dimecres, 30 de gener del 2013

Globos

Querida M,
Los globos que se compran en las ferias son tristes. Tienen un éxtasis extraordinario cuando los enchufan a la bombona pero a partir de ese momento todo es decadencia.
Yo no recuerdo que me compraran nunca ninguno. Globos normales sí. Mi padre les hacía el nudo muy bien, con un habilidoso gesto de los dedos. A mí no me sale, me pasa como con los zapatos de cordones, hincho el globo, pero me lío tanto tratando de anudarlo que se me vuelve a escapar la mitad del aire.
El primer globo “flotante” que le compré a Unai era un Doraemon con expresión de haber perdido el bolsillo mágico. Los dos primeros días estuvo pegado al techo del comedor, pero pronto los pies le comenzaron a bajar. A los cuatro días ya nos lo encontrábamos a la altura de la cabeza hasta que, a la semana, como era verano y estaban las ventanas abiertas, caminaba como Perico por su casa a través del pasillo.
Decidí tirarlo a la basura el día que estaba preparando el desayuno a las siete de la mañana y un ruido, una extraña presencia a mi espalda, me dio un susto de muerte.
Tiempo después le compré a Unai otro globo de ese tipo, el último. Era un caballo feo hasta no poder ser más feo. Entendí que era ése el que quería porque lo señalaba con el dedo, pero no estoy seguro de la precisión de sus indicaciones. El caballo tuvo un declive aún menos digno que el Doraemon. Quizá era su forma, más delgado, pero no llegó a caminar nunca. Yació algún tiempo, agotado y decrépito, sobre el sofá y, como ya no había corrientes de aire que lo zarandearan, no se movió a sus anchas sobre el parqué.
Hasta que, como a los caballos heridos de las películas del oeste, llegó el momento de sacrificarlo.
Un beso.
R.

diumenge, 27 de gener del 2013

Jesús Manresa

Querida M,
Desde que nos abonamos al teatro de la ópera, unas butacas a nuestra izquierda, en la misma fila, se sentaba el escritor Jesús Manresa. Me hacía ilusión compartir las veladas operísticas con uno de mis novelistas preferidos; observaba sus movimientos y la expresión de su cara me servía de inspiración a la hora de formar mi propia opinión sobre el espectáculo.
Venía solo y no parecía tener amigos allí. Yo sabía que no era un hombre casado y también que casi nunca se publicaban fotografías suyas en los diarios, ni concedía entrevistas ni acudía a firmar ejemplares en las ferias de libros. Por eso sentía el pequeño orgullo de creer que nadie más en el teatro era consciente de su presencia. Quizá por todo esto nunca osé acercarme a él a presentarle mi admiración; no sólo sentía vergüenza, también temor.
Lo había conocido una ocasión en que fui a instalar unos ordenadores a la editorial que le publicaba los libros. Estaban decidiendo la portada de una novela que no tardé en comprar. Tampoco aquel día me atreví a decir nada, pero no me perdí ni uno solo de sus comentarios, siempre acertados. Tenía un rostro anodino pero plagado de múltiples marcas que trataba de disimular con una barba larga aunque poco poblada. Su rasgo más distintivo era un pelo rizado desorientado y parroquial remotamente similar al de los cantantes de eso que llaman música negra. Unas raras fotos que alguna vez publicó algún diario, ésa era la única forma de reconocerlo.
A raíz de aquella feliz coincidencia comencé a releer toda su obra e hice que la leyera mi mujer a la que, por fortuna, también parecía gustarle. Al principio para estar preparados ante la perspectiva  de un encuentro casual en el que pudiéramos charlar. Pero con el tiempo su obra se convirtió en mi predilección mayor, casi en mi única referencia. Me encantaba esa forma que tenía de integrar el vocabulario propio de su lugar de origen con el lenguaje literario estándar. Esa forma de convertir lo cotidiano en fantástico. Y sus cuentos breves, tan breves, y tan intensos, como aquél en el que todo un pueblo envenena los pensamientos de uno de los vecinos para que asesine a otro. O aquel de... Tanto da.
El hecho es que con el tiempo nunca llegó a producirse el deseado encuentro casual con el escritor. Nunca dimos con el momento adecuado ni con el valor suficiente. Y poco a poco dejamos de mirar hacia su asiento y prestábamos atención al escenario, la ópera comenzaba a gustarnos.  Nuestra obsesión por Jesús Manresa, como todas las obsesiones, no duró demasiado y pronto no fue más que una afición.
Hace tres veranos, durante las vacaciones, leímos la noticia de su muerte y nos arrepentimos de las ocasiones perdidas para saludarlo. En los obituarios se le reconocía como uno de los más importantes autores del siglo y se publicaron de nuevo las mismas fotos de siempre, las únicas. Y reconocíamos su rostro con la distancia que ya habíamos puesto entre él y nosotros hacía tiempo. Y al final, como se suele decir, a rey muerto, rey puesto, y tuvimos el divertido pensamiento de creer que su asiento quedaría vacío y que a nosotros nos correrían un poco más al centro.
La temporada siguiente comenzaba con “Las Bodas de Fígaro” y grande fue nuestra sorpresa al descubrir no sólo que conservábamos el asiento de la temporada anterior sino también que Jesús Manresa continuaba en su butaca, como cada año. Al verlo, mi esposa me miró como si la hubiera estado traicionando todos esos años. Aquel hombre no era Jesús Manresa y le habíamos dedicado muchas horas de nuestras vidas. Aquel hombre seguía allí, solo, sin hablar con nadie, pero de cuerpo presente.
Recuperé de un armario el pequeño mausoleo de información que había acumulado durante aquel tiempo buscando un argumento, un hermano, algo que explicara el extraordinario parecido entre nuestro compañero de fila y el escritor. Eran idénticos, no parecían tener familia, incluso, conservaba reseñas suyas en las que comentaba los mismos espectáculos que supuestamente habíamos visto juntos. El resto de la temporada transcurrió extravagante, intrigados, perdiéndole la atención a lo que sucedía sobre el escenario mientras mi esposa, que comprendía mi desasosiego, no dejaba de mirar hacia la izquierda.
En el descanso de la última representación de la temporada decidimos que la situación se nos hacía insostenible. El dinero que costaban nuestros abonos se nos escurría por los pliegues del misterio que rodeaba al doble de Jesús Manresa. Fuimos al salón que frecuentaba la mayor parte de la elite social que asistía al mismo espectáculo que nosotros. Con una copa de cava nos acercamos a él que, embebido en la lectura del programa de mano, no se percató de nuestra presencia.
Y equivocamos la pregunta. Pudimos darle una oportunidad y preguntarle si no le habían dicho alguna vez que tenía un extraordinario parecido con Jesús Manresa, y ofrecerle una salida digna. Pero no, en lugar de eso le preguntamos: “¿Es usted Jesús Manresa?” Y nos miró. Con un asombro tal que bien podrían habérsele caído los ojos al suelo. Y en medio de la incomodidad de la situación desapareció. Sí, no se fue, desapareció, no con un fogonazo de humo, como los magos, simplemente se desintegró. Nos giramos aturdidos y comprobamos cuatro o cinco miradas sobre nosotros de personas cuyas familias llevan varias generaciones asistiendo a aquel teatro. Miradas de desaprobación.
Nos fuimos sin ver el último acto y no hemos vuelto a asistir a ninguna ópera más, aunque sí recibimos la carta de que por fin estábamos un poco más centrados gracias a una vacante. De aquel suceso nunca vimos noticia alguna, ni siquiera nosotros fuimos capaces de decírselo a nadie. A ti sí, hoy, dos años después me decido a contártelo porque no hemos vuelto a ser las mismas personas y no sabemos cómo afrontarlo.
Un beso.
R.

dimecres, 23 de gener del 2013

Sostres, la abuela, FNAC y, por qué no, una gallina

Querida M,
Supongo que como se acerca el fin de los tiempos me he puesto nostálgico y sólo se me ocurren historias de librerías. Hace tiempo, mi colega David, representante de una distribuidora y cofundador de la Editorial Comanegra, me pidió permiso para incluir algunas historias de ésas que tanto le gustaban en un anecdotario de libreros que tenían intención de publicar. Le dije que no, que a mí en plan chascarrillo me hacía gracia explicarlas, pero que publicarlas no me parecía bien. Tiempo después le pillé con las manos en la masa, contando una, en la cena de despedida de Xavi, cuando dejó la distribuidora UDL.
Entre los libreros la pedantería no escasea. Y tampoco escasean aquellos que se creen por encima de algún tipo de media estándar. Cuando Joan de Sagarra humilló a un librero de FNAC en un artículo la noticia corrió como la pólvora y muchos la celebraron como un triunfo. A nadie le importó que aquel chaval fuera un refuerzo de vacaciones o que no le renovaran el contrato, lo más curioso era que la injusta queja de Sagarra se refería a una pregunta que no le habrían sabido contestar el 99 por ciento de los libreros de Barcelona, tirando bajo. Y es que Sagarra siempre confundió que FNAC fuera una librería de capital francés con que estuviera especializada en libros franceses.
El día de la inauguración de la reformada Catalònia invité a dos antiguos compañeros de FNAC, Laia y Carles, dos personas de alto voltaje intelectual. Tuvieron la desgracia de sentarse al lado de un , por entonces, responsable de Robafaves que explicaba a quien le quisiera escuchar que los de FNAC no eran libreros, sólo eran dependientes y todo lo que se pueda inferir de semejante pensamiento. Ése fue el momento que aproveché para presentarle a mis amigos, bellísimas personas con una conversación mucho más interesante que la suya.
Estuve en FNAC dos años. Cuando entré estábamos inmersos en nuestra primera polémica con un incipiente Salvador Sostres que ya daba muestras de su talento. La cosa más o menos fue así. Mi jefe, J., al pasar junto a la estantería donde estaban los cómics de Forges se percató de que eran unos ejemplares revenidos y ordenó que los retiraran con la intención de pedirlos nuevos (vano esfuerzo, aquellas ediciones de Aguilar habían dado más vueltas que el baúl de la Piquer y siempre llegaban en mal estado). El sistema de reposición de FNAC, cuando detectaba que de un libro había 0 ejemplares, generaba un pedido automático. Sostres debía de pasar por allí, algo escuchó y, en un ejercicio de periodismo sin careta, decidió inventarse una conversación por la cual él había pedido cómics de Forges, J. le había atendido y no sólo no los tenía sino que no sabía quién era. A J. no le dejaron desde la dirección de FNAC que tomara ninguna iniciativa personal y la cosa acabó con uno de los enésimos despidos de Sostres. Valga una pequeña aclaración: J. pertenecía a la organización del Salón del Cómic de Barcelona (pedía fiesta esos días para poder estar) y guarda como un tesoro un dibujo que le dedicó Forges cuando era chaval.
A Sostres, que yo recuerde, le atendí dos veces. La primera me pidió el “Curso de filosofía en seis horas y cuarto” de Gombrowicz. No lo pronunció muy bien, pero eso tampoco es grave, y me limité a dárselo. La segunda vez se presentó ante mí con un ejemplar del inclasificable libro “Bons Propòsits” de Joan Ollé y Joan Barril en las manos y me preguntó que dónde lo tenía colocado. Yo lo miré con cara de “si lo tienes en la mano, ¿por qué me preguntas?” y lo acompañé a la mesa de autoayuda y le di otro ejemplar. En un acto de peloterismo infantil (por aquel entonces Sostres colaboraba en el programa de radio de Joan Barril) me recriminó que ese libro estuviera en autoayuda, miré la contraportada y leí que era una colección de consejos para empezar el día y ser más feliz y le pregunté, como suelo hacer en estos casos, “¿dónde lo pondrías tú?” Y ahí titubeó unos segundos, no supo qué decir hasta que dio con la respuesta más estúpida posible: “Esto es poesía”, me dijo. Ya sabes que no tengo un gran concepto de la poesía moderna, pero tampoco tan bajo. Valga una segunda aclaración: ser un pelota tampoco le sirvió de mucho, Sostres también acabó despachado por Barril. Es un ejercicio extraordinario sobre la integridad personal leer las cosas que dice de él ahora.
En periodismo la miseria tiene muchos seguidores y, tras dejar El País o El Mundo, Sostres pronto encontró acomodo en el diario Avui. Por entonces publicó, en castellano, una novela de paso fugaz titulada “Lucía”. Es cierto que en la sección de literatura de FNAC la colocaron, como novedad, directamente en la estantería. Por la S, eso sí. No contento con esta situación, Sostres venía a FNAC acompañado de, creo, su omnipresente abuela, buscaban los libros y los colocaban tapando las novedades de otros autores. Digo su abuela porque era una mujer mayor y Sostres, a pesar de su aspecto, era joven entonces. Esto derivó en un nuevo encontronazo con el supuesto periodista que acabó en dos feroces artículos. Uno contra los libreros y otro, personal, contra la responsable del departamento de libros. Del de los libreros de FNAC recuerdo una hermosa frase en la que decía que lo más que habíamos leído en nuestra vida eran las instrucciones de la nevera (debo incluirme, él, con rigor, generalizaba).
Valga una última aclaración: el artículo personal contra la responsable de libros de FNAC era un insulto permanente y un ataque a su integridad indigno, no por parte del autor, sino por parte del medio que lo publicó. La miseria se esparce con facilidad y quien lo hace no pide perdón porque no tiene entrañas, si las tuviera, sabría lo que duelen.
Un beso.
R.
P.S. Por respeto a la intimidad no comentaré las consecuencias personales que tuvo aquel artículo. El Avui aún tardó años en desprenderse de Sostres, el círculo se cierra y ahora está en un lugar mucho más acorde con su estilo.

diumenge, 20 de gener del 2013

Lo irremediable

Querida M,
Decía Gómez de la Serna que lo más aristocrático que tiene la botella de champán es que no permite que vuelvas a colocarle el tapón.
Siempre me ha maravillado el inicio de “Por el camino de Swann”. Premonitorio. Proust en esas líneas ya te dice lo que te espera en el resto de páginas que te quedan por leer. Es un ejercicio casi eterno de narratividad sin límites. La descripción que hace del duermevela es sonrojante para todo aquél que cree que sabe escribir. Es lo perfecto, como todo lo que vendrá después, un proyecto que nos perseguirá durante una vida.
Duermo con un auricular en la oreja, escuchando la radio. Desde niño, quizá esto sea motivo de alguna otra historia, o quizá la he contado ya. Por eso pienso que no sueño, o mejor, que no recuerdo los sueños. Por eso pienso que, en realidad, lo único que hago es crear un mundo a medio soñar, mezcla de historias radiofónicas y la navegación placentera de mis neuronas en pausa.
Por eso, también quizá (uno nunca está seguro de nada), desprecio el surrealismo. Por una mezcla de envidia y descortesía propia de aquél que no disfruta de las mismas ventajas que los soñadores de verdad. A veces, antes de abrir los ojos, regateo con historias fabulosas propias de mi mejor lucidez pero al despertarme trato de retenerlas, miro a mi alrededor y mi cerebro comienza a funcionar a toda velocidad tratando de averiguar qué toca hacer en ese momento y, cuando quiero darme cuenta, todo lo anterior se ha evaporado a través de los huesos de mi cráneo.
Hace unos días retuve un sueño. Y me pareció un hecho fascinante. Hacía varios años del último y parecía sin contaminar. El auricular se había desprendido de mi oído y no hallé noticias en toda aquella mañana que pudieran relacionarse con lo soñado. Y me encanté. Pensé que se abriría un nuevo horizonte, pero no ha vuelto a suceder. Traté de retenerlo y lo logré, por una vez entre mil. No creo, por supuesto, en los valores predictivos de los sueños, pero sí en sus porqués, quizá tú puedas ayudarme.
Soñé que visitaba mi casa la presidenta de Irán, acompañada por su madre. No tengo imagen de su madre, pero ella era hermosa, claro. Respondía a los rasgos tradicionales que creemos que tienen los persas y tenía un pelo largo y liso, con el flequillo recto. Se sentaron en mi sofá y les ofrecí tomar algo. Ella me pidió una infusión y su madre un café. Aquí llega el primer punto curioso de mi sueño: no las recibía en el comedor de mi casa, sino en el comedor del piso familiar, en Vitoria y, sobre todo, no las recibía en el comedor actual, sino en la disposición del comedor de cuando aún iba al instituto, al revés de como está ahora. Con el viejo e incómodo sofá, la televisión en blanco y negro sin canales en una esquina y la ventana de la terraza aún abierta.
Cuando regresaba con las bebidas, servía primero a la anciana y después acercaba la infusión a la presidenta al tiempo que la besaba en el pelo a la altura de la coronilla, éste es el segundo punto que me intriga. Después, la madre me comentaba su pasión por Pablo Milanés y yo, dispuesto, le ponía música y sonaba la canción “Yolanda”, como después esa mañana, contigo. En ese momento la anciana trataba de acercarse la tacita a la boca y no acertaba con el agujero y derramaba todo el café a lo largo de su cara. Y ahí sonó mi despertador o, simplemente, ahí acabó todo
Cuando los sueños se evaporan se produce lo irremediable. Puedes manosear el aire cuanto quieras que no regresan. Como las botellas de champán del gran Ramón, no recobran su forma. Como los mails enviados con una falta de ortografía, no puedes bajar al buzón y meter la mano para alcanzar la carta y recuperarla. Como un sms de destinatario equivocado, qué vergüenza.
Un beso.
R.

dimecres, 16 de gener del 2013

Montserrat de Comelade

Querida M,
A mediados del siglo XVI, se atribuyó a la monja clarisa Montserrat de Comelade una novela que bien podría haber pasado a la historia como precursora de lo que hoy conocemos como ciencia ficción. Por desgracia, no se ha conservado ningún ejemplar del texto y del convento al que perteneció ubicado supuestamente a pocos kilómetros de Vic, tampoco se conserva ninguna documentación.
La historia de Montserrat de Comelade ha llegado hasta nuestros días gracias al conde croata Nicolás Zrínyi, héroe local de la lucha contra los turcos en aquella época. Las peripecias de la monja son documentadas en diversos textos referidos al conde, mediocres novelas históricas sobre su vida y diversos diarios escritos por personas que habitaron en su corte. El historiador Duje Bratovich se obsesionó con el personaje y fue el encargado de recopilar toda la información a principios del siglo XX.
Según los pocos datos que salieron a la luz, Montserrat de Comelade ingresó en el convento huyendo de su familia con un niño en brazos. El convento desapareció atacado por una extraña epidemia en la que murieron todos sus moradores excepto Montserrat, que se encerró en su celda a escribir lo que estaba aconteciendo. Su adicción al licor de matalahúva hizo el resto. Muerta, entre suciedad y vómitos, de ella nunca más se supo.
El conde Nicolás Zrínyi estaba casado con una noble catalana de nombre Matilde Benach y en ella está el origen de toda esta historia. Matilde tuvo un desliz romántico con un general del ejército de su marido de nombre Branimir Pavletich y el romance acabó de mala manera. Branimir se sentía cercado por Matilde, veía su cabeza peligrar y la rechazó. Fue así como la condesa comenzó a urdir su venganza.
Matilde acudió compungida al conde a comunicarle que no soportaba más el acoso de Branimir, al que conoció junto a su marido en un viaje que hicieron ambos por España, aprovechando que el general conocía el idioma castellano. Branimir tenía fama de conquistador y la idea no le pareció descabellada al conde, que montó en cólera. Matilde trató de tranquilizarlo y le pidió que obrara con prudencia aunque, para demostrarle a su marido la falta de escrúpulos eróticos del general, le enseñó el diario de la monja Montserrat de Comelade, con la que Branimir podría haber mantenido relaciones poco consentidas durante su estancia en Catalunya. Se supone que Branimir lo robó porque en él se relatarían detalles de su culpa.
El conde Zrínyi era un gran hombre de guerra pero poco letrado y siempre había tenido envidia de los conocimientos de Branimir. Lo llamó a consulta y, en presencia de su esposa, le hizo saber que había recibido multitud de quejas por su comportamiento sexual, poniendo como ejemplo la triste historia de Montserrat de Comelade. Ante la cara de estupor del general, el conde le mostró el diario de la monja española como prueba. Viendo el rostro de Matilde, Branimir pareció comprender que se estaba gestando una venganza, cogió el diario como reconociéndolo y le propuso al conde una fórmula que mostrara su inocencia. Él mismo en persona traduciría el texto al croata para que el conde pudiera leerlo y, con el beneplácito de Matilde, se demostraría que jamás hizo nada malo a Montserrat. Todos estuvieron de acuerdo y se emplazaron para dos semanas después.
Grande fue la sorpresa de Branimir Pavletich al sentarse, abrir el diario y descubrir que estaba escrito en catalán. Y entonces comprendió la sonrisa de Matilde al aceptar el trato. No comprendía una palabra, todas aquellas páginas le resultaban ininteligibles así que, respetando el tamaño de los párrafos y reutilizando algunas palabras obvias comenzó la redacción de la novela de la vida de Montserrat de Comelade, que salvó su vida de una epidemia gracias a un ingenioso sistema de lentes inventado por ella con el que consiguió descubrir la causa de la enfermedad. Si bien, la soledad y la pérdida de su hijo la llevó a morir alcoholizada.
La trepidante historia de la monja fascinó al conde que, piadoso como era, se identificó con ella de tal forma que se hizo enterrar con la traducción croata del texto entre sus manos. Nicolás Zrínyi enfermó de gravedad poco después de la lectura y eso le impidió llevar a cabo los experimentos necesarios para construir un microscopio similar al diseñado por la monja, años antes del primer intento de Galileo. Lo que sí pudo hacer fue perdonar a Branimir y allanar el camino para la reconciliación de éste con Matilde.
Supe de esta historia a través de un huraño estudiante de Erasmus croata nieto del historiador Duje Bratovich. Se llamaba Darko, tuvo problemas de integración y decidió volver a su país que vivía, por aquellos años, momentos convulsos. El día antes de irse me contó acerca de las investigaciones de su abuelo y me enseñó el diario original de Montserrat de Comelade que llevaba siempre encima, como un tesoro. Había venido con la intención de aprender catalán y volver a traducirlo porque su abuelo, que sí conocía el idioma, nunca quiso hacerlo. Tomé aquel maravilloso libro entre mis manos y pensé que su traducción podría ser un hecho extraordinario. Tuve que disimular mi desilusión para no transmitírsela a él. Cuando vi que se trataba de una versión manuscrita del “Llibre dels fets” de Jaume I le dije que, efectivamente, aquello tenía mucho valor. Que lo guardara para él y para sus nietos. Y que no removiera la historia.
Un beso.
R.

dilluns, 14 de gener del 2013

Espinas clavadas

Querida M,
Hay problemas de clasificación que se reproducen en todas las librerías, resolviéndolos cada uno a su manera sin que una sea más correcta que otra. He visto los mismos libros de Kapuscinski en secciones de comunicación, antropología, viajes o política, a Chejov unido o separado de sí mismo porque en castellano comienza con C y en catalán con T. He visto a Castaneda en antropología y colecciones elitistas en bolsillo. Otro problema habitual consiste en decidir dónde van las traducciones castellanas de libros escritos en gallego, catalán o euskara. He trabajado en tres modelos distintos de librería y en los tres resolvimos el tema de forma distinta.
Hace ya muchos años tenía esas traducciones en las estanterías de literatura española porque la rotulación de las traducciones decía “literatura extranjera” y admitía suspicacias y porque, todo hay que decirlo, no eran muchos libros y la mayoría estaban publicados por Anagrama o Ediciones B en sus colecciones de literatura hispánica. Una tarde, poco antes de cerrar, entró un cliente más o menos habitual con un amigo al que se ve que le quería recomendar un libro. Estuvo buscando un rato hasta que lo encontró, era el Obabakoak de Bernardo Atxaga publicado por Ediciones B en su colección Ficcionario.
Le enseñó el libro a su amigo y al momento giró hacia mí y me llamó. Me acerqué y me preguntó por qué una traducción del euskara estaba como literatura española. En condiciones normales me habría parecido un tema interesante de conversación, pero siempre me ha molestado que los clientes me digan cómo y dónde tengo que colocar los libros (eso no sólo me pasa a mí, ya lo sabes), así que le contesté en tono condescendiente que la colección que lo publicaba era de literatura española. Él, delante de su amigo, insistió en que era literatura vasca y no española y yo le dije que tampoco era literatura extranjera y que no tenía sección de literatura vasca y que (entonces me puse aún un poco más pedante), en el caso de ese libro en particular, el mismo Atxaga había reconocido que lo había reescrito en castellano, como si no fuera una traducción.
La cosa acabó ahí. Después, como siempre M., me venció el sentimiento de culpa y me arrepentí del trato injusto que le di. Pensé que la siguiente vez que viniera me acercaría a disculparme y a darle las mismas explicaciones pero de otra manera. Aquel hombre que defendía la particularidad de la literatura vasca en una librería de Barcelona había sido educado en sus apreciaciones y sólo mi mala leche del instante enturbió la conversación. No tuve oportunidad. Aquel cliente, más o menos habitual, era Ernest Lluch y fue asesinado una semana después.
Años más tarde trabé amistad con un amigo de uno de los encarcelados por aquel asesinato. Pero esa es otra historia, otro drama, para otra ocasión, quizás para nunca.
Un beso.
R.
P.S. Corrigiendo este texto me vi a mí mismo llorando en el sofá el día que asesinaron a Fernando Buesa. Como tantos otros de mi generación había odiado a Fernando Buesa mucho tiempo, a lo que representaba dentro de su partido, y había aprendido a odiarlo porque no es justo decir que me lo enseñaron. Viendo su cadáver en el suelo me preguntaba cuánto había contribuido mi odio y el de otros muchos a matarlo. Y por muy ínfimo que fuera el porcentaje me cuesta asimilarlo.

divendres, 11 de gener del 2013

El traductor gandul

Querida M,
Hay quien se toma un trabajo extraordinario en demostrar su holgazanería. Personas que se pasan la vida urdiendo planes con los que ahorrarse esfuerzos. Conocí a un tipo así, hace muchos años, en uno de mis últimos viajes. Ayer me enteré por el diario de que había sido ejecutado. Sólo ponía sus iniciales, no sé por qué, aún así supe de inmediato que era él. Trato de recordar su nombre, pero no lo consigo.
Nos conocimos en unas jornadas internacionales sobre traducción. Yo estaba allí de acompañante y no me interesaban demasiado las conferencias, además de no entender a la mayoría de los conferenciantes. Me lo encontré en el bar y me dijo que a él tampoco le interesaban, que estaba allí porque le habían obligado. Le pregunté a qué se dedicaba y me contestó que era traductor, y me contó su historia.
Me explicó que en su país, después de la revolución, todos los jóvenes pasaban un test de aptitud, para saber a qué debían dedicarse. Él rellenó los formularios, hizo las pruebas y el psicólogo del régimen imprimió una hoja con los resultados que le había dado el software: sería traductor. Él había aprendido nuestro idioma con una institutriz que le educó cuando niño, no le había costado ningún trabajo, así que pensaba que lo que en verdad habían detectado las pruebas era su irrefrenable tendencia a la vagancia. La máquina, creía él, debió de concluir que al saber otro idioma y no aparentar ganas de trabajar, lo mejor era dedicarle a la tarea que más sencilla podría resultarle. Y era así como había acabado en aquellas jornadas.
Le comenté que, de todas formas, bien podría aprender alguna cosa útil con las charlas y me miró con estupor, “¿yo?”, me dijo, “si casi todo lo hago con la traducción automática”. Me explicó que los primeros meses de su profesión los había dedicado al diseño de un programa que le permitiera crear traducciones automáticas, memorizando frases completas con su respectiva versión al otro idioma. Yo le dije que ésa era una tarea complejísima y que le habría dado más trabajo que si hiciera las traducciones a pelo. Y él se rio. Puede que al principio sí, me dijo, pero el truco del programa era que estaba diseñado para ser compartido con todos los traductores de su país, que todos podían ir añadiendo sus frases a la base de datos y que no tardó en aprovecharse de las aportaciones de los demás.
Entramos así en una discusión que podría haber sido interesante de no ser por su desidia. Yo insistía en que aún así convenía repasar los textos. Y él que no, que ya casi todo lo resolvía con el corta-pega del programa, que casi todas sus traducciones eran mecánicas, de manuales o textos legales y que, por muy romántico que me pareciera a mí, nunca aspiró a un reconocimiento especial por su tarea. Su sonrisa me irritaba.
¿Y la poesía? ¿Y algún hermoso texto literario? Bebió un sorbo más. “¿Poesía?” Volvió a reír. “Una vez tuve que traducir un libro de poesía”. Ahí le vino un recuerdo especial a la mente porque soltó una carcajada. “Me ha caído usted bien, le contaré un secreto”, se acercó hacía mi cara sin separar el codo de la barra. “Traduje un libro de poesía y no entendí nada. Mi programa no servía porque ninguna de aquellas frases estaba en su memoria. Me costó más aquella porquería minúscula que treinta manuales de electrodomésticos. Y no piense que me esforcé, me limitaba a trascribir las frases de un idioma a otro sin ninguna gracia pero…” Se detuvo un segundo. “Limpiarás las letrinas de la noche, arrastrando la lengua por sus cauces. Ja, ja, ja, aún me acuerdo. Ya me dirá usted qué es eso. Tan harto acabé de aquel libro que cambié esa frase por: hallarás la muerte esta noche, arrastrando la lengua por sus cauces. Y grabé la frase en mi programa y me quedé tan ancho. Nadie se dio cuenta, no crea, nadie se quejó supongo que porque nadie leyó aquel libro”.
La discusión se arrastraba  a falta de nada mejor que hacer. No tenía mucho sentido debatir con un hombre que tenía tan clara su indolencia. Le comenté que si había repetido muchas veces esa operación el programa sería un desastre pero me contestó que no, que sólo aquella vez y porque era una frase absurda difícil de repetir, que había cambiado muchas traducciones por el mero hecho de divertirse, pero que nunca las había grabado como buenas y no habían pasado al sistema.
Me ofreció invitarme a otra bebida. Él tenía prohibido tomar alcohol y lo cierto es que lo habría preferido borracho. Le habría encontrado más sentido a su actitud. Decliné su invitación y preferí asistir a una conferencia sobre oraciones de relativo.
El diario explicaba que el traductor M. L. había sido detenido acusado de falsear traducciones a sabiendas. Una denuncia anónima había puesto al estado tras la pista del súbdito traidor. La burocracia no tolera que le tomen el pelo, así que pusieron a numerosos profesionales a repasar las últimas traducciones de ese hombre y detectaron multitud de bromas absurdas, cambios de significado y veladas ofensas al buen gusto.
Al principio se ve que la cosa no pasaría de un tirón de orejas, un cambio de profesión y una pequeña degradación social. Todo se complicó cuando una organización defensora de los derechos humanos tomó a M. L. como ejemplo de la brutal represión de su gobierno. Habían encarcelado a un representante de la cultura por saltarse algunas normas morales de su país. Nuestro gobierno se vio involucrado y comenzó una campaña por la liberación del traductor gandul al tiempo que su gobierno lo interpretó como una intromisión y endureció las condiciones de su confinamiento.
Tras varias semanas de ataques verbales y reuniones diplomáticas clandestinas, el mundo moderno y aquel gobierno enfurecido llegaron a un acuerdo que satisfizo los egos de todos los participantes: se juzgaría al traductor según las leyes de su país, pero se le aplicaría la pena del libro de castigos del nuestro, a todas luces más civilizado y con más posibilidades de salir indemne.
Como no podía ser de otra manera, a M. L. se le declaró culpable de traición al gremio al que pertenecía. El juez, ataviado de forma fantasmagórica, cogió un ejemplar del libro de castigos para traidores gremiales que se aplica en nuestro país, introdujo su dedo índice entre las páginas, lo abrió al azar y con una sonrisa entre sorprendida y malévola leyó: hallarás la muerte esta noche.
Mil besos, que están los tiempos muy malos.
R.

dijous, 10 de gener del 2013

Pablo Nieto, editor de diccionarios

Querida M,
El primer día que vi a Pablo Nieto me pareció un personaje salido de una novela de Pérez Reverte o Ruiz Zafón. Uno de esos tipos que nunca sabes a qué bando pertenece y acaba muriendo hacia la mitad del texto, justo cuando empiezas a simpatizar con él. Pequeño, con bigote, calvo bajo una gorra de otra época y llevando un misterioso maletín de contenido preocupante. Yo nunca antes había llevado una sección de diccionarios así que lo primero que pensé es que me estaba tomando el pelo. Que si podía repasar el fondo, me dijo, que por si me faltaba algo. Poco tiempo después me preguntó si conocía a alguien que hablara coreano.
Pablo hacía diccionarios. A mano. A pelo. Buscaba idiomas en los que no se hubiera fijado nadie antes y hacía un diccionario. Lo maquetaba, lo imprimía con un procesador de textos, lo recortaba y lo pegaba, le ponía unas tapas de un color diferente a cada modelo y lo forraba como si fuera un libro de texto. En su página web especifica, “aunque se vea forrado a mano con el plástico vuelto, no son de segunda mano, sino auténticos”. Esta frase genial muestra que era al mismo tiempo tan meticuloso como un poco chapucero.
Cuando nos conocimos él sabía de mi afición por la piratería y estaba enfadado porque le habían plagiado su diccionario de rumano. Era su superventas gracias a la enorme inmigración de ese país y una distribuidora que no nombraré había comenzado servir  un diccionario copiado del suyo. ¿Cómo puedes saber que te lo han copiado?, le pregunté, y me dijo que porque habían copiado su primera versión y tenía los mismos errores. Él ya reconocía que no tenía ni idea de rumano y él también había copiado su diccionario de otros extranjeros, pero que no era lo mismo, que lo suyo era artesanal y al menos se tomaba la molestia de corregirlo.
Cuando se reeditó el diccionario de rumano de Sopena la cosa cambió, y el best-seller de Pablo pasó a ser cualquiera de sus modelos de urdú. Por los mismos motivos. El bengalí o el indonesio nunca tuvieron la misma salida. Yo siempre me preguntaba si detrás de ese diccionario estaban las palabras correctas, pero los pakistaníes que lo compraban se iban contentos y se lo recomendaban unos a otros. Por aquella época andaba el hombre enfrascado con el coreano, que le costaba mucho, que no entendía la gramática y le resultaba imposible saber cómo coño se ordenaba alfabéticamente.
Poco antes de que me tocara dejar la sección de diccionarios estuvo un tiempo sin venir. No llegaban las reposiciones de las ventas en su maletín y no acabábamos de saber nada de él. Un día apareció de repente, me felicitó por el nacimiento de Unai y me ilustró con un refranillo serbio sobre la paternidad (refranillo que luego me repitió cada día que volvimos a vernos). Cuando le dije que los pakistaníes estaban desesperados por la escasez de vocabularios me dijo que había estado enfermo, asma, creo, y que con la cola de pegar los diccionarios se ahogaba. Y ese día entendí su verdadera dimensión. Me dijo que traía algo, pero que las reposiciones las iría haciendo poco a poco. Le sugerí que en un caso así probara con una imprenta y eso sí que no, ¿qué sentido tenía? Que lo hizo una vez y le salía muy caro, como si con lo que hacía ganara dinero.
Sorprendido por la enorme demanda del urdú, trató de mejorar el producto y me presentó una novedad, el acolchado. Así pegados, con cola, los diccionarios acababan perdiendo las hojas, por eso ideó un sistema de cámara de aire que les daba más flexibilidad. Él me preguntaba que qué precio podía ponerle, ¿20 euros? Y yo qué sé Pablo, si sólo está el tuyo, puedes cobrar lo que te dé la gana. Pero claro, más de 20 euros es demasiado… Cuando volví a la literatura le fui perdiendo la pista. Se acercaba por mi mostrador, sonreía, me enseñaba el maletín en plan traigo material, me repetía el proverbio, charlaba con los clientes a la caza de alguna información que le pudiera servir.
Hasta que un día llegó y nos dijo que había tenido un cáncer. Pablo era irreal, no parecía un ser de este tiempo y, aunque lo teníamos delante, nos resultaba difícil creérnoslo. Allí estaba, tan tranquilo, explicando aquello de que, como Azarías, se lavaba las manos con la orina o lo del ovni que vio y trató de documentar como pudo en internet con unas dosis de surrealismo que no llaman a la locura, sólo enternecen. Sí, allí estaba, tan normal, y a la vez un espectro que en cualquier momento podría desaparecer.
Hace un mes me enteré de que había muerto, un año antes, y yo pensando que lo había seguido viendo todos estos meses.
Mecachis.
Un beso.
R.
P.S. Quizá me sirva de consuelo ver que sólo hay dos condolencias del mundo del libro en la página web de su esquela. No el hecho de que haya dos, puede haber habido muchas más de otra forma, sino el hecho de que habiendo muerto Pablo en diciembre de 2011, las condolencias de su distribuidora en Madrid son de marzo.

dimarts, 8 de gener del 2013

El signo de los tiempos y la librería Catalònia

Querida M,
Hoy hemos sentado a Roger en un banco y hemos comenzado a abanicarlo antes de decirle que en lugar de la librería Catalònia, dentro de poco, habría un McDonalds. Después le he acariciado la cabeza y le he dado un beso en la calva, me ha parecido lo más oportuno. De todos los representantes de libros que recorren las librerías de Barcelona estaba claro que él iba a ser el más afectado. Tenía los ojos vidriosos de quien cree que este mundo no es el correcto. La que lo abanicaba era Robin, bueno, no se llama así, creo que yo soy el único que la llama así. A los dos los conocí a la vez, hace casi veinte años y todos estábamos en lugares distintos a hoy, en otras estanterías, otras editoriales, todos olíamos a libros distintos entonces.
A mí lo del McDonalds no me molesta tanto. Cuando las cosas han ido mal ha sido una broma recurrente usar los inútiles micrófonos que nos pusieron para llamarnos por megafonía como simulacro de un pedido de hamburguesas. Quien crea en la predestinación lo tiene a huevo. A mí me parece una hermosa metáfora de los tiempos que corren; si los tiempos son asquerosos, al menos las metáforas deben ser hermosas. A Roger le he dicho que merecía la pena cerrar si con eso me ahorraba sus collejas, que más de una vez me han dejado temblando, es tan fácil hacerle reír.
En aquellos tiempos en que Robin era Robin y yo ordenaba otras estanterías, solía salir cada tarde a comprar una merienda al colmado Quílez. Allí casi siempre tenían de oferta cualquier tipo de bollería o chocolate en vísperas de caducar y eso contribuyó sobremanera al ensanchamiento de mi compañera Nuri. Para alguien como yo, foráneo, aquel colmado suponía un universo paralelo, supongo que a eso se refieren los intelectuales que dicen que Barcelona se está volviendo provinciana, a esos comercios regentados por tipos vestidos con batas azules que te atienden (no esperes continuación a esta frase, acaba así, que te atienden). Y bien, si lo dice un premio Nobel debe de tener razón, las cadenas de comida rápida o las multinacionales de ropa son más cosmopolitas y rotulan como les sale de las narices.
Hace mucho que no piso el Quílez y sus fascinantes estanterías llenas de productos que no se ven en ningún otro lugar; desde que me pilla a desmano. Hoy, al salir de la saturación de llamadas telefónicas y pésames, he ido a comerme un bocadillo a la Taberna de la Ronda, otro lugar extraño, hay camareros (y esta frase también acaba aquí).
Un beso.
R.
P.S. No suelo subir textos improvisados, ya lo sabes, pero después de una semana rumiando cómo afrontar esta historia, he perdido la primicia, la novedad, y casi las ganas, esto es lo que hay, hoy.
Otro beso, M, un día como éste merece la pena repetir.

dilluns, 7 de gener del 2013

Clarence Williamson

Querida M,
Cada tarde, C. L.  Williamson esperaba al sexto tañido de la campana de la iglesia y dejaba de trabajar en ese preciso instante. No era C. L. hombre de ponerse la chaqueta y largarse dejando la tronzadora incrustada en un tronco de trijón. Se trataba, más bien, de un juego que jugaba consigo mismo. Media hora antes de las seis su mente dirigía todos sus esfuerzos al objetivo de dejar las cosas listas y en perfecto orden para el momento en que la campana comenzara a sonar. Y algunas veces le gustaba perder, y reconocerse en el perdedor a quien se le han quedado las herramientas esparcidas por el suelo.
Un par de días a la semana C. L. se dejaba caer por la hamburguesería Creeds y hacía un poco de vida social. Los Creeds alimentaban a la población de Bettendorf desde un tiempo que ningún ciudadano actual podría recordar. Corría ahora el rumor de que el futuro del negocio peligraba por una descendencia poco dispuesta. C. L. se sentaba siempre en una mesa del centro del comedor y aprovechaba para comentar a los clientes que pasaban por allí cómo iban sus encargos pendientes y para pactar futuros trabajos con aquéllos a quienes les costaba acercarse a la carpintería. También eran los únicos días que no tenía que prepararse la cena.
Aquella tarde la hamburguesería estaba a pleno rendimiento. El humo y el vapor generaban un delicado ambiente de embriaguez y los últimos en entrar fueron Stuart y su hermana Maggie Cooper. Por un momento pareció que la música había dejado de sonar, aunque en realidad esos segundos sólo se detuvo el murmullo de las voces y la música de la máquina de discos era lo único que se escuchaba. Se sentaron dos mesas más allá de C. L. y le dirigieron un tímido saludo al pasar. Al rato, el carpintero se levantó con su jarra de cerveza en la mano y, más jovial que de costumbre, se acercó a ellos para preguntarle a Maggie si le gustaba la cómoda que le acababa de hacer. Y ella, mirando hacia otro lado, le contestó que sí, y el murmullo volvió a callar, y volvió a sonar, porque sólo C. L. Williamson desconocía el embarazo de Maggie.
Se había convertido en costumbre que Stuart se emborrachara al poco tiempo de entrar y que, en el momento en que comenzaba a ponerse irascible, el sheriff tuviera que ponerlo de patitas en la calle. Maggie lo seguía cabizbaja, acompañando a su hermano como si se tratara de un marido engañado. El sheriff le soltaba un rapapolvo a la puerta del local y lo mandaba para casa. Stuart bebía hasta que no podía concentrase en las miradas de los demás hombres del comedor, escudriñando entre sus cejas buscando culpables.
Cuando la barriga de Maggie fue difícil de disimular, Stuart pasó de arrastrarla por las calles a dejarla en casa ocultando su vergüenza. Las cosas se fueron acomodando y Stuart aguantaba unas horas más en los Creeds antes de caer. No daba por imposible hallar al amante de su hermana, pero se le acababan las líneas de investigación. Hasta que un día C. L. volvió a sentirse jovial y decidió acercarse a él para preguntarle por la continuada ausencia de Maggie, por su salud, por si le pasaba algo. Y el murmullo volvió a silenciarse y todas las miradas apuntaron al carpintero y Stuart leyó en ellas la frase “ahí tienes a tu hombre”. Y su mente recobró un antiguo vigor y comenzó a unir unos hilos cada vez más gruesos. Pero… ¿C. L.?
Cuando el sopor comenzó a dibujarse en la cara de Stuart, el sheriff lo aompañó de nuevo a la calle. “No hagas ninguna tontería Stuart”, “sabes que todos estamos contigo”. Pero a partir de ese día la mente del mayor de los Cooper no tenía pensamientos para nada más. Las frases se agolpaban en su cabeza y el resto de la gente parecía decírselas con los labios cerrados. Como Maggie, C. L. Williamson es un solitario. Nadie le conoce amoríos. No tiene amigos. ¿Qué hace a partir de las seis? Maggie asistía a este proceso de enajenación sin dejar de engordar, sin mediar más palabras con su hermano que las precisas para sobrevivir. Y un día, pasaba Stuart los dedos por la cómoda que C. L.  había instalado en la habitación de Maggie y notó en ella las formas de un grabado. Se agachó para mirarlo de cerca y era un corazón.
Por fin, llegó el momento en que Stuart Cooper se comió una hamburguesa acompañada de un refresco. El murmullo de esa tarde era más tenue y los parroquianos presentes aprovechaban la ausencia de C. L. para lanzar sus miradas más elocuentes. Debía mantener la cabeza fría porque había llegado el día en que todo debía aclararse. Cuando el sheriff, al irse, pasó por su lado, aprovechó para repetirle que todos estaban con él, y eso lo espoleó. Permaneció en el local un rato más e hizo bromas con sus viejos amigos. Se levantó, se puso el sombrero y salió hacia la casa de C. L. Williamson.
No se veía luz dentro. Aplastó la nariz contra la puerta y miró a su alrededor. Estaba sereno y liberado como hacía tanto que no se sentía… Respiró. Todo su sufrimiento estaba a punto de terminar. Hablaría con él. Le sacaría la verdad y le pediría responsabilidades. En el fondo, C. L. era un buen hombre. Parecía como si de repente la bruma que lo había envuelto durante semanas se hubiera disuelto; ya no estaba allí. Hizo sonar la campanilla y se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Entró y buscó un interruptor para encender la luz mientras preguntaba con cierta timidez “¿Clarence, estás aquí?”. Aprovechando la poca claridad que entraba desde la calle trató de avanzar por el recibidor, pero no pudo. Sus pies chocaron contra el cuerpo ensangrentado del carpintero y cayó sobre él. Gritó. Se incorporó y trató de reanimar el cadáver moviéndolo cogido por los hombros. Hasta que unas potentes luces y las voces del sheriff y sus ayudantes completaron su desconcierto: “levanta las manos, Stuart”.
Un beso.
R.

dijous, 3 de gener del 2013

Ispahán y la propiedad intelectual


Querida M,
Corretea por la red un poema de Borges que la gente se envía en un acto de amorosa complicidad. Es un texto de ésos, como los que se incluyen en los powerpoints románticos acompañados de música dulce que genera recuerdos. Habla de la amistad, de la vida, del amor, de besos y regalos. Y muchas de las personas que lo reciben quedan satisfechas por la dosis de hermoso cariño recibida y el poema actúa como un libro de autoayuda ideal para momentos delicados.
Y entonces, como diría el poema, uno se pregunta si la realidad merece la pena. Si no es mejor quedarse con la satisfacción del engaño, si saber demasiado puede ser perjudicial y convertirte en un James Steward perseguido. Y no tengo respuesta, sólo sé que soy así y que la primera vez que leí ese poema me quedé horrorizado por lo mal escrito que está, con la certeza de que no es de Borges. Investigando, leí que en un homenaje a Leopoldo Lugones, el anfitrión lo consideró apropiado para la ocasión  y lo leyó ante María Kodama atribuyéndolo a su marido, y a la pobre casi le dio un pasmo.
Ya son muchas las variantes que se pueden encontrar de ese texto, cada vez con peores resultados pero, según parece, el poema en cuestión es una traducción del inglés de una escritora cristiana llamada Veronica Shoffstall. El poema quiere cumplir su función de entrelazar un poquito más, si cabe, los lazos de una amistad. Si lo logra, bienvenido sea.
En su antología de cuentos breves, el mismo Borges recoge un célebre relato que cuenta la historia del criado (o jardinero, según versiones) que se cruza con la muerte y marcha a Ispahán (o la India) para huir de ella. Borges lo toma de una obra de Cocteau titulada “La gran separación”. Es ese texto el que utiliza Atxaga para recrearlo en “Obabakoak” y reescribirlo después con un final diferente en el que el criado salva la vida. Atxaga no dice de quién lo tomó así que, hurgando, descubres que el mismo relato tiene decenas de traducciones y múltiples posibles autores, entre ellos, el mismísimo García Márquez, que lo adaptó como parte de un taller literario.
Resulta que ese relato es muy conocido en Holanda por una versión en verso y se memoriza en los colegios o se usa como leyenda para placas o tarjetas. El supuesto autor del poema es un tal Pieter van Eyck que, ya en su día, se lo había copiado a Cocteau. El hecho es que la misma historia se puede encontrar en antologías de obras sufíes e incluso hay quien asegura haberlo leído en “Las mil y una noches”. Pero ahí no está, aunque haya pasajes con alguna similitud. Hallé incluso un análisis de “Las mil y una noches” en el que se ponía este relato como ejemplo de la obra.
Las fuentes más fiables lo consideran un relato clásico de la literatura medieval judía o musulmana y es muy posible que su enorme popularización se deba a estar incluido en la obra más importante del filósofo sufí Rumi, en una versión ya muy cercana a la que conocemos ahora. Lo de verdad curioso es que, al final, esa historia sirva tanto para la mentalidad de un holandés como para la de un seguidor del islam.
Un beso.
R.