diumenge, 27 de gener del 2013

Jesús Manresa

Querida M,
Desde que nos abonamos al teatro de la ópera, unas butacas a nuestra izquierda, en la misma fila, se sentaba el escritor Jesús Manresa. Me hacía ilusión compartir las veladas operísticas con uno de mis novelistas preferidos; observaba sus movimientos y la expresión de su cara me servía de inspiración a la hora de formar mi propia opinión sobre el espectáculo.
Venía solo y no parecía tener amigos allí. Yo sabía que no era un hombre casado y también que casi nunca se publicaban fotografías suyas en los diarios, ni concedía entrevistas ni acudía a firmar ejemplares en las ferias de libros. Por eso sentía el pequeño orgullo de creer que nadie más en el teatro era consciente de su presencia. Quizá por todo esto nunca osé acercarme a él a presentarle mi admiración; no sólo sentía vergüenza, también temor.
Lo había conocido una ocasión en que fui a instalar unos ordenadores a la editorial que le publicaba los libros. Estaban decidiendo la portada de una novela que no tardé en comprar. Tampoco aquel día me atreví a decir nada, pero no me perdí ni uno solo de sus comentarios, siempre acertados. Tenía un rostro anodino pero plagado de múltiples marcas que trataba de disimular con una barba larga aunque poco poblada. Su rasgo más distintivo era un pelo rizado desorientado y parroquial remotamente similar al de los cantantes de eso que llaman música negra. Unas raras fotos que alguna vez publicó algún diario, ésa era la única forma de reconocerlo.
A raíz de aquella feliz coincidencia comencé a releer toda su obra e hice que la leyera mi mujer a la que, por fortuna, también parecía gustarle. Al principio para estar preparados ante la perspectiva  de un encuentro casual en el que pudiéramos charlar. Pero con el tiempo su obra se convirtió en mi predilección mayor, casi en mi única referencia. Me encantaba esa forma que tenía de integrar el vocabulario propio de su lugar de origen con el lenguaje literario estándar. Esa forma de convertir lo cotidiano en fantástico. Y sus cuentos breves, tan breves, y tan intensos, como aquél en el que todo un pueblo envenena los pensamientos de uno de los vecinos para que asesine a otro. O aquel de... Tanto da.
El hecho es que con el tiempo nunca llegó a producirse el deseado encuentro casual con el escritor. Nunca dimos con el momento adecuado ni con el valor suficiente. Y poco a poco dejamos de mirar hacia su asiento y prestábamos atención al escenario, la ópera comenzaba a gustarnos.  Nuestra obsesión por Jesús Manresa, como todas las obsesiones, no duró demasiado y pronto no fue más que una afición.
Hace tres veranos, durante las vacaciones, leímos la noticia de su muerte y nos arrepentimos de las ocasiones perdidas para saludarlo. En los obituarios se le reconocía como uno de los más importantes autores del siglo y se publicaron de nuevo las mismas fotos de siempre, las únicas. Y reconocíamos su rostro con la distancia que ya habíamos puesto entre él y nosotros hacía tiempo. Y al final, como se suele decir, a rey muerto, rey puesto, y tuvimos el divertido pensamiento de creer que su asiento quedaría vacío y que a nosotros nos correrían un poco más al centro.
La temporada siguiente comenzaba con “Las Bodas de Fígaro” y grande fue nuestra sorpresa al descubrir no sólo que conservábamos el asiento de la temporada anterior sino también que Jesús Manresa continuaba en su butaca, como cada año. Al verlo, mi esposa me miró como si la hubiera estado traicionando todos esos años. Aquel hombre no era Jesús Manresa y le habíamos dedicado muchas horas de nuestras vidas. Aquel hombre seguía allí, solo, sin hablar con nadie, pero de cuerpo presente.
Recuperé de un armario el pequeño mausoleo de información que había acumulado durante aquel tiempo buscando un argumento, un hermano, algo que explicara el extraordinario parecido entre nuestro compañero de fila y el escritor. Eran idénticos, no parecían tener familia, incluso, conservaba reseñas suyas en las que comentaba los mismos espectáculos que supuestamente habíamos visto juntos. El resto de la temporada transcurrió extravagante, intrigados, perdiéndole la atención a lo que sucedía sobre el escenario mientras mi esposa, que comprendía mi desasosiego, no dejaba de mirar hacia la izquierda.
En el descanso de la última representación de la temporada decidimos que la situación se nos hacía insostenible. El dinero que costaban nuestros abonos se nos escurría por los pliegues del misterio que rodeaba al doble de Jesús Manresa. Fuimos al salón que frecuentaba la mayor parte de la elite social que asistía al mismo espectáculo que nosotros. Con una copa de cava nos acercamos a él que, embebido en la lectura del programa de mano, no se percató de nuestra presencia.
Y equivocamos la pregunta. Pudimos darle una oportunidad y preguntarle si no le habían dicho alguna vez que tenía un extraordinario parecido con Jesús Manresa, y ofrecerle una salida digna. Pero no, en lugar de eso le preguntamos: “¿Es usted Jesús Manresa?” Y nos miró. Con un asombro tal que bien podrían habérsele caído los ojos al suelo. Y en medio de la incomodidad de la situación desapareció. Sí, no se fue, desapareció, no con un fogonazo de humo, como los magos, simplemente se desintegró. Nos giramos aturdidos y comprobamos cuatro o cinco miradas sobre nosotros de personas cuyas familias llevan varias generaciones asistiendo a aquel teatro. Miradas de desaprobación.
Nos fuimos sin ver el último acto y no hemos vuelto a asistir a ninguna ópera más, aunque sí recibimos la carta de que por fin estábamos un poco más centrados gracias a una vacante. De aquel suceso nunca vimos noticia alguna, ni siquiera nosotros fuimos capaces de decírselo a nadie. A ti sí, hoy, dos años después me decido a contártelo porque no hemos vuelto a ser las mismas personas y no sabemos cómo afrontarlo.
Un beso.
R.

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