dimarts, 25 de març del 2025

Víctimas

 



Querida M.,

Bien sabes que sólo hay dos libros de Bernardo Atxaga que no me gustan. Son “Siete casas en Francia” y “Esos cielos”. En ambos casos no entiendo muy bien por qué los escribió. El primero porque es un tema tan lejano que nunca me pareció interesante (no está bien alejarse de Obaba, no señor). El segundo porque no era material literario.

Durante muchos años volví en autobús a casa por las fechas señaladas. El autobús Barcelona-Vitoria-Bilbao que paraba en Alfajarín. Solían ser viajes melancólicos, de reencuentros de ésos que sirven para los anuncios de turrón. Se hacían largos y el paisaje de los Monegros por la ventanilla tenía algo de fascinante y monótono que invitaba a la cavilación. Debería escribir sobre este viaje, sobre el trayecto, pensaba.

Cuando leí “Esos cielos” pensé que Atxaga había hecho ese viaje tantas veces o más que yo y le imaginé mirando por la ventanilla, cavilando, decidiendo que debería escribir sobre ese viaje. No puedo imaginar otro germen para esa novela; la pulsión por escribir un trayecto tan repetitivo y familiar. Y esa pulsión es la que invalida ese paisaje como material literario, porque se le ocurre a mucha gente.

Ahora lo hacemos en coche, pero nunca dejamos de parar en Alfajarín. Leí un artículo de Jordi Évole sobre esa misma parada. Vi en “Tierra”, la película de Julio Medem, esos paisajes de nuevo. La certeza de no ser el único que piensa en ello a mí me hace abandonar. Por lo visto a Atxaga no, no es un reproche, sólo fue una desilusión.

Luisgé Martín tenía una idea entre los dedos que no ha podido evitar. La historia de José Bretón le quemaba y la ha acabado escribiendo. Él preveía problemas y eso perjudica al libro en su reiteración de que Bretón es un monstruo y una constante condescendencia hacia la víctima que no es que me parezca mal, es que su deseo de no contrariarla también es muy reiterativo.

El libro no está mal, incluso mejor de lo que esperaba. La primera parte, cuando tiene que recrear la vida anterior de Bretón, no está muy bien escrita, pero tiene algunas reflexiones interesantes, quizá demasiado interesantes para los tiempos que corren, y otras de taza wonderful para aparentar que él (el autor) no es un monstruo. Luego mejora, huye del morbo como de la peste y quizá sí tenga dos o tres frases desafortunadas a ojos del puritanismo actual que nos invade. El capítulo final es superfluo (Luisgé Martín lo reconoce) de cara a la historia, pero deviene necesario al refrescarnos un poco la memoria sobre lo que es o debería ser un sistema carcelario que no nos humille como seres humanos, y creo que por eso ha acabado incluido en el libro.

El compositor Stockhausen soltó una boutade en una conferencia de prensa sobre el componente artístico que poseía el atentado de las torres gemelas y eso le complicó la vida el resto de sus días. Sus declaraciones en contexto dejaban claro que le había parecido un horror, pero a pesar de ello, su hija, la pianista Majella Stockhausen, anunció que renunciaba a su apellido paterno.

Luisgé Martín ha tenido la pulsión irrefrenable de explicar esta historia. Un juez ha decidido que es publicable puesto que la denuncia se ha interpuesto por personas que ni han leído el libro ni han dejado claro cuáles son sus partes objetables. La editorial Anagrama debería haber tenido, si no la sensibilidad, como mínimo la habilidad jurídica de haber informado a las personas implicadas. A partir de aquí, esta idealización de la víctima en la que nos está tocando vivir ha escrito un nuevo capítulo de horas de radio y televisión, juzgados y letras de más, como estas mías.

Cuando A. me dio el libro le pregunté si recordaba las imágenes de la liberación de Ortega Lara, aquel hombre destruido y vulnerable que transmitía tanta lástima. Aquellas imágenes clamaban venganza mediática y le daban a la víctima no sólo el derecho de reparación, sino voz y voto en cómo debía diseñarse la política antiterrorista del país. Tanta voz le dio que acabó en la fundación de Vox. También le hablé sobre la idea de que un solo error invalida la pena de muerte. Me ha llamado la atención que Luisgé Martín haya hecho servir la fórmula Blackstone “es mejor que diez personas culpables escapen a que un inocente sufra” en el argumentario final del libro, aunque creo que equivoca la cifra.

Un beso.

R.

P.S. Quizá Anagrama debería reflexionar también sobre algunos de sus ensayos de más éxito. Leyéndolos, no es extraño que pensar en enviar a Luisgé Martín a galeras sea razonable.

 

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