divendres, 12 de setembre del 2014

Miedo y asco en España



Querida M,
Crecí rodeado de muertos, amenazas de bomba y botes de humo. Me harté de escuchar que aquel no era el camino, que por las vías democráticas Euskadi podría conseguir cualquier cosa que se propusiera. Y me lo creí. Muchos años. Sigo pensando que aquel no era el camino, pero ya no me creo la segunda parte de la ecuación. Hemos viajado tan hacia atrás en el tiempo que mis convicciones se debilitan. Y mira que hace años que me acompañan.
De tanto en tanto aún resuenan en mis oídos las palabras de Alfonso Guerra sobre cómo se cepillaron el Estatut de Catalunya simulando ser carpinteros. Éstas son las posibilidades que da el congreso de los diputados a cualquier iniciativa democrática de vascos o catalanes. Aquel Estatut fue presentado por su propio partido, a iniciativa de uno de los más grandes políticos que ha tenido la España de la transición y, aún así, aquel energúmeno presumió en público de habérselo “cepillado”.
Poco antes pasó por el mismo lugar Juan José Ibarretxe con su plan. A ése se lo cepillaron antes incluso de entrar en la comisión y Guerra presumió de ello con el mismo espíritu democrático. Tanto Ibarretxe como Maragall, ante la deriva centralista de los gobiernos españoles, fueron a Madrid con una propuesta bajo el brazo con la que atajar un problema que se intuía creciente. Uno socialista y el otro nacionalista moderado, pero ambos proponían soluciones similares: federalismo asimétrico o estado libre asociado. En mi adolescencia también me cansé de escuchar conceptos como comunidades de vía rápida, naciones y regiones, televisiones autonómicas que revitalizaran las lenguas propias perseguidas… Veinte años después escucho, como una letanía, que España no es un estado plurinacional, que todas las comunidades, históricas o no, son iguales, que por qué en los medios públicos autonómicos hay que hablar sólo la lengua autóctona… Hemos retrocedido tanto… Casi diez años después tenemos el parlamento vasco con una aplastante mayoría nacionalista y más de un millón de catalanes en la calle pidiendo la independencia. Grandes logros, España.
Desde entonces, los partidos que han gobernado en Madrid han ilegalizado otros partidos, han encarcelado, sine die, al líder de la pacificación de Euskadi, han recorrido España recogiendo firmas contra el ya aprobado Estatut de Catalunya, suprimiendo artículos que están vigentes en otras comunidades, han convertido el catalán de Aragón en Lapao e, incluso, una consejera  de Cultura de apellido “Catalá” ha tratado de obligar a los lingüistas valencianos a cambiar el nombre de su propio idioma. Se ha puesto de moda decir que en Cataluña se vive un clima de crispación y “violencia” latente, abundan las comparaciones con el genocidio nazi, se habla de una fractura social que casi nadie ve.
En el año 1994, la televisión pública española vetó la aparición de Quim Monzó en un programa dirigido por Fernando Trueba. Monzó, para mí uno de los mejores escritores de cuentos de la literatura mundial, fue a Madrid para que lo entrevistara el Gran Wyoming, le pagaron el hotel y le hicieron volver a casa. Cuando hablo con clientes u otros libreros del resto de España casi nadie sabe quién es. Hace una semana el Instituto Cervantes vetó la presentación de la excelente novela, escrita en castellano, de Albert Sánchez Piñol “Victus”. El autor fue hasta Holanda y la presentación programada desde hacía meses fue suspendida por motivos políticos. Recuerdo viejas polémicas en las que se oían quejas contra la Generalitat por fomentar en el extranjero sólo la literatura escrita en catalán. Según parece, el Instituto Cervantes ni siquiera fomenta la escrita en castellano si viene de un catalán.
Uno de nuestros cantantes más internacionales vio cómo se le suspendía un concierto junto a Manu Chao en Málaga. Lo más curioso resultó que a Manu Chao, francés, sí se le permitía actuar siempre y cuando no dejara subir al escenario a su compañero de gira, Fermin Muguruza, español a todos los efectos. Hace más de diez años que Muguruza no puede actuar en Madrid, a pesar de tener muchísimos seguidores. El año pasado uno de los más importantes artistas españoles de los últimos años (no lo digo yo, su legión de admiradores está plagada de nombres ilustres), Albert Pla, vio cómo le suspendían un concierto en Gijón porque había dicho que esta España le daba asco. Nadie tiene más derecho que Pla a decir una cosa así porque su enfrentamiento contra todo y contra todos ha sido de una coherencia intelectual envidiable. Porque ha cantado en catalán cuando pocos lo hacían y en castellano cuando le dio la gana. Y porque sí, porque esta España que prohíbe cantar da asco.
Hoy he quedado impresionado por las imágenes de la manifestación en Barcelona. Yo no he ido, por supuesto, pero tal ejercicio de civismo democrático debería resultar maravilloso para cualquiera que aprecie una reivindicación pacífica, por muy lejos que se encuentre de sus postulados políticos. Me ha irritado ver a Pernando Barrena en ella, diciendo que sentía envidia de lo bien montado que estaba aquello. ¿Envidia? ¿Cuántos muertos y sangre ha justificado hasta darse cuenta de esta “envidia”? Porque esos catalanes han hecho lo correcto. Han seguido el camino correcto que yo escuchaba de niño que debíamos seguir los vascos. Lo han hecho todo bien, la organización, la fiesta, la reivindicación. Todo bien. Y sin embargo, esta España que da asco va a mirar para otro lado; con todas las ganas del mundo de equivocarme.
En el año 1998 se publicó un libro que preveía esta situación y proponía soluciones al malbaratado Estado de las Autonomías. Ésta era la preferida del autor, transcribo: “el reconocimiento del hecho diferencial nacional como una realidad singular e infungible determinada por caracteres culturales, lingüísticos, jurídicos, etc. (…) De ello se derivarán unas competencias tanto más plenas cuanto más pleno sea el reconocimiento del hecho nacional diferencial. Así, la diferencia lingüística ha de proyectarse en campos tan distintos como la competencia exclusiva sobre educación, la cultura, la titularidad de medios de comunicación social y la competencia sobre su ordenación , la organización y procedimientos de los poderes públicos, la selección de personal funcionarial para su prestación, etc. (…)Las transferencias competenciales y de los correspondientes recursos económicos (…) debiera ser la consecuencia del previo reconocimiento conceptual, como Nación, del hecho diferencial y de su correspondiente entramado institucional. Ello permitiría que la calificación, las instituciones e incluso el acervo competencial de una Nación peculiar, como Cataluña o Euskadi, no tenga por qué ser generalizado cualquiera que sea la estructura del Estado global”.
El autor de aquel libro es un “padre” de la Constitución de 1978, nacido en Madrid y miembro fundador del Partido Popular. ¿Cómo puede ser que yo suscriba casi en su totalidad el contenido de un libro de este señor y sienta repelús ante la España que nos está tocando vivir?
Un beso.
R.