Querida M.,
Dado que el patriotismo nunca había hecho mella en mí, y que lo de matar gente no acababa de convencerme, entre los 13 y los 14 años viví el nacimiento del punk vasco como una revelación. Con las primeras canciones de la Polla Records y Eskorbuto, sobre todo, se me abrió un horizonte que me alejaba de aquello a lo que parecía ir predestinado. Lejos de convertirme en un joven violento, el punk me descubrió una forma de radicalidad paralela a la militancia abertzale en una época en que Herri Batasuna se proponía como el único camino.
Odio a los partidos, escupe a la bandera, a la mierda el País Vasco, himnos que me permitían mantener un estatus de izquierdismo feroz prescindiendo de la ikurriña y de bailarle el agua a unos tarados cuyo gran objetivo era la patria por encima de la igualdad social. El asesinato, uno o dos años antes, de José María Ryan, de una forma tan macabra como similar a la de Miguel Ángel Blanco, me había dejado abandonado en tierra de nadie. Identificarme con unos seres humanos capaces de aquella barbarie se volvió muy difícil para mí, así que descubrir que se podían gritar las injusticias sociales a los cuatro vientos sin pagar el peaje abertzale permitió respirar a mi cerebro.
Yo iba a entrar al instituto en 1984, y justo antes salió el “Salve” de La Polla y el disco compartido entre RIP y Eskorbuto. Ese verano, hubo un acalorado debate en el programa de Pedro Espinosa, en Radiocadena de Álava, entre el Evaristo y un miembro de Hertzainak (no recuerdo quién, supongo que Josu Zabala) y el Evaristo le soltó un “a ti sólo van a verte los vasquitos con la bandera” tan injusto como, para mí, vivificante y luminoso.
Quiso la providencia que entráramos a primero de BUP a la vez los dos hermanos de otras dos viejas glorias del instituto, ambas alineadas en mayor o menor medida con el abertzalismo reinante. Para entonces mi cabeza ya viajaba en otra dirección y sólo el otro aspirante cumplió con su cometido; su hermano mayor había estado en la cárcel el último año del BUP y él era un chaval de tan pocas luces que ya anunciaba lo que estaba por venir en ese mundillo. No viene aquí a cuento su nombre, el pobre se vio envuelto en una de las detenciones más absurdas que imaginarse pueda, y tampoco es cuestión.
Aun así, siempre queda algo dentro de uno, un comecome que te incita al error por no reconocer que tiempo antes habías estado equivocado, y el primer día del curso que se convocó una huelga por la detención o vete a saber qué de algún miembro de ETA, me levanté de mi silla y, muy digno, salí de la clase sin que nadie me siguiera. Una vez fuera no supe bien qué hacer, porque mis amigos estaban dentro y aquellas huelgas servían, sobre todo, para ir a echar unos futbolines. Me fui a casa y mi madre me preguntó que qué hacía allí, le dije que había huelga, me preguntó qué habían hecho los otros, le dije que se habían quedado, y me cayó una bronca del quince. Lo peor es que sabía que ella tenía razón y que estaba haciendo el primo por vete a saber qué tipo que seguramente me parecería un energúmeno. No volví a salir de clase más, hasta la detención y muerte de Mikel Zabalza. Entonces sí.
Y así estaban las cosas cuando empezó a correr como la pólvora la maqueta de un grupo nuevo que nos tenía a todos locos. Ska acelerado, una voz graciosa, una grabación de poquísima calidad pero de un encanto inapelable. Pedro Espinosa en Radiocadena, Pablo Cabeza y Roge Blasco en Radio Euskadi, a todas horas en Hala Bedi sonaban las cinco canciones de aquella primera cinta de unos tal Kortatu (que no te engañen, M., ahora en todas partes dice que eran seis canciones, pero, créeme, Nicaragua Sandinista no estaba en aquella cinta). En unos meses, Kortatu ya aparecían en un disco compartido con Cicatriz, Jotakie y Kontuz Hi. Mientras grupos míticos con años a sus espaldas como RIP o Cicatriz aún tuvieron que esperar a 1986, en menos de un año, se anunció el primer LP de Kortatu.
Ahorré, me lo compré nada más salir, me lo llevé a casa, lo puse y sentí una traición tan horrible que cogí un mechero y traté de quemarlo. He de decir que los arrebatos y yo no nos llevamos bien, así que me arrepentí enseguida, pero aún tengo ese vinilo y la primera canción, “Don Vito y la revuelta en el frenopático”, una de mis preferidas, no se puede escuchar. “Sospechosos”, la primera de la cara B tampoco sirve y el “Sarri, Sarri”, la segunda, sí, pero amenaza con saltar. El primer LP de Kortatu resultó ser también el primer disco "de partido" de aquello que ya se había bautizado como “rock radical vasco”. Kortatu era un virus infiltrado en mi oasis musical, el desembarco del omnipresente partido en mis oídos. Es cierto que ya se había publicado alguna canción de Hertzainak o de La Polla que podían interpretarse complacientes, pero el disco de Kortatu era pura propaganda partidista, era abrirle la puerta del rock a una opción política que siempre lo había despreciado y vio en aquel movimiento un filón de votos. En un par de años el entorno político de HB tenía el control absoluto del punk vasco.
No sólo en Euskadi, el resto de aquello que nosotros llamábamos el Estado también bailó con entusiasmo la canción estrella del disco (yo incluido, todo sea dicho). Cantada en un euskera algo macarrónico, y sin saber bien lo que decía la letra, muchos jóvenes españoles hicieron pogos celestiales con “Sarri, Sarri”. La canción celebra la fuga de la cárcel de dos condenados por pertenencia a ETA. El protagonista es el escritor Joseba Sarrionandia, por el que ya he expresado mi admiración en textos anteriores y que después de la fuga se exilió en Cuba. El otro fugado, al que en la letra de la canción llaman cariñosamente por su apodo, “Piti”, era Iñaki Pikabea, detenido por el asesinato de un concejal de Alianza Popular y que después de fugarse se reintegró en la banda hasta una nueva detención.
Mi adorada Marisol gritando “Gora Euskadi askatúta”, los graciosos carteles electorales del Movimiento comunista y la Liga Comunista Revolucionaria delegando su voto en HB, y la irrupción de Kortatu colocaron a aquellos fanáticos patriotas barbudos (en su mayoría) a la vanguardia de la izquierda española más beligerante, e hicieron que todos los eslóganes se escribieran con K. Mientras, los Eskorbuto tenían que autoeditarse y autodistribuirse, Cicatriz caían como moscas y La Polla colgaba una ikurriña del bombo de la batería al tiempo que cantaban “Fuego a las banderas”. Por aquellos años el Evaristo apareció en la propaganda electoral de HB pidiendo el voto. El argumento: porque, como él, estaban contra la constitución.
Y aquí el sendero se bifurca.
Continuará…
Un beso.
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