención de los padres. Sé que, como dijo Perich, la mayor fábrica de independentistas está en Madrid (ole tus huevos, Peridis, que nunca tuviste gracia pero eres capaz de empeorar). Y por eso sé que la mejor manera de hacerme simpatizar con la causa no es humillarme. Ya te dije M., que dejar la causa en manos de los energúmenos no era la mejor estrategia para hacer amigos. Y aquí estamos. Me cae bien Rick, pero me gusta mucho esto, para casi todo me siento cerca y no tengo motivos para huir.
Un beso.

dissabte, 12 d’agost del 2017

Elogio del guiri


Querida M.,
Esta mañana he estado escuchando una tertulia de radio sobre el tema éste del turismo, tan de moda. A ojos de los tertulianos es bastante sencillo de analizar y ellos se ponían a sí mismos como ejemplo del turista perfecto, el turista malo siempre son los otros. Cuando nosotros vamos a otro países respetamos las costumbres del lugar, nos comportamos con civismo y nos gusta oír los ronquidos de lo bien que duermen los vecinos. Recuerdo que hace años unos dicharacheros jovenzuelos españoles fueron apresados por robar una bandera de una recién fundada república del este. ¡Qué exagerados éstos del este! Por una banderita que se acaba de estrenar, cómo se ponen.
Yo llevo haciendo el guiri todo el mes de agosto, M.; te juro por lo que quieras que me porto bien y no molesto a nadie, pero soy un guiri, un puto guiri. He estado en Viena y he hecho todo lo que la guía me dijo que tenía que hacer, vaya, lo que me ha dado tiempo a hacer. Hay quien dice que el verdadero viajero es el confraterniza con los del lugar, el que se sumerge en la cultura de la ciudad visitada. Ya te digo yo que en cinco días no da tiempo para inmiscuirse en la vida de los vieneses. La inmensa mayoría de ellos sólo quieren tu pasta, no son nadie que no pueda encontrar en otro lugar (tengo amigos de más) y, por cierto, en algunos casos desprendían un cierto tufillo de menosprecio a todo aquello que sonara "spanish".
Los tertulianos de esta mañana hacían burla de los que iban al Louvre a ver la Gioconda, que ellos lo intentaron y aquello estaba lleno de guiris haciéndose fotos y no había manera. Los guiris son los otros, M., y así es imposible afrontar el problema. Cuando todo se ve desde la perspectiva del "nosotros" y el "ellos", y "nosotros" somos los buenos, la conclusión va a ser errónea seguro, cuando no algo peor. Ahora estoy al lado de la playa, en la Costa Dorada, al contrario que en Viena, ahora debería formar parte del "nosotros", pero no veo ninguna diferencia entre mi hijo y el niño francés que quiso unírsenos para jugar un 21. Estamos en uno de esos hoteles de costa del llamado "turismo familiar" y U. se lo está pasando muy bien. Yo me aburro y escribo, lo digo para bien, aburrirme es mi actividad preferida.
En Viena fuimos a ver varios museos, muy buenos, por cierto. Algún palacio de los Habsburgo y comimos un pastelito donde se supone que merendaba Sisí. También fuimos a un concierto en la sala donde se celebra el de año nuevo y, aunque el programa era Mozartiano, al final nos tocaron la marcha Radetsky, para hacernos sentir como un 1 de enero sin resaca. La orquesta era buena, mejor que muchas españolas, el programa para guiris, con piezas muy populares, y todos los japoneses del mundo estaban allí. No me quejo porque yo también estaba, M., que ésa es la clave del asunto, yo era uno de ellos. Y no me quejo porque estuvo bien y porque una vez vimos un Réquiem en Praga muchísimo mejor que la mierda que nos cobraron a precio de oro en el Palau de la Música.
Y ésta es otra clave del asunto. España es un patético país que un día descubrió que podía vivir de vender el sol y como el sol es gratis para qué molestarse en hacer otra cosa. Hace un siglo Unamuno acuñó el "que inventen ellos" y sigue vigente. El turismo mata los barrios, cierto, destroza entornos naturales, cierto, pero el turismo somos "nosotros". No es de ahora, viene de hace mucho y nosotros y nuestro modelo económico y social matamos nuestros barrios y nuestro entorno. Nosotros alquilamos, fabricamos y jodemos nuestras costas. "Ellos" no tienen ninguna culpa en esto, en muchos casos "ellos" son unos pobre pringados que tienen quince días de vacaciones, compran una guía y se van con sus hijos a dejar de pensar por un momento en su aburrida vida cotidiana. Nosotros llevamos decenios pidiéndoles que vengan y ellos ven las fotos de nuestras playas, nuestro inventos alcohólicos muy por encima del pijerío del cóctel y dicen que vale. Y nos dan de comer porque en muchos sitios de España no se sabe hacer nada más.
No había vieneses en el concierto. Ni en el palacio de los Habsburgo, ni en sus museos. Como no hay barceloneses en la Fundació Miró, ni en la Tàpies, en temporada de vacaciones ni colegios van. El patrimonio cultural es para lucirlo, al "nosotros" le gusta disfrutar del patrimonio cultural del "ellos" y viceversa. En un jardín laberíntico de los Habsburgo me vine arriba, resbalé y me caí dentro de una fuente junto a un cartel de "achtung" dándome un hostiazo del quince. Los vieneses no se caen en esa fuente. ¿Que muchos guiris vienen aquí a hacer lo que no hacen en su país? Pues claro, porque les dejamos, porque queremos su dinero. La culpa sigue siendo nuestra. Prueba a robar una bandera en Lituania.
Junto a pintadas denunciando que el turismo mata las ciudades, se ven pintadas diciéndole al turista en su cara que no es bienvenido. Conozco al que distribuye las pegatinas. Aunque es fácil, no estoy aquí para decirle a nadie que revise sus principios intelectuales y cómo encajar esa frase en un pretendido discurso de izquierdas. Es cosa que dejo para otro día. Te escribo aquí para decirte que estamos en lo de siempre, el que inventen ellos, la culpa es de ellos, no les queremos aquí aunque les hemos dicho que vengan. Ellos, ellos, ellos, nosotros somos tan buenos que no nos damos cuenta de que si en un sitio hay demasiada gente nosotros también sobramos.
Un beso.

dimecres, 9 d’agost del 2017

El energumenato Vol. 2: de sabios y cretinos

Querida M.,
Cuando Harold Bloom vino a recoger su merecido premio Catalunya los titulares de prensa se centraron en sus habituales ataques a la calidad literaria de Harry Potter. Los periodistas le preguntaron por enésima vez su opinión sobre la saga del mago y él contestó por enésima vez que le parecía mala literatura. Recuerdo una conversación días después con un amigo que, por intereses comerciales, le debía mucho a Potter. Estaba indignado, me decía que quién se creía ese tal Bloom que era para echar pestes de las novelas de J. K. Rowling, que a tanta gente gustaban. Es lo que tiene la democratización de la cultura, que todo el mundo tiene una opinión.

"El canon occidental" de Harold Bloom es una obra tan susceptible de desacuerdo como cualquier otra. Lo que es difícil de negar es que su autor es uno de los más grandes sabios vivos que hablan y escriben sobre literatura. ¿Quién es Bloom para opinar sobre Potter? Un sabio, y como tal su opinión importa o debería importar. La opinión de mi amigo, además de ser interesada, no. La opinión de los millones de lectores debería importar a sus amigos, primos y demás familia, pero no debería formar parte del debate literario. Saber distinguir el fan, del tertuliano, del oportunista, del sabio es una tarea sencilla que, por desgracia, se está echando a perder. A los intereses comerciales que manipulan las opiniones del planeta les interesa sobremanera que esa tarea fracase. Viven de ello. Vale más la opinión equivocada de un sabio que la acertada de un ignorante, pero no interesa.

Cuando se estrenó la saga original de "Star Wars" yo ya era un niño marcado por "El ángel exterminador" de Buñuel. Esa película me cambió la vida y las naves interestelares dejaron de interesarme de inmediato. Aparte de su enorme éxito comercial, no recuerdo tampoco que las críticas fueran demasiado entusiastas por aquel entonces. Yo las vi de adulto y me gustó el aroma de western de la primera, me aburrió la segunda y me pareció denunciable la tercera. Cuando todo parecía olvidado volvieron a inundarnos con una segunda trilogía de la cual, a duras penas, se salva una carrera de vainas. Lo que es peor es que la mayoría de los fans de la saga que conozco reconocen que los actores están horribles y muchas de las películas parecen serie B. Me dicen que el fenómeno está más allá, en otro lugar, en el diseño, en la iconografía, en una infinita capacidad para el márquetin. Pues muy bien.

Después de la más o menos reconocida pifia de la segunda trilogía, la compañía Disney nos adereza la vida con una tercera. Me niego a que me digan que es una manía mía contra las películas de ciencia ficción. Las dos películas que J.J. Abrams hizo sobre la saga Star Trek me gustaron; me gustaron mucho, sin haberme interesado nunca el universo Star Trek. Lo nuevo de Star Wars puede tener una factura algo mejor, pero las historias siguen sin sostenerse más que a través de su propia mitología. Recuperamos a tal o cual actor por muy acabada que esté su carrera o muy malo que haya sido siempre, volveremos a ver el monigote de aquel engendro cibernético o aquel mono gigante. Y con eso ya salimos del cine contentos. ¿Y quién soy yo para decir nada? Nadie.

¿Cómo se distingue a un sabio de alguien que no lo es? Pues es bastante sencillo. Basta con leerlos o, en su defecto, escucharlos. El sabio es aquel que no es un cretino. Sí, M., ya sé que parece una obviedad. Me explicaré. El sabio es aquel que habla de aquello acerca de lo que sabe más que los demás y luego calla. Harold Bloom es un sabio, sí, pero su opinión sobre la nueva plantilla del Barça es completamente irrelevante. Para distinguir a un buen crítico de cine hay que leer a muchos críticos de cine que sólo saben poner estrellitas; para encontrar a un buen crítico literario conviene leer a muchos críticos literarios de mierda.

Y llegamos al quid de la cuestión. Hace unos días Javier Marías levantó una de sus habituales polvaredas, previas a la publicación de una nueva novela, con un artículo sobre los falsos mitos de la literatura femenina y Gloria Fuertes. ¿Es Javier Marías un sabio? No. Es un opinador habitual, pero le da igual sobre qué. Como muchos otros literatos actuales viven de opinar a diestro y siniestro, trepando como infinitos lameculos del grupo Prisa. De este hecho el matrimonio Lindo-Muñoz Molina nos ha dado tantos ejemplos maravillosos que me lloran los ojos.

Siempre reconocí en Javier Marías talento literario aunque no me gustaban sus novelas. Con el tiempo, un celebrado crítico alemán lo encumbró al Olimpo de los autores europeos modernos y yo pensé que, quizá, traducido al alemán, salía ganando en profundidad. Después reconocí mi error al encontrar "Tu rostro mañana" una novela extraordinaria. Pero ahora vuelve a escribir novelas como las de antes, que se venden más. La sabiduría que le falta a su talento la tenía su padre, Julián Marías, hombre sin duda equivocado pero con unos conocimientos y una capacidad para transmitirlos que lo hicieron un dios a mis ojos cuando, Pitxu se acordará de esto, me salvó la filosofía de la selectividad.

Uno de los más grandes sabios sobre la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, si no el mayor, fue José Batlló. La deuda que muchos poetas tienen con él es infinita y reconocida, basta indagar un poco para saberlo. Editó, dirigió colecciones, tradujo y escribió poesía como casi ningún otro. Como una sombra, su nombre lo impregna todo. Si se quiere conocer a fondo la poesía de los 60, los 70 o los 80 a él debemos consultarle. Y es aquí cuando el sabio nos señala con su dedo al cretino.

¿Por qué Javier Marías no es un sabio?  Porque es un cretino. Porque le gusta escribir sin saber, a partir de teletipos o noticias sesgadas por diarios semidifuntos. En el artículo que levanta la famosa polvareda Marías no razona mal. Dice cuatro evidencias sobre la historia de la literatura femenina, crea su canon, nada original, y se manifiesta contra la presión de los lobbies que quieren colocar las fotos de sus héroes en todos los plafones. El problema de su artículo radicaba en la pobre Gloria Fuertes. ¿Qué pintaba ella en todo este embolado?

Aprovechando que se cumplen 100 años de su nacimiento su figura está viviendo un pequeño reconocimiento en forma de reediciones, biografías y homenajes. No entiendo mucho de poesía, no es mi género preferido, pero en el año 1997 Batlló hizo una alineación de los mejores poetas españoles vivos para un especial de la revista Taifa, que dirigía. En esa alineación, de medio centro, estaba Gloria Fuertes y si de una cosa estoy seguro es de que Batlló no lo hacía por motivaciones extraliterarias.

Cuando Marías comienza su artículo sorprendido por el resurgir de la poetisa y afirmando que en su opinión no merece estar en ningún canon literario asoma ese Marías ignorante que ha rellenado tantas páginas de naderías. Conociéndole, habiéndole leído, es fácil concluir que no conoce la poesía española de esos años, que quizá no sepa quién era Batlló, que para él Gloria Fuertes era aquella ancianita a la que se le escapó el globo y recitaba ripios a los niños de los setenta. Quizá debería mirarse esa alineación y aprender alguna cosa del sabio en lugar de salivar embobado mirando cómo se le escapa la cometa blanca.
Un beso.