diumenge, 26 de juny del 2016

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen 4: músicos



Querida M.,
Me cuesta tanto escribirte que la primera frase de este texto ha pasado de ser “recibí ayer” a: recibí hace un par de semanas una tarjeta de invitación a un acto de homenaje a la rumba catalana. No era nada personal, era uno de esos tarjetones que aparecen en un muro de Facebook sin saber muy bien por qué. Lo organizaba el CLAC, una entidad cultural muy cercana al entorno de Societat Civil Catalana. Días antes había leído varios comentarios de celebración del recién nombrado director de la entidad, elogios diversos a un tal Andreu Jaume. Traté de averiguar quién era el elogiado y lo primero que encontré fue un artículo contra la literatura catalana actual de esos en los que la bilis no deja ver la realidad. No es que sea yo un gran defensor, pero no la veo muy diferente de la literatura española actual. Los mismos vicios de los que acusa a una podrían aplicarse a la otra y creo que, de forma deliberada, manifiesta una ignorancia supina sobre algunos de los mejores autores catalanes modernos.
El problema de eso que llaman unionismo no es que se base, como todos los patriotismos, en la bondadosa mentira de la mitología para alimentarse. El problema es que no se cree ni de coña la mitad de su discurso. Cuando SCC defiende el bilingüismo lo que quiere defender es el castellano, cuando el CLAC defiende la cultura catalana y española lo que quiere defender es la cultura española en Catalunya. Por eso cuando hacen un homenaje a la rumba catalana no lo hacen con mala voluntad, son inconscientes del ridículo espantoso que protagonizan; son actos de autoconsumo para forjar su voluntario desconocimiento sobre todo aquello que, a medias, dicen defender de forma casi infantil. La tarjeta de invitación al acto anunciaba como contertulios a: Jaume Sisa (cantautor galáctico que hace años que se apunta a un bombardeo), Sabino Méndez (rocker españolista cuya única aproximación, y remota, a la rumba es una maravillosa canción que su cantante se niega a cantar), y un tal Pau Guix que, al buscarlo en Google, descubrí que era un productor especializado en ópera. Viendo semejante cartel la pregunta era obligada, ¿algún rumbero por allí? Pues sí, como artista invitado había un grupo llamado Pantanito que, obviamente, tuve que investigar. Mirando la web de Pantanito descubrí una cosa divertida sobre sus comienzos que no viene al caso y también pude leer que se definían como creadores del “neocalorrismo” y que sus grupos de referencia eran Los Chichos y Los Chunguitos, vaya por Dios, precisamente la “otra” rumba. De verdad que no le veo mala intención, M., pero alguien con más mala idea que yo podría pensar que donde CLAC ve un homenaje otros ven una burla, un desprecio. Se les ha de perdonar, porque no saben lo que hacen.
Hablando de Sabino Méndez, a Unai y a mí nos gusta ahora mucho cantar en el coche “Rock & Roll Star” y “La mataré”. Es tierno comprobar cómo, a pesar del tiempo que ha pasado, aquellas canciones tan mal cantadas por Loquillo se han convertido en las preferidas de un niño de 9 años. El caso de Loquillo es de difícil explicación, bailaba como un pato, entonaba horrible y cada vez que abría la boca subía el pan, sin embargo, hasta la marcha de Sabino Méndez del grupo sacó adelante algunos de los mejores discos de los 80. Ha vivido toda su vida en un estado de permanente autobombo, jugueteando con la provocación sin que, por más que piense, le recuerde una sola frase inteligente. Aunque ha tenido sus momentos, mayoritariamente ha sido un azote del nacionalismo quejándose en los medios catalanes de lo poco que sale en los medios catalanes, actuando como estrella principal de las fiestas de la Mercé al tiempo que se sentía perseguido y haciendo anuncios de Mahou para hacernos ver lo acogedor e integrador que es el Madrid de Esperanza Aguirre (vaya por delante que la Mahou es una cerveza muchísimo mejor que la Estrella).
Hay un hecho en la vida de Loquillo que es muy sintomático de ese unionismo que confunde la realidad y el deseo. Harto de denunciar la asfixiante persecución del nacionalismo catalán en Barcelona, harto de no poder vivir en castellano en su propio país, harto de no poder ganarse la vida tranquilamente en Catalunya, Loquillo se fue a vivir a San Sebastián. Claro que sí, con dos cojones. Según parece, la Guipúzcoa de los 90 era un lugar de ensueño donde se podía disfrutar la españolidad en todas sus modalidades. Habría sido interesante saber cómo de divertido se lo pasaría Loquillo por los bares de pinchos de Donostia si hubiera dicho de los independentistas vascos en ETB las mismas lindezas que decía sobre los catalanes. Quizá por eso, al poco de vivir allí sacó una canción denunciando la tortura (en mi opinión, horrorosa). Y ahí está el quiz de la cuestión, M., Loquillo no tardó nada en integrarse en la sociedad vasca y pronto se pasó a la canción protesta; parece que puso en ese empeño mucho más de sí mismo que en tratar de comprender a un vecino de la plana de Vic. O quizá todo es una pose para ser bien tratado allá donde va, porque a la plana de Vic le cantó en la única canción que tiene en catalán, porque en TV3 y en Catalunya Ràdio lo han entrevistado muchas veces promocionando sus discos. Mira M., justo ahora busco en Youtube y aparece entrevistado antes de irse a San Sebastián por Mari Pau Huguet. El programa se llamaba “Com a casa” (Como en casa).
El otro gran grupo catalán de los 80 fue “El Último de la Fila”. Un caso similar al de Loquillo, un guitarrista de muchísimo talento y un cantante carismático y engolado, de voz aflamencada, que si cantara flamenco sería linchado y que, no me preguntes por qué, en su día también le dio la deria de irse a vivir al País Vasco. Me gustaban bastante, pero no tanto como Radio Futura o Golpes Bajos. Ahora me cuesta oír sus canciones, la manera de cantar de Manolo García me cansa.  El último disco del grupo me pilló trabajando en una tienda de cedés. Al oírlo ya se veía venir que eso no podía durar, llevaban tiempo cantando la misma canción una y otra vez. Poco después de la separación Manolo García sacó su primer disco en solitario y vendió mucho (supongo que tanto como con el grupo) porque la legión de seguidores era grande, pero el disco era espantoso, la misma canción de nuevo, la de antes, como una letanía. En cambio, Quimi Portet ha ido grabando discos por su cuenta, sin ningún éxito, pero brillantes, originales, con canciones que sonaban diferentes.
Manolo García también nos ha deleitado hace poco con un ejemplarizante discurso sobre este unionismo infantil del que te hablo. Se ve que Quimi Portet no le ha guardado rencor porque creo que han tocado juntos de nuevo. Es muy propio de los catalanes, aunque les ofendan, por si acaso siempre dan otra oportunidad. Es la catalanidad de los porteros automáticos. Resulta que después de un montón de años de discreción sobre la ruptura del grupo, Manolo García sale a la calle una mañana y decide que la culpa de todo la tuvo Quimi Portet que, maldita sea, es muy patriota catalán y se empeña en cantar en su idioma. Por supuesto dice que lo respeta, que a él lo del patriotismo ni le va ni le viene y que no tiene problemas con el idioma. Grande. Has tenido quince años a tu compañero (catalanoparlante hasta la médula) componiendo hits internacionales en castellano como un campeón y cuando quiere hacer alguna cancioncilla en su lengua materna la culpa de la separación es suya. Manolo García, cuando habla, no se da cuenta de que no tiene ningún problema con el idioma porque el idioma en que cantan es el suyo. Hace unos días leí a Paul Preston hablar del aún imperante franquismo sociológico. Es eso, M., gente que no se da cuenta de que su modelo mental de España es el que el franquismo inoculó a la población. Por eso igual que se hacen homenajes gratuitos a la rumba catalana sin rumberos, un cantante como Manolo García puede decir que alguna vez metió una frase en catalán en medio de una canción para tener contento a Quimi.
Un beso.

dimarts, 26 d’abril del 2016

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen 3: periodistas


Querida M.,
Quizá tengas algún amigo o conocido que no sepa quién es Empar Moliner. Sería lo normal, fuera de Catalunya parece poco conocida, como Calders, como Monzó, como Moncada, como Espriu, como Xènius, como Pàmies, como casi todos, vaya. Yo la conocí leyéndola en El País, y desde entonces me parece la más brillante y ácida columnista de la prensa española. Me sorprende incluso que, salvo cuando se obceca en hablar de vinos o el correr, con todo lo que escribe aún tenga los arrebatos de genialidad que se saca de la chistera. Hace años que la mayoría de mis columnistas preferidos están instalados en la columna definitiva, y hace años que los que no me gustaban siguen sin mejorar. Ella no, ahora escribe en el Ara y tiene momentos gloriosos.
Aparte, Empar Moliner es una cuentista notable, de gran éxito popular, y tiene una sección satírica en un programa matinal de TV3. Pues eso, M., satírica. Se ve que hace unos días realizó una crítica feroz de la suspensión por el Tribunal Constitucional de la ley catalana para paliar la pobreza energética, proponiendo que las familias que no pudieran pagar la factura de la luz quemaran unas páginas de una constitución simulada para calentarse. Los de la piel fina, los manos limpias, los fachas, los nacionalistas que dicen que no lo son saltaron como un resorte, todos a una, como Fuenteovejuna, al insulto placentero, a la retórica de la barbarie. Nadie analizó el contenido de la sátira, sólo se vio a una catalana quemando una constitución en una televisión pública. Como todo el mundo sabe, la televisión pública sirve para excretar propaganda del partido gobernante y está exenta de cualquier contenido crítico.
Te preguntarás por qué me interesa este asunto. Por dos cosas. La primera porque cuando yo vine a Barcelona no sabía demasiado sobre Jordi Pujol, ni qué representaba la Moreneta. Sólo tenía una ligera idea a través de un gag sanguinario de Els Joglars en un programa de Javier Gurruchaga en Televisión Española. A mí me gustaba aquel programa y me gustó el gag porque Joglars me encantaban y me parecieron mal las críticas que recibió. Años después fui también a ver “Ubú President”, la obra en que Boadella despelleja a Pujol sin piedad. La aplaudí, lo único negativo que recuerdo es que era demasiado larga. Quizá la penúltima obra decente de Boadella (de en qué se ha convertido este hombre quizás hablamos otro día). Así son las cosas, M., veinte o treinta años de democracia después, hemos retrocedido tanto que la idiocia es tendencia y no soporta que nadie se salga de ahí. Los que emitieron aquel gag ahora tienen las manos en la cabeza, espantados.
La segunda es porque soy periodista. No ejerzo porque no valgo para ello, pero soy periodista; por vocación. Y no he abandonado el periodismo aunque el periodismo me ha abandonado a mí. Puedo aceptar que los neofascistas de siempre pongan el grito en el cielo, puedo aceptar que el PP, Ciudadanos o los socialistas que nos está tocando vivir simulen un escándalo continuo porque no soportan que, en ocasiones, TV3 sea una televisión de calidad. Pero los periodistas M., ¿en qué coño están pensando? Unos días después del linchamiento nacional de Moliner la peor entrevistadora que recuerdo desde Mercedes Milá tuvo a Puigdemont por primera vez en una televisión nacional. Ana Pastor hizo lo de siempre, preguntar a bocajarro, sin escuchar, interrumpiendo, buscando respuestas supuestamente tendenciosas donde no las había. Es igual, el caso es que al final le preguntó por el “escándalo Moliner” como si eso fuera una pregunta que se debiera dirigir al President del Govern (quizá recordando cómo actúan otros presidentes en el estado) y claro, a una pregunta imbécil una respuesta obvia, a Puigdemont no le gustó la “performance”, pero por encima de todo está la libertad de expresión. Que un gobernante tenga que defender la libertad de expresión ante un periodista es una vergüenza para la profesión. Como lo es que muchos periodistas hayan pedido “responsabilidades”, en la mayoría de los casos sin especificar qué responsabilidades. ¿Qué echen a la Moliner por expresar teatralmente su disconformidad con algo con lo que muchos estamos disconformes? ¿Qué responsabilidades? ¿La hoguera? ¿Lapidación? ¿Qué responsabilidades, por favor? Necesito saberlo.
Un beso.
P.S. 1. ¡Cómo nos gustan las películas americanas donde los periodistas persiguen sin descanso y sin miedo a las consecuencias destapar al corrupto, al inmoral, al deshonesto! Hace unos días vi “Matar al mensajero”, ¡cómo nos gusta sentir que eso es posible! En esa película los resortes del gobierno usan a los grandes periódicos para acabar con el prestigio del periodista de provincias Gary Webb que los tiene contra las cuerdas. Hasta que Webb se suicida. ¡Cómo nos gusta ver a los americanos en esos fregados! Aquí no pasa.
P.S.2. De aquella entrevista a Puigdemont también han sido muy comentadas sus “catalanadas” a la hora de hablar castellano. Se ve que el condicional vasco o el tiempo imperfecto de los gallegos enriquecen el idioma. Por no hablar del castellano que hablan en Andalucía, incluso en América Latina. Sólo los catalanes lo estropean. Dicen que Puigdemont habla cinco idiomas, como Jordi Pujol, no lo sé. El pobre Artur Mas dicen que sólo habla cuatro. Recuerdo los esforzados cursillos de Patxi López por hablar euskara, sin demasiado éxito. O veo a Rajoy, que debe de ser uno de los tres gallegos incapaces de articular una palabra en su idioma. O el plurilingüísmo de todos los presidentes de los que ha disfrutado España. A ver si aún echaremos de menos a Esperanza Aguirre.

dimecres, 13 d’abril del 2016

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen 2: las series y la regeneración política


Querida M.,
A veces, cuando queríamos hacer rabiar al abuelo, le sacábamos el tema de Franco. Y él no tardaba en saltar. Su gran argumento era que Franco había llevado la luz a Galicia, y al decir luz se refería a la electricidad. Le alargábamos la mala leche diciéndole que para entonces los americanos habían llegado ya a la luna, pero los gallegos nunca fueron gente de prisa para las modernidades. Hay una vieja canción de Aute, no de las más afortunadas, en la que hablaba de la americanización de la Unión Soviética diciendo que lo que salía más a cuenta era inundar los cines con ETs y Gremlins. A pesar de ese tufillo despectivo hacia aquellas películas, no le faltaba razón.
Antes de la era moderna de las series, para mí no había vida después de Seinfeld. Durante el embarazo de Unai la vimos entera por enésima vez. Las series se adaptan muy bien a las paternidades porque sus diversas duraciones coinciden con todo tipo de siestas, sueños y horarios. Y de repente llegó la primera temporada de Prison Break y pensé que si aquello seguía así el cine se había vuelto innecesario. Prison Break se echó a perder enseguida pero llegaron más, y mejores, en manada.
Ahora parece que la regeneración política española nos tiene que llegar de las ficciones norteamericanas. Nada de facultades de ciencia política, series de televisión, a cual más buena. Pablo Iglesias es capaz de resumir su ideario sacando ejemplos clarificadores de “Juego de tronos”, le alabo el gusto, aunque podría beber de fuentes más optimistas. Albert Rivera parece haber tomado nota de todos y cada uno de los diálogos de Borgen, la serie danesa en la que todos andan como locos por coaligarse, sin haberse dado aún cuenta de que no somos nórdicos. El peor parado en esto es sin duda Pedro Sánchez, al que últimamente tratan de endosarle semejanzas con House of Cards. No lo veo yo tan malo al tipo (quizá sí a los que lo rodean), pero puede que merezca un poco más del Ala Oeste de la Casa Blanca y menos de Kevin Spacey.
Así que ésta es la regeneración M., Iglesias busca en Alcampo la chaqueta de pana que perdió Felipe González y Sánchez va siempre en mangas de camisa mientras no llegue el invierno. Uno canta la canción “Cuervo ingenuo” y al otro le gustaría cantarla, pero no le dejan. Cuando en 1982 el PSOE llegó al poder con su aplastante mayoría, Guerra dijo aquello de que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Con el mismo mérito con que Franco llevó la luz a Galicia, el PSOE tuvo la misión de modernizar un país que estaba deseando a gritos ser modernizado. Nos trajeron el divorcio, las tetas a la tele, el aborto, la americanización, Europa, todo aquello que la mayoría estaba deseando tener y el resto del mundo darnos.
Pero en esos años el PSOE tuvo también carta blanca para coger una democracia en pañales y hacer con ella un ejemplo para el resto de países de nuestro alrededor. Tuvo dos mayorías absolutas para hacer pedagogía social de la España plurinacional, leyes de transparencia, medios de comunicación públicos gestionados por profesionales independientes, un Senado competente, un viaje hacia el federalismo, unas medidas anticorrupción eficaces… A cambio de eso, González y Guerra colgaron sus chaquetas y nos obsequiaron con, resumo, una organización terrorista, una recentralización del estado, un senado incompetente, la televisión pública más manipulada ideológicamente de nuestra historia, el incumplimiento sistemático de las promesas electorales, un hermano del vicepresidente con un despacho oficial para sus bisnes, un director de la Guardia Civil en calzoncillos. Dejaron de llamarse socialistas para llamarse Beautiful People, sustituyeron las federaciones por barones  e hicieron girar todas las puertas. A los ocho años de gobierno de Felipe González la mayor parte de los medios de comunicación privados con más audiencia estaban en manos de empresarios sin escrúpulos afines al PSOE, con algunas artimañas indignas, ya entonces, de una democracia aceptable. Y, efectivamente, a España no la reconocía nadie, la alfombra roja para el retorno de la ultraderecha aznarista estaba puesta.
Johann Cruyff decía que el problema de los españoles consistía en su incapacidad para aprender de los errores. Cuando Pablo Iglesias mentó la bicha de la cal viva en la parodia de investidura de Pedro Sánchez, muchos medios de comunicación basados en el periodismo del estómago agradecido le afearon el gesto. Se ve que la regeneración es eso, no mirar al pasado a ver qué se hizo mal. Sánchez salió entonces a la tribuna a decir que estaba orgulloso de la herencia de González. Como quien ha encontrado un pelo en la sopa, aguantando el vómito, la mención a la cal viva le pareció mal, qué mejor que para empezar a regenerar España estemos orgullosos del tipo que fue a las puertas de la cárcel de Guadalajara a despedir a los asesinos. Quedémonos con la anécdota, dejemos el fondo para los buitres.
El ala derecha de la regeneración nos viene del Borgen al que aspira Ciudadanos. Centrismo del bueno en una sociedad unifamiliar. Lástima, porque España se parece a Dinamarca como un huevo a una castaña. Aún si Dinamarca fuera una comunidad autónoma de un hipotético Estado Nórdico podríamos empezar a hablar. El modelo regenerativo que persigue Albert Rivera es el de Adolfo Suárez al grito de si aquel chaval pudo hacerlo una vez, por qué no dos. Suárez fue un camisa azul que se apartó del régimen, pactó con el diablo para sacar adelante una constitución y acabó fundando un partido de centro-izquierda que nunca acababa de arrancar. Coño, M., sí que se parecen.
Si hacemos memoria vemos que Ciudadanos se funda como una asociación cívica de gente mayoritariamente de derechas que se define como de centro-izquierda. Son tiempos en que el PSC apesta a catalanidad y el PP, después de haber echado a Vidal-Quadras, no los tiene como los hay que tener. Detrás de un discurso oficial más o menos moderado y conciliador entre culturas, la realidad es que la mayoría de sus miembros fundadores son intelectuales muy cercanos a la derecha española más rancia y supuran un anticatalanismo feroz. En su momento hablan del nacionalismo excluyente catalán, pero les molestan por igual Pujol y Maragall. En sus artículos personales, blogs y entrevistas el insulto es la herramienta de uso más común. Arcadi Espada, Boadella, Jordi Cañas y muchos otros son adictos al exceso verbal. La España que proponen no es plurinacional, es una, grande y libre y sus signos de identidad son los toros y el flamenco, de la paella no los he oído hablar.
Una vez constituida en formación política, la asociación cívica Ciudadanos es sustituida por un clon llamado Societat Civil Catalana. En sus bases se repiten una y otra vez los mismos nombres. Y aquí está el quiz de la cuestión. No ha sido extraño ver simbología y elementos de la ultraderecha española en actos auspiciados por estas asociaciones. En su libro “Desmuntant Societat Civil Catalana” el fotoperiodista Jordi Borràs demuestra los orígenes ultraderechistas de gran cantidad de los miembros fundacionales de esta asociación que, en su día, ya pertenecieron a Ciudadanos. Volvamos a la cal viva, M., cuando se evidencia la vinculación del presidente ya dimitido de esta organización, Josep Ramon Bosch, con el ultraderechismo, nos hemos encontrado con más reproches de manipulación y defensa de la integridad del personaje que con una condena clara de su ideario. El personaje del ultraderechista danés de Borgen tiene un punto simpático, M., quizá por eso el regenerador Albert Rivera aún no ha salido a decirnos cuánto asco le da.
Un beso.
 P.S. Durante la carrera, compartí piso con un polaco (de los de verdad) muy aficionado a la música clásica. Le aconsejé que escuchara Catalunya Música y Radio 2. Esta última le gustaba más, me decía, porque programaba obras más vanguardistas y menos conocidas. Charlando un día me preguntó por qué Mahler era tan reconocido en España, que lo programaban mucho y eso le tenía sorprendido. No es que no le gustara, es que le parecía exagerado. Pronto caímos en que era el compositor preferido de Alfonso Guerra, hasta en eso parecía meter la mano el tipo.

dilluns, 19 d’octubre del 2015

Dietario de un no independentista abandonado. Volumen 1: Quique y los medios



Querida M.,
Que este blog se muere. Que ya todo es de lo mismo y los cuentos, las historias imaginadas, se quedan pudriéndose en mi cabeza. Que la realidad ha ganado casi todas las batallas. Y yo no sé escribir desde la rabia ni desde el estómago. Algunos creen que sí, pero no es verdad. Hace unos días hablaba con S. y le decía lo mucho que me había sorprendido leerle y notar su bilis; él, que ve pasar las moscas y las saluda.
No hay más que un tema y yo me siento cada vez más solo. Un tema que sólo me interesa porque está ahí, como la Champions, como los limpiacristales. Un tema que sería divertido si no fuera por lo aburrido que es. Aburrimiento de mentiras, intereses y culos al aire de miles de personas que se están retratando y han salido movidas. Entre todos los medios de Madrid que soy capaz de asumir, sólo hay dos oasis con los que me siento identificado. Dejo aparte a Jordi Évole, que juega en otra liga.
Había dejado de escuchar “A vivir que son dos días”, el matinal de los fines de semana de la cadena Ser, después de que lo abandonara Concha García Campoy. Tuve algún momento de debilidad con Montserrat Domínguez pero me duró poco. Hasta que un día me desperté con el programa en los auriculares y descubrí que había caído en manos de Javier del Pino. Desde ese día creo que, no sólo ha superado a su versión original, sino que no hay un programa mejor que pueda escucharse en cualquier emisora española.
Hace un par de semanas trataron el tema de la corrupción y el oasis catalán con varios periodistas que habían publicado obras al respecto. Javier del Pino insistió en separar ese tema del proceso actual y se mantuvo como siempre, iba a decir como un gran periodista, pero el hecho es que se mantuvo como un periodista, a veces hacer lo que se debe te convierte en excepcional. Al final del programa, uno de los participantes (que trabaja en El Periódico de Catalunya) aprovechó para denunciar que la Generalitat había concedido unas subvenciones de cuantías importantes a medios de comunicación afines sólo diez días antes de las elecciones. Y aquí Javier del Pino dudó. Por un momento se mostró escandalizado y dudó. Supongo que después dejó correr el asunto porque no tenía forma de corroborar la noticia y su instinto algo debió de insinuarle al oído sobre cómo podía ser que una noticia así no hubiera alcanzado mayor transcendencia.
La noticia M., por supuesto, era mentira. Una mentira enorme, la mires por donde la mires, y eso explicaría que no haya sido artillería de campaña. Pero del Pino estaba indefenso ante ella. La primera vez que leí sobre ese tema fue en un medio digital catalán que publica en castellano. El medio denunciaba que se otorgaran las subvenciones desde la independencia que les daba no solicitarlas. Primera mentira. Esas subvenciones se otorgan a medios que fomentan la lengua catalana (como mucho se podría discutir si son convenientes o no), presumir de no solicitarlas cuando no puedes es decir que la uvas están verdes. La segunda mentira era vender la noticia como una compra con dinero público de voluntades afines. La mayor cuantía, con mucho, de las subvenciones fue para el grupo Godó y es una ofensa a la inteligencia de cualquiera hacernos creer que La Vanguardia es un medio partidario del proceso. Es una ofensa, en general.
La tercera mentira deriva de las dos primeras. A Artur Mas se le acusó de poner las elecciones en un fin de semana largo para evitar la alta participación, o de hacerlo coincidir con la Diada porque le venía bien. No debe de haber ningún caso en la historia de la política en el que un gobernante haya puesto unas elecciones en unas fechas que no le fueran propicias. Sin embargo, cualquiera que sepa cómo funcionan las subvenciones sabe que se convocan con muchos meses de antelación, que hay unos plazos para presentar la documentación, que hay unos plazos de aceptación de la misma, que hay unos plazos de concesión del importe y unos plazos para reclamar o rechazarla. Después hay unos plazos de confirmación y, finalmente, un día se paga. Todos esos plazos se conocen desde el momento en que las subvenciones salen publicadas en el BOG y se repiten cada año, buscar una coincidencia con un periodo electoral es más fácil que no encontrarla. Por cierto, la cuantía de esas subvenciones ha ido cayendo con los recortes de los últimos años, pero desde que “El Periódico” sacó su edición en catalán, el grupo Zeta se ha inflado a recibir dinero público, con Pujol de presidente.
En vista de cómo funcionan los informativos de las cadenas generalistas, el único programa donde uno podía informarse con un mínimo de criterio era “El Intermedio” del Gran Wyoming. Un programa de humor, ya es triste. Durante la última campaña electoral catalana el programa dedicó muchos minutos de su espacio al tema. A pesar de mantener su línea habitual de ataque y derribo a todo lo que se mueve, mi sensación era que según pasaban los días el programa se iba escorando sin demasiado disimulo en una dirección. El día clave de la transformación llegó con la entrevista a Josep Borrell, basada más que en lo que tenía que decir, en haber sido censurado en TV3. Poco después le hicieron un acto promocional a Miquel Iceta y hace unos días Wyoming hizo un chiste en el que daba por sentado que si algo lo decía TV3 era susceptible de ser mentira, generalización curiosa viniendo de alguien que trabaja en A3Media.
En mi modesta opinión, los informativos de TV3 han bajado de calidad desde que asumió su dirección Toni Cruanyes y, dado que a mí el proceso ha terminado por saturarme, sí me parece que los posicionamientos proindependentistas han cogido un protagonismo excesivo. Aún así, están a años luz de objetividad con respecto a los informativos de cualquier otra televisión pública que haya en España y muy por encima en pluralidad que la totalidad de las privadas que, de hecho, carecen en absoluto de ella. En el caso de la entrevista a Borrell hubo varias cosas que Wyoming no explicó. Sí dijo, con poco interés, las razones de TV3 para suspenderla, pero eso no era lo que le interesaba ni a él ni, sobre todo, a Borrell, que estaba entusiasmado presentándose como perseguido. Wyoming no explicó que la entrevista era en el canal de información 24 horas de la cadena, que tiene una audiencia ínfima y noctámbula, ni explicó que unos días antes a Borrell sí lo habían entrevistado en la radio pública catalana en el segundo programa más escuchado de Cataluña. Independientemente de las razones de TV3, programar y luego suspender aquella entrevista fue una enorme error.
TV3 está en el punto de mira de la derecha y de la ultraderecha española desde hace mucho tiempo. No son extraños los entrevistados en TV3 que se quejan de no ser entrevistados en TV3. Se han denunciado los informativos del Canal Infantil por los mismos que nos hicieron crecer con “La Bola de Cristal” (maravilloso programa que ahora se emitiría en horario protegido). Se ha acusado de falta de pluralidad a sus tertulianos cuando es imposible encontrar una sola tertulia plural sobre Cataluña en ningún otro lugar de España. Se ha acusado de independentistas a sus presentadores cuando entre sus mayores estrellas hemos podido ver a Xavier Sardá, Julia Otero, Carles Francino, Àngels Barceló, Gemma Nierga, Andreu Buenafuente, Jordi Évole, Santi Millán, Josep Cuní, Lidia Heredia y muchísimos otros periodistas a los que sería imposible etiquetar de esa forma. ¿Por qué TV3 duele tanto? Sólo hay una respuesta, TV3 es la única televisión pública de España que es líder de audiencia. TV3 es una buena televisión. Tiene el mejor programa de sátira política (Polònia) o deportiva (Crakòvia) que puede verse. Es capaz de hacer líder un programa sobre cómo recoger setas, tiene un canal infantil que debería ser la envidia de cualquier televisión pública del mundo, el mejor programa de ciencia que he visto nunca  y unos espectaculares documentales históricos asesorados por Borja de Riquer o Josep Fontana. Y todo eso es difícil de tragar.
Normalmente me duermo escuchando la repetición nocturna del programa “La competencia” de RAC1. Hace unos días no llegué y me quedé con Joseba Larrañaga, un buen periodista deportivo, vistos los demás. Cuando me desperté lo primero que escuché fue a Carlos Herrera decir “la mitad de los catalanes están enfermos” y lo más tremendo es que ya no nos sorprende. Y no es la COPE, cosas similares ya las decía en Onda Cero, y se pueden oír en Televisión Española, y en Telemadrid, y en Canal Sur, y en Cuatro, y en la Sexta y en Antena 3. Es otra gran mentira decir que el auge del independentismo es culpa de TV3. Es, de hecho, una barbaridad matemática. Un canal con un 20% de audiencia no moviliza a la mitad de la población. El único programa de TV3 capaz de generar independentistas por sí solo es esa obra maestra del humor llamada APM. Cuando pone los cortes de Curri Valenzuela, Marhuenda, Tertsch, y toda la caterva de incendiarios ultraderechistas que ocupan sillones por las tertulias.
La noche electoral en TVE una contertulia puso en duda la fiabilidad de la encuesta de TV3 por el mero hecho de ser de TV3. No fue una mala encuesta ni trataba de influir en nada puesto que salía con las urnas ya cerradas, quizá no era tan fiable como todas aquéllas que daban a Unió una buena representación parlamentaria. Pero que lo diga una contertulia de Televisión Española ya no nos sorprende a nadie. Sólo después de las elecciones Wyoming entrevistó al primer partidario del proceso en su programa, Antonio Baños. Quizá fue mi impresión, pero no se le vio cómodo ni inspirado. Es una desgracia porque estoy seguro de que tiene muchas más cosas en común con él que con Arrimadas, o Cifuentes, o Rubalcaba, a los que ha entrevistado después, y sin embargo se rio más con éstos. Tenemos a los hermanos Trueba, si Wyoming nos deja, ¿qué podemos esperar?
Ayer escuché a Quique Peinado con David Fernández y se abrió otra ventana a la esperanza e hizo que por fin escribiera este texto, intentando huir de la rabia. Antes no salía sin bilis y ayer el primer párrafo apareció así, de golpe. ¿Cuántos más como Peinado quedan allí afuera? ¿Estáis de verdad, no nos habéis abandonado? Demos gracias a dios, y a su representante en la tierra española, el cardenal Cañizares.
Un beso.