dissabte, 16 de febrer del 2013

Líquidos

Querida M,
Hoy he visto a los surfistas por la ventana de mentira y me ha parecido que tiene que ser muy emocionante. No encuentro motivos para mojarme los pies más allá de la higiene y el cabello húmedo vuelve turbadoras a las mujeres y ridículos a los hombres. Hubo quien creyó que el agua había que embotellarla en azul para que parezca más pura, cuando veo a esos deportistas desfallecidos hacerla caer a chorros por las comisuras de sus labios siento que nada malo puede sucederles. Sin embargo somos mayoría los que la preferimos sometida a diversos procesos de destilación.
El triunfo mayor del capitalismo se plasma en la confianza ciega que depositamos en las latas de Coca Cola. Bebemos su contenido ajenos por completo a la desconfianza de lo que pueda hallarse dentro. Estamos seguros de que no habrá nada que no sea Coca Cola. Y no es porque pensemos que las personas que la fabrican son buenas personas, es porque sabemos que cualquier incidente dentro de una lata puede suponer pérdidas millonarias a la compañía. Así es como confiamos a pies juntillas es su afán de lucro por encima de la honradez de sus trabajadores.
No se han investigado suficiente las propiedades del esperma. Es un líquido que se comporta de forma tan extravagante en los distintos elementos que estoy convencido de que tiene usos insospechados para la industria. No hablo de vulgares mitologías sobre la cosmética. Hablo de la industria pesada, de los grandes aparejos que mueven el mundo. Creo que no se estudia porque su producción generaría polémica, pero quién dice que no tiene potencialidades extraordinarias.
Me irritan los que comparan otras drogas con el alcohol. Es como comer carne cruda; quizá alimenta, pero carece de civilización. El alcohol es el refinamiento absoluto de la necesidad imperiosa de drogarse del ser humano evolucionado. Un mono puede mascar hojas de plantas hipnóticas, pero no tiene la paciencia suficiente para esperar veinte años a que un brandy sea capaz de hipnotizarnos sólo con el olor.
Hace muchos años comencé un cuento en el que un hombre había descubierto que el secreto de la inmortalidad residía en no probar el agua a lo largo de toda una vida. La combinación de hidrógeno y oxígeno era un veneno que a la larga devenía mortal. Por desgracia ese hombre moría oculto, perseguido por la relevancia de su descubrimiento y por ser la prueba evidente de su teoría. Moría con más de cuatrocientos años por los efectos del agua que había consumido antes de darse cuenta de una verdad que toda la comunidad científica trataba de evitar.
Estoy escuchando a Itoiz. Enjugar tus lágrimas de calcio…
Debería llover.
Un beso.
R.
P. S. Recorrer una por una todas tus trenzas, con el tren eléctrico que nunca me regalaste. ¡Qué grandes!

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